Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 25 · ~5 min

Un gesto inesperado

Lucía llegó al local antes de que amaneciera bien. Caminó directo a la oficina, con las llaves apretadas en la mano. Dentro, el aire olía a café viejo y papel guardado. Dejó su bolso y fue al armario a buscar una caja olvidada. La puso sobre el escritorio y la abrió. Había papeles arrugados, recibos y una bufanda azul. La reconoció enseguida. Era de Andrés. La apretó un segundo, después la dejó sobre la silla. Se quedó mirando la bufanda y una sonrisa pequeña le salió sin querer.

El timbre de la puerta la sobresaltó. Miró el reloj. Faltaba un rato para abrir. Andrés apareció, con el cabello desordenado y dos vasos de café en la mano.

—Te traje café bien cargado. Hoy lo vamos a necesitar.

Lucía tomó el vaso y se apoyó en el escritorio.

—Gracias. Vine a ordenar unos pendientes.

Andrés dejó su café y se sentó. Sus ojos se fijaron en la bufanda. La tomó y la giró entre los dedos, incómodo.

—Pensé que la había perdido. Me trae recuerdos raros —dijo, bajando la voz.

Lucía sacó una foto de la caja y se la mostró.

—Mira esto. Es del día que inauguramos. Mira tu cara.

Andrés soltó una risa breve.

—Parezco un niño con juguete nuevo. Y esa “C” horrible que pinté yo. Nunca me dejaste olvidarlo.

—Te lo advertí cien veces —contestó Lucía, y se escapó una carcajada real, sin resentimiento.

Siguieron sacando fotos. Una mostraba a Lucía con la bufanda azul y a Andrés con harina en el rostro. Andrés la miró un segundo, sonriendo.

—Ese día creí que quemaba todo. Tú salvaste el pan. Siempre resolviendo mis torpezas.

Lucía recogió las fotos y cerró la caja. Se aclaró la garganta. Había algo pendiente.

Fue al cajón, sacó un sobre y lo puso frente a Andrés.

—¿Y esto?

—Es para ti. Quiero que lo leas esta noche, cuando estés solo.

Andrés lo observó, sorprendido.

—¿Es algo malo?

—No. Solo léelo. Es importante.

Él guardó el sobre en el bolsillo de la chaqueta, sin insistir. Lucía caminó hacia la puerta, apoyando la mano en el marco para calmarse.

—Hoy quiero que abras tú el local. Siempre lo hice yo. Esta vez es tu turno. Si de verdad vamos a empezar, que sea distinto desde el principio.

Andrés miró las llaves unos segundos, dudando. Luego las tomó.

—¿Estás segura?

—Sí. Es tuyo también. Y si confío en ti, quiero demostrarlo.

Andrés asintió, serio. La tensión bajó un poco, aunque la habitación seguía cargada. Lucía lo miró fijo.

—Hoy no quiero discutir ni hablar de lo que falló. Quiero ver si podemos trabajar juntos. Si el local puede funcionar con los dos.

Andrés respiró hondo.

—Te prometo escuchar. Y si hay problemas, los arreglamos juntos. No quiero que te sientas sola en esto.

Lucía se permitió una sonrisa más amplia. No había urgencia, solo ese instante compartido.

Juntos fueron a la entrada. Andrés giró la llave y empujó la puerta. El pasillo frío se llenó de olor a pan y café. Se miraron rápido. Ella sintió nervios, pero también alivio.

Durante la mañana, Lucía organizó el mostrador. Andrés acomodaba cajas en la bodega. Se cruzaban cada tanto, intercambiando miradas, alguna indicación, una broma corta. Nadie mencionó el pasado, ni la deuda ni el divorcio. Solo el trabajo presente.

A media mañana, Lucía preparó dos cafés y fue a la bodega. Encontró a Andrés intentando alcanzar una caja alta.

—¿Te ayudo?

—Por favor. Me estoy jugando el cuello aquí.

Lucía subió la escalera pequeña. Andrés sostuvo la base mientras ella buscaba la caja. Un movimiento torpe y la caja casi cae. Lucía se aferró al hombro de Andrés. Se miraron de cerca, sin hablar. Ninguno se movió hasta que ella bajó despacio.

—Gracias —dijo él, bajando la voz.

Lucía volvió al mostrador. Se puso a atender a una clienta que preguntaba por pasteles. La rutina la calmó. Andrés pasó después, revisando una lista en la libreta.

—¿Ya viste el pedido de harina? Falta una bolsa —comentó, sin levantar la voz.

—Sí, lo anoto para mañana. Hoy no quiero apuros.

El resto del turno siguió igual: poco diálogo, trabajo en equipo, silencios fáciles. Lucía sintió por momentos la tentación de preguntar por el sobre, pero se aguantó. Cada tanto, Andrés la miraba y asentía, agradecido por el gesto.

Al cerrar el local, Lucía barrió la entrada y esperó a Andrés junto a la puerta. Él terminó de contar la caja y se acercó.

—¿Te vas directo a casa? —preguntó, con tono esperanzado.

—Sí. Hoy necesito descansar. Mañana seguimos.

Salieron juntos. Afuera, Lucía le tocó el brazo antes de irse.

—No olvides el sobre. Léelo, por favor.

—Lo prometo. Y gracias otra vez… por confiar, por todo esto.

Lucía asintió y caminó despacio hacia su casa. En el trayecto pensó en el significado de ese día. Había entregado las llaves y una carta. Había dejado que Andrés ocupara un espacio que antes era solo suyo. ¿Ese gesto abriría de verdad la puerta a una reconciliación definitiva?

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