Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 24 · ~5 min

Confesiones y promesas

Andrés acomodó los papeles en la mesa, uno sobre otro, sin mirar a Lucía. Sentía las manos frías. Cada hoja parecía el doble de pesada. Desde la cocina, Lucía se acercó con una taza de café. No dijo palabra. Se sentó y lo observó, esperando.

El reloj del microondas marcaba las siete y media. Andrés buscó las palabras. Sabía que no podía perder el tiempo. Hablar era lo único que tenía.

—No sé si sirve de algo —empezó, la voz baja—. Quiero que lo escuches de mí. Tengo miedo. No de fracasar con el local, sino de volver a fallarte. De perderte por orgullo.

Lucía giró la cuchara en su taza. Sus dedos no temblaban, pero evitaba mirarlo directo.

Andrés tragó saliva. No podía permitirse callar más.

—No tengo todas las respuestas. Pero prometo no esconderte nada. Si algo me preocupa, te lo voy a decir. Aunque me avergüence o me asuste.

Lucía dejó la cuchara a un lado. Levantó la vista. Sus ojos estaban serios, pero no fríos.

—¿Y si vuelves a cerrarte? —preguntó. Era una pregunta simple, pero la sentía como un reto.

Andrés apoyó los codos en la mesa, acercándose un poco.

—Quiero que me lo digas en ese momento. Que no pase ni un día sin que sepamos en qué estamos. Lo juro.

Por un instante, Lucía solo asintió. El vapor del café subía, pero nadie lo probaba. Andrés soltó aire despacio, sintiendo cómo se le aflojaba el pecho.

—Hay otra cosa —dijo, bajando la voz—. A veces pienso que no merezco otra oportunidad. Que ya fallé demasiado. Pero tampoco puedo irme sin pelear por esto. Por ti. Por nosotros.

Lucía respiró hondo. Sus ojos, todavía atentos, bajaron hacia la taza. Tardó en responder.

—Yo también tengo miedo, Andrés. Me cuesta confiar. Pero estoy aquí porque quiero intentarlo. No puedo prometer que todo va a ser fácil, ni que no voy a dudar. Pero sí prometo no rendirme sin pelear.

El ambiente se suavizó. Andrés miró a Lucía, fijándose en los detalles: la forma en que acomodaba el cabello detrás de la oreja, la línea cansada en sus ojos.

—¿Hacemos un trato? —preguntó, con una sonrisa tímida.

—¿De qué clase? —respondió Lucía, dejando ver una pequeña sonrisa también.

—Si uno siente que algo anda mal, lo dice. Sin esperar. Y el otro escucha, sin ponerse a la defensiva. ¿Te parece justo?

Lucía pensó un segundo. Luego asintió.

—Justo y necesario.

Andrés extendió la mano sobre la mesa. No buscó tomar la de Lucía, solo la dejó cerca. Ella la miró, luego apoyó la suya encima, suave. Los dedos no se entrelazaron, pero el gesto bastaba.

Un auto pasó haciendo ruido en la calle y rompió el momento. Andrés aprovechó para decir otro secreto.

—Nunca le conté esto a nadie. Ni a Carlos. Cuando firmé el divorcio, sentí que tenía el control. Ahora sé que solo estaba escapando. No quiero volver a eso.

Lucía retiró la mano, tomó un sorbo de café. Sus labios temblaron un poco.

—¿Y si un día volvemos a estar mal? ¿Te vas a quedar o vas a huir otra vez?

Andrés negó con la cabeza, seguro por dentro.

—Me quedo. Aunque tenga que tragarme el orgullo cien veces. Si tengo que pedir perdón, lo hago. Sin dudar.

Lucía lo observó en silencio. Dejó la taza a un lado y se levantó despacio.

—Ven, vamos a ver los papeles del local juntos. Si vamos a trabajar en equipo, hay que empezar ya.

Andrés asintió, se puso de pie y la siguió. Juntaron los documentos y fueron al escritorio. Lucía revisó cada hoja. Hizo preguntas, anotó dudas, corrigió dos errores de Andrés. Él aceptó las correcciones sin discutir. Le costó, pero lo logró.

—¿Ves? —dijo Lucía, con media sonrisa—. No duele tanto aceptar sugerencias.

—No es mi pasatiempo favorito —respondió Andrés, y ambos soltaron una risa corta.

Siguieron así, revisando y anotando, por casi una hora. Cuando terminaron, Lucía guardó los papeles en una carpeta. Andrés se apoyó en el marco de la puerta, cansado pero tranquilo.

Miró a Lucía. Se atrevió a preguntar:

—¿Crees que esto sea suficiente para empezar de nuevo?

Lucía no respondió enseguida. Guardó la carpeta, se acercó y le sostuvo la mirada.

—No lo sé. Pero es más de lo que tuvimos antes. Y esta vez, no estamos solos.

Andrés sintió ganas de abrazarla. No avanzó, solo levantó la mano en señal de pregunta.

Lucía dudó, pero dio un paso y se dejó abrazar. Fue un abrazo breve, honesto. Nadie dijo nada. El ambiente se llenó de promesas mudas.

Cuando se separaron, Lucía levantó la taza y le sonrió apenas. Andrés la miró, con la pregunta en la garganta y sin atreverse a decirla.

Pensó: ¿Serán estas promesas el pegamento que nos une? No buscó respuesta. Sabía que lo importante todavía estaba en juego.

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