Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 26 · ~6 min

Últimas dudas

Andrés despertó antes de que el despertador sonara. El departamento seguía callado; hasta el goteo del grifo se escuchaba fuerte. Se sentó en el borde de la cama, los pies sobre el piso frío. No revisó el celular. No quería ver mensajes ni llamadas perdidas.

Se levantó y fue a la cocina. Encendió la cafetera y esperó mirando por la ventana. El aroma a café llenó el espacio, pero no cambió la sensación de vacío que le apretaba el pecho. Sobre la mesa, el sobre blanco de Lucía seguía ahí, intacto, esperando. Andrés se acercó, lo miró de reojo y se alejó otra vez, cruzando la sala con pasos cortos.

Caminó hasta el baño y se echó agua en la cara. El espejo le devolvió la imagen de unas ojeras profundas y el cabello despeinado. No se reconocía del todo. Se apoyó en el lavabo y respiró hondo. Pensó en el local, en los días que parecían fáciles, en las discusiones que siempre terminaban igual. Recordó la risa de Lucía y la forma en que lo miraba cuando aún confiaba en él.

Regresó a la cocina. Tomó el sobre, lo giró en las manos. Dudó un par de segundos. Al final, rompió el sello. Sacó la hoja y leyó en voz baja: “Andrés, este es el momento de ser honestos. No quiero más promesas vacías ni medias verdades. Si vamos a intentarlo, quiero saber que puedo confiar en ti. Quiero saber que de verdad estás aquí, conmigo, y no solo peleando contra tu propio orgullo. Sé que ambos tenemos miedo, pero prefiero enfrentar el miedo juntos que engañarnos una vez más. Si decides quedarte, hazlo con todo. Si no puedes, es mejor que cada uno siga su camino. Lucía.”

Se sentó, la carta temblando entre sus dedos. Repasó cada línea. No había nada escondido, todo estaba ahí, directo. Sintió frío en las manos. La taza de café quedó olvidada al costado. Apoyó los codos en la mesa y bajó la cabeza.

El celular vibró. Mensaje de Carlos: “¿Listo para la junta mañana? Si quieres hablar, márcame.” Andrés no contestó. Guardó el teléfono en el bolsillo y se puso la chamarra. Salió del departamento, buscando aire.

Caminó sin rumbo claro hasta el parque. El sol apenas iluminaba las copas de los árboles. Se sentó en una banca. Vio pasar a una pareja joven, riendo, empujándose suave en broma. Más allá, una señora paseaba a su perro, hablando sola. Andrés miró sus manos. Sentía que todos sabían a dónde iban, menos él.

El celular volvió a vibrar. Ahora era una llamada. Dudó, pero contestó.

—¿Qué onda, bro? ¿Ya desayunaste? —Carlos sonaba tranquilo, como siempre.

—Aquí ando, pensando —contestó Andrés. Se rascó la barbilla, incómodo.

—¿Pensando o dándole vueltas hasta cansarte?

—No sé. Lucía me dejó una carta. Dice que, si me quedo, que sea con todo. Si no, que mejor ni intentemos.

—¿Y qué vas a hacer?

—No sé, Carlos. Me da miedo. No quiero volver a fallar. Siento que sigo siendo el mismo terco de antes. Que el orgullo me gana.

Carlos suspiró del otro lado. Hubo un silencio breve.

—Mira, nadie cambia de un día para otro. Pero si te quedas a medias, ya sabes qué pasa. Lucía ya te abrió la puerta. Ahora te toca a ti hacer algo.

Andrés miró el suelo. Sus tenis llenos de polvo, las agujetas flojas.

—¿Y si la vuelvo a regar?

—Pues la riegas, pero al menos lo intentaste. ¿No prefieres eso a quedarte con la duda?

—No sé si pueda. Tengo miedo de no ser suficiente.

Carlos soltó una pequeña risa.

—Bienvenido al club, bro. Todos tenemos miedo de algo. Pero si no te la juegas, nunca vas a saber qué hubiera pasado.

Andrés cortó la llamada después de un par de frases más. Guardó el celular y se quedó mirando a la gente en el parque. Un niño jugaba con una pelota y se le escapó. La mamá fue tras él, lo levantó del pasto y le limpió las rodillas. Más lejos, un hombre leía el periódico, ajeno a todo.

Regresó despacio a casa. Subió las escaleras sin prisa. Al entrar, fue directo al clóset y sacó la caja de fotos. Se sentó en la cama y las extendió una a una. Aparecían cumpleaños, cenas, tardes en el local, abrazos robados. En casi todas, Lucía sonreía. En una, tenía la cara salpicada de harina y él la miraba como si fuera lo único importante.

Tomó el celular. Escribió a Lucía: “Leí tu carta”. No lo mandó. Borró el mensaje. Intentó de nuevo: “No sé si pueda”. Otra vez, lo borró. No encontraba palabras que valieran la pena. Guardó el teléfono. Se levantó y cruzó la sala. Miró la bufanda de Lucía, colgada en una silla. Pasó el dedo por la tela, recordando su olor a pan recién horneado.

Fue a la ventana. La ciudad seguía igual: autos, gente apurada, bocinas. Cerró los ojos y se frotó la frente. El tiempo pasaba, pero él seguía en el mismo punto.

La tarde cayó sin que se diera cuenta. Se sirvió café, pero no le supo. Caminó por el departamento, tocó los marcos de las fotos en la pared. Se detuvo frente al espejo y practicó una sonrisa. No salió bien. Pensó en las palabras de Carlos: lanzarse o quedarse a medias. Ahora la decisión era solo suya.

Cuando anocheció, encendió la luz del comedor. Puso la carta de Lucía sobre la mesa y la leyó otra vez. Sintió el peso de cada frase. No había trampa, solo un reto. ¿Sería capaz de responder?

Tomó aire y fue hacia la puerta. La abrió. El pasillo vacío lo recibió. No salió de inmediato. Apoyó la mano en el marco y miró hacia afuera, sin moverse, como esperando una señal. La pregunta seguía ahí, rondando, sin respuesta fácil: ¿sería su amor más fuerte que todas las inseguridades que lo frenaban?

Andrés cerró la puerta despacio. El capítulo seguía abierto, igual que la duda que no lo dejaba avanzar.

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