Capítulo 23 · ~6 min
Prueba de fuego
Lucía abrió la puerta tras el timbrazo insistente, ajustándose la manga del suéter sin soltar el picaporte. Al otro lado estaba Marta, con pantalón negro ajustado y un bolso caro que destacaba. Su sonrisa resultó un poco forzada.
—Hola, Lucía. ¿Te molesto? —preguntó Marta, avanzando antes de esperar permiso.
Lucía dudó un momento. Miró el reloj, contuvo un gesto de fastidio y se hizo a un lado. Marta cruzó el umbral y echó un vistazo rápido al departamento, deteniéndose frente al portarretratos sobre la repisa. Lo tomó un segundo, observando la foto de Lucía y Andrés en la playa, y lo devolvió a su sitio con una ceja en alto.
—No esperaba verte hoy —dijo Lucía, cerrando la puerta con un clic seco.
Marta se sentó en el sillón, cruzó las piernas y dejó el bolso a sus pies. Con un gesto de la mano, señaló el ambiente—. Bonito lugar. Me imagino que aquí se piensan muchas cosas.
Lucía no sonrió. Fue hasta la mesa y apartó unos papeles del local. Se sentó enfrente, apoyando los codos y mirando directo a Marta.
—¿A qué viniste? —preguntó, sin rodeos.
Marta se acomodó el cabello detrás de la oreja. Su tono sonó suave, pero la mirada era filosa.
—Vine a conversar. A veces hace falta una perspectiva externa, ¿no crees? Siento que te han dejado mucho peso encima últimamente. No todos soportan tanto.
Lucía apretó los labios. Pasó los dedos por el anillo que alguna vez llevó en la mano. No respondió de inmediato.
Marta siguió—. Andrés es terco. Lo conozco bien. No siempre cumple lo que promete. ¿Estás lista para otra decepción?
Lucía no bajó la mirada. Con calma, se paró y fue hasta la repisa, tocando la foto. La giró hacia abajo y volvió a su asiento.
—No vine a hablar de Andrés contigo. Si tienes algo importante, dilo ya —soltó Lucía, sin titubear.
—Sólo quiero que pienses —dijo Marta, sonriendo con los labios, no con los ojos—. Hay personas que dicen cambiar, pero sólo se vuelven expertos en ocultar lo que son. ¿De verdad crees que Andrés es distinto ahora?
Lucía tomó aire, clavó la mirada en Marta y respondió con voz baja:
—No necesito que nadie me cuide. Si decido quedarme, es porque lo elijo. No por miedo a estar sola ni por lo que opinas tú ni nadie.
Marta alzó las cejas, guardó silencio unos segundos y luego se inclinó hacia adelante.
—No te lo digo por mal. Sólo que a veces uno se aferra a lo conocido por miedo a empezar de cero. Asegúrate de no estar repitiendo el mismo error.
Lucía se levantó y fue a la cocina. Abrió el cajón, sacó dos tazas y las dejó en la barra. Sirvió café sin preguntar y puso una taza frente a Marta. Después se apoyó en la barra, cruzando los brazos.
—Gracias por tu consejo. Pero, ¿a qué viene todo esto? ¿Vienes a advertirme o a provocarme?
Marta tomó la taza, la giró entre las manos antes de responder.
—Te advierto. Porque sé lo que es Andrés cuando no le sale algo. Puede que ahora prometa de todo, pero cuando vuelva a fallar, ¿vas a soportarlo otra vez?
Lucía apretó la taza con fuerza. Miró la ventana, luego a Marta. El silencio se llenó solo con los ruidos de la calle.
—He pasado por suficiente como para saber cuándo protegerme —dijo Lucía, esta vez más decidida—. No necesito salvadoras, ni advertencias. Si hay algo más, dilo ahora.
Marta se puso de pie, dejó la taza a medias. Su perfume flotó en el aire. Se acercó hasta quedar a un paso de Lucía.
—A veces, cuando uno baja la guardia, es cuando más duele. Sólo recuerda eso —susurró, con voz casi dulce.
Lucía no retrocedió. Sostuvo la mirada sin pestañear.
—Ya aprendí a no dejar que me pisoteen. Puedes irte tranquila.
Marta sonrió, apenas, y fue hacia la puerta. Puso la mano en el picaporte, luego se detuvo.
—Si alguna vez necesitas ayuda, aquí estoy. Aunque no lo creas, sé lo que es perder el control. Suerte, Lucía.
Cerró la puerta tras ella. Lucía apoyó la frente en la madera unos segundos. Miró la sala, las tazas en la barra, la foto aún de cara abajo.
Fue al escritorio y tomó la carpeta del local. Pasó las hojas con el dedo, subrayó una cláusula, luego otra. El eco de las palabras de Marta giraba en su mente. Se obligó a enfocar la atención en las cuentas y en la lista de pendientes pegada en la pared.
El celular vibró. Era un mensaje de Andrés: “¿Todo bien? ¿Nos vemos en la tarde?”
Lucía lo leyó, pensó en responder y dejó el teléfono a un lado. Caminó hasta la habitación y buscó una camiseta limpia. Mientras se cambiaba, se detuvo frente al espejo. Se tocó la mejilla, notando las ojeras. Sonrió apenas, con cansancio. Salió otra vez a la sala.
El timbre sonó de nuevo, suave. Era el portero con una carta certificada. Lucía la recibió, leyó el remitente —un proveedor del local— y la dejó sobre la mesa sin abrir. No tenía cabeza para más advertencias. Cogió el resaltador y repasó las fechas importantes en el contrato.
Preparó un café y lo bebió lento, sentada junto a la ventana, mirando los autos pasar. El sol caía sobre los edificios, ajeno a lo que pasaba en su sala.
Miró la foto boca abajo. Dudó, la tomó y volvió a ponerla de frente. Se quedó viendo la imagen de otra Lucía, la que sonreía sin miedo, y apretó el marco con la mano.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez lo ignoró. Abrió la computadora, revisó correos del local y organizó los papeles para la reunión de la tarde. Cada tanto, las palabras de Marta le volvían a la mente.
¿Hasta dónde podría resistir las dudas que otros sembraban? ¿Cuánto tiempo aguantaría esa seguridad antes de quebrarse? Lucía guardó la carta, cerró el portarretratos y se puso a trabajar, sin dejar que la inquietud la detuviera.