Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 11 · ~5 min

Apoyo inesperado

Andrés llegó al taller de Carlos sin avisar, casi arrastrando los pies. El ruido de las herramientas y la música baja lo recibieron al abrir la puerta. Carlos, de espaldas, lijaba una pieza de madera y ni se giró al escuchar el ruido.

—Llegaste temprano para el drama, ¿eh? —dijo Carlos, sonriendo de lado, sin dejar de lijar.

Andrés dejó caer su mochila en una esquina. Se sentó en un banco y miró sus manos, como buscando algo que decir. Carlos lo observó de reojo, esperando una explicación.

—No puedo dormir bien —soltó Andrés al fin—. Hace días que no dejo de pensar en la deuda, en Lucía… en todo lo que puede salir mal mañana.

Carlos limpió el aserrín de sus manos y se sentó frente a él. El taller olía a madera y café frío.

—¿Vas a ir con ella al banco?

—Sí. Pero no sé si sirva de algo. Lucía está… distante. No confía en mí. Y con razón.

Carlos lo miró serio, bajando la voz.

—Eso no se arregla de un día para otro. Pero ir juntos ya es algo, ¿no crees?

Andrés se encogió de hombros. Tomó un tornillo y lo hizo girar entre los dedos.

—Tengo miedo de meter la pata otra vez. Todo lo que haga parece empeorar las cosas. A veces pienso que tal vez lo mejor sería dejarla en paz.

Carlos negó con la cabeza, firme.

—No te hagas el mártir. Si de verdad quieres recuperarla, tienes que aguantar el proceso, así duela. No puedes correr cuando se pone difícil.

Andrés apretó la mandíbula. Miró alrededor, buscando respuestas en los estantes llenos de herramientas.

—¿Y si ella ya decidió que no? ¿Y si solo quiere terminar con esto y olvidarse de mí?

Carlos tomó un martillo y lo usó para golpear suavemente la mesa, llamando su atención.

—¿Y si no? ¿Lo vas a saber si no lo intentas hasta el final?

Un silencio denso llenó el taller. Andrés respiró hondo. Recordó la carta que nunca entregó, las palabras que se guardó, los días que perdió por orgullo.

Carlos rompió la tensión con una sonrisa cansada.

—Hermano, todos metemos la pata. Pero si te rindes ahora, después de tanto, te vas a arrepentir el resto de tu vida. Por lo menos termina el partido.

Andrés asintió, sin mucha convicción. Se levantó y empezó a caminar por el taller, tocando de paso una vieja guitarra rota que colgaba en la pared.

—¿Recuerdas cuando me enseñaste a arreglar esa guitarra? —preguntó.

Carlos soltó una carcajada corta.

—Sí. Dijiste que era imposible, que mejor la tirara al basurero. Y mira, ahí sigue. Fea, pero suena.

—No sé si con Lucía funcione igual. Me siento como esa guitarra, toda descompuesta.

Carlos se puso de pie y le dio una palmada en el hombro.

—La diferencia es que tú sí puedes cambiar. Pero tienes que dejarte ayudar, no solo por mí, sino por ella también.

Andrés se pasó la mano por la cara, cansado. Se sentó de nuevo, esta vez con la espalda encorvada.

—¿Tú crees que Lucía acepte mi ayuda mañana? ¿O solo va a ir por compromiso?

Carlos se encogió de hombros.

—Eso solo lo sabe ella. Pero si vas con la verdad, aunque sea difícil, tal vez te sorprenda.

Andrés miró el reloj. Faltaban horas para la cita en el banco. El peso del tiempo lo aplastaba. Carlos volvió a su mesa y empezó a limpiar unas piezas.

—¿Quieres quedarte aquí un rato? Tengo café y pan viejo, pero sirve para distraer la cabeza.

Andrés sonrió por primera vez en el día.

—Va, sírvete uno para ti también.

Mientras Carlos preparaba el café, Andrés revisó su celular. No tenía mensajes de Lucía. Solo notificaciones inútiles. Pensó en escribirle, pero no se atrevió.

El aroma del café llenó el taller. Carlos puso dos tazas sobre la mesa y se sentó a su lado. Ambos bebieron en silencio unos minutos. Andrés tragó saliva.

—¿Y si perdemos el local mañana? —preguntó, apenas en un susurro.

—Entonces empiezan de cero. Pero juntos, si eso es lo que quieren —respondió Carlos, sin titubear.

Andrés se quedó mirando el vapor que salía de la taza. El silencio era cómodo, por primera vez en semanas.

Carlos cambió de tema, buscando alivianar el ambiente.

—¿Te acuerdas de la vez que Lucía te ganó al billar en la fiesta de mi cumpleaños? Nunca te vi tan picado.

Andrés soltó una risa breve.

—Me humilló delante de todos. Y yo ni cuenta me di de que era tan buena jugando.

—Siempre te sorprende cuando menos lo esperas. Quizá este sea otro de esos momentos.

Andrés asintió, con una sonrisa que le duró poco. La preocupación regresó rápido.

—Carlos, gracias por no dejarme solo en esto. No sé qué haría sin tu apoyo.

—Para eso estamos los amigos, ¿no? No te rindas, Andrés. Por muy difícil que se ponga, aquí sigo.

Andrés terminó su café y se puso de pie. Tomó su mochila y se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró a su amigo.

—¿Tú crees que el apoyo de los amigos sea suficiente para salvar un matrimonio?

Carlos lo miró serio, cruzando los brazos.

—No es suficiente, pero sí ayuda. Al final, los que deciden son ustedes. Pero yo voy a estar aquí, pase lo que pase.

Andrés salió al anochecer, con la mochila al hombro y la cabeza llena de dudas. El sonido del taller quedó atrás, pero las palabras de Carlos lo acompañaron hasta el auto. Se preguntó si el apoyo de sus amigos alcanzaría para enfrentar lo que venía, o si era solo un consuelo en medio de la tormenta.

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