Capítulo 27 · ~5 min
El pedido final
Andrés llegó al local mucho antes de la hora de apertura. La calle estaba casi vacía y el aire olía a pan recién hecho, pero él no se fijó en nada de eso. Llevaba la carta de Lucía en el bolsillo y los ojos cansados. Se sentó en la barra, tamborileando los dedos sobre la madera, sin mirar a ningún lado. Había leído la carta al menos seis veces. Cada vez que la sacaba, el papel crujía y sentía calor en las mejillas. No lograba encontrar la respuesta perfecta para ella ni para él.
Sacó el celular y abrió el chat de Lucía. Escribió un mensaje corto, lo leyó y lo borró de inmediato. No servía de nada. Guardó el teléfono y apoyó la frente en las manos. Se preguntaba cómo decirle todo lo que tenía atravesado, sin sonar a disculpa vacía. Sabía que ya no quedaba espacio para errores.
El sonido de la llave interrumpió sus pensamientos. Andrés giró apenas la cabeza. Lucía entró con el cabello recogido y una bolsa de pan bajo el brazo. Llevaba puesta una chaqueta azul que a él siempre le había gustado. Cerró la puerta y dejó la bolsa sobre una mesa sin mirarlo.
—Llegaste temprano —dijo Lucía, acomodando su bolso en una silla.
—No pude dormir —contestó Andrés, arrastrando las palabras.
Lucía asintió y fue directo hacia la cocina. Andrés la siguió con la mirada. Vio cómo ordenaba las bandejas, cómo sus manos temblaban apenas al acomodar los utensilios. El ambiente estaba cargado. Había tensión en cada movimiento y en cada silencio.
Durante un rato solo se escuchó el ruido de la cafetera y el golpeteo de los platos. Andrés se levantó de la barra, dio dos pasos y se detuvo detrás de Lucía. Dudó antes de hablar.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó, con la voz más clara de lo que esperaba.
Lucía soltó la bandeja, se giró y lo miró directo a los ojos.
—Dime.
Andrés respiró hondo. No quería repetir el error de pedir perdón sin sentido ni suplicar. Necesitaba honestidad, aunque fuera incómoda.
—Leí tu carta. La leí varias veces. Y sí, me costó. No por lo que decías, sino porque me vi reflejado en cada frase. Sé que te fallé y que muchas veces me encerré en mi orgullo. No quiero seguir ocultando nada. Tengo miedo de fallar otra vez, pero me da más miedo quedarme con la duda el resto de mi vida.
Lucía cruzó los brazos. Se apoyó en la mesa y bajó la mirada, moviendo con los dedos un pequeño anillo.
—No quiero volver a sentirme insegura —dijo Lucía, sin levantar la vista—. Me cansé de esperar que las cosas cambien para después volver a lo mismo.
Andrés se acercó un poco más, cuidando no tocarla.
—No te pido que confíes en mí de inmediato. Solo te pido una oportunidad para demostrarlo con hechos, no solo con palabras. No prometo que todo sea perfecto, pero sí que no voy a esconderme ni a dejar que el orgullo decida por mí. Si quieres, empezamos desde cero. Y si no, lo entiendo, pero necesito saberlo.
Lucía lo miró. Sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y fuerza. No lloraba, pero parecía estar conteniendo algo.
—¿Por qué ahora? —preguntó—. ¿Por qué no antes de que todo se rompiera?
Andrés se apoyó en la barra. Sentía las manos sudorosas y el pecho apretado.
—Porque antes tenía miedo de perderte. Pensaba que si no decía nada, nada cambiaba. Ahora sé que el silencio también destruye. Hoy lo intento porque todavía te amo, aunque no sepa si eso basta para ti.
Lucía suspiró y fue hasta la cafetera. Preparó dos tazas sin decir nada más. Se las pasó y él la recibió con un gesto de agradecimiento. Ambos bebieron un sorbo. El café estaba demasiado caliente. Andrés se mordió la lengua y sonrió de lado, nervioso.
—¿Y si mañana te arrepientes? —preguntó Lucía, girando la taza entre las manos.
—Te lo diré. No más mentiras ni silencios. Si algún día no sé cómo seguir, lo hablaremos. Pero quiero intentarlo, contigo, aunque a veces me tiemblen las piernas.
Lucía lo miró fijo. Andrés se quedó quieto, esperando.
—¿Y si yo no puedo perdonar lo que pasó? —insistió Lucía.
—No te pido que lo olvides. Solo que me dejes mostrarte que puedo ser mejor. Lo que pase después lo construimos juntos, si tú quieres.
Lucía dejó la taza y fue hacia la ventana. Se quedó mirando afuera, quieta. Andrés no se movió, ni cruzó la barra. El reloj marcó la hora de abrir, pero ninguno de los dos hizo el menor gesto para atender.
—No sé si puedo darte una respuesta hoy —dijo Lucía, sin volverse—. No sé si tengo la fuerza para volver a confiar tan fácil.
Andrés asintió, aunque ella no lo mirara.
—No te pido una respuesta inmediata. Solo necesitaba decírtelo. No quería quedarme con la duda ni un día más.
Lucía se giró y lo observó en silencio. Tenía el rostro sereno, pero los ojos mostraban todo lo que estaba en juego.
—¿Estarías dispuesto a empezar de cero, aunque nada vuelva a ser como antes?
Andrés se pasó la mano por el cabello y soltó el aire despacio.
—Sí. Empezamos como tú digas. A tu ritmo, con tus reglas.
Lucía no contestó. Caminó hasta la puerta y la abrió para dejar entrar a los primeros clientes. Andrés se quedó junto a la barra, con la taza en la mano, mirando cómo Lucía saludaba a una señora que venía siempre por pan dulce.
Afuera, la vida seguía normal. Adentro, todo dependía de la respuesta de Lucía. Andrés no se movió ni un centímetro. Sabía que esa espera lo iba a acompañar toda la jornada.
¿Aceptaría Lucía ese último paso?