Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 12 · ~5 min

Viejas heridas

Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa y se frotó las sienes. Los papeles del banco seguían ahí, desparramados junto a la taza de café que ya estaba fría. Intentó leer una vez más el resumen de la deuda, pero las letras parecían moverse en la hoja. Se levantó y fue hasta la ventana. Los autos pasaban apurados por la avenida y, por un instante, el ruido de la calle le sirvió de distracción.

El timbre sonó. Lucía se giró, tensa. Caminó hasta la puerta, miró por la mirilla y reconoció a Marta. Dudó, pero abrió. Marta entró sin esperar invitación, con paso seguro, el cabello tirante en una coleta alta y un bolso de cuero colgando del brazo.

Marta paseó la mirada por el departamento, deteniéndose en los papeles sobre la mesa. Se acercó y los tocó con la punta de los dedos.

—¿Otra vez con este tema? —dijo Marta, con el tono que usaba cuando quería provocar—. Pensé que ya habías terminado con todo lo que tenía que ver con Andrés.

Lucía cerró la puerta y apoyó la espalda en ella. No contestó de inmediato. Marta siempre iba directo al grano, pero hoy le pesaba más esa franqueza.

—No es que quiera, Marta. Pero si no resuelvo esto, el banco me va a comer viva. Y Andrés es aval, así que tiene que estar.

Marta se sentó en la silla, cruzando las piernas despacio. Su blusa blanca parecía aún más brillante bajo la luz amarilla del foco.

—¿Y por qué no lo dejas solo con su problema? —preguntó—. No tienes por qué cargar con eso. Ya bastante tuviste.

Lucía recogió los papeles y los apiló con cuidado, evitando la mirada de su amiga.

—No puedo lavarme las manos. El crédito está a mi nombre también. Si no pago, pierdo el local, pierdo todo. No es solo por él.

Marta soltó un suspiro largo. Revisó la taza de café, la olió y la dejó a un lado, arrugando la cara.

—No entiendo por qué insistes, Lucía. Siempre fuiste fuerte, pero últimamente te veo cansada. ¿No será que te estás dejando arrastrar otra vez? Andrés no cambia. Hoy te ayuda, mañana desaparece.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa. Sintió un impulso de gritar, pero solo apretó los labios.

—No estoy esperando nada de él. No es una reconciliación. Solo quiero salir de esto. Después, cada quien sigue por su lado.

Marta se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—¿Y si te equivocas? ¿Y si él se mete otra vez en tu vida y terminas peor?

Lucía se encogió de hombros. Miró a Marta directo a los ojos.

—Si sale mal, me haré cargo. Pero no voy a dejar el problema a medias. No soy de las que huyen.

Marta tamborileó los dedos en la mesa, impaciente.

—Mira, si quieres ayuda de verdad, yo conozco gente que puede negociar esa deuda. Gente que arregla las cosas sin andar rogando en el banco. Podrías quitarte todo esto de encima hoy mismo.

Lucía negó con la cabeza.

—Gracias, pero no. No quiero deberle favores a nadie más. Prefiero enfrentar esto con Andrés, aunque sea incómodo.

Marta se levantó, acomodó su bolso y se dirigió a la puerta. Se detuvo antes de salir y giró hacia Lucía.

—Tú sabrás, Lucía. Pero si ves que él no cambia, no te quedes esperando. Ya sufriste suficiente por terceras personas. No mereces volver a pasar por lo mismo.

Lucía asintió, sin palabras. Marta salió, cerrando la puerta con un golpe seco.

Lucía se quedó de pie un rato, en silencio. Fue hasta la cocina, se sirvió un vaso de agua y bebió lento. El sonido del reloj marcaba los segundos, insistente. Volvió a la mesa y revisó los papeles una vez más.

El teléfono vibró y lo vio iluminarse. Mensaje de Andrés: “¿Lista para mañana?” Lucía leyó, pensó en responder, pero dejó el celular boca abajo. No estaba lista para contestar. Recogió los papeles y los guardó en una carpeta. Caminó por el departamento, ordenó unos libros, abrió la ventana, dejó que entrara el aire.

Se sentó en el sillón y repasó la conversación con Marta. Recordó el tono crítico de su amiga y la manera en que le ofreció esa salida fácil. Por un momento, pensó en aceptar. Sería tan sencillo dejar todo en manos de otros, olvidarse del banco, de Andrés, de las cuentas apretadas. Pero no. Había algo en esa forma de huir que no le cerraba.

Miró sus manos. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar la carpeta. Soltó el aire despacio. Mañana sería otro día, uno largo.

Se levantó y preparó té. Los minutos pasaron lentos. Pensó en la cita del banco, en los papeles, en la cara de Andrés cuando hablaban del local. Recordó su propia voz temblorosa cuando aceptó que fueran juntos. No era valentía, era necesidad. Pero también algo más: una decisión de no dejarse vencer por la presión. Nadie le iba a resolver la vida, ni Andrés, ni Marta, ni nadie.

El teléfono vibró de nuevo. Esta vez no miró el mensaje. Dejó el celular en la cocina y se quedó en el sillón, mirando el techo.

La tentación de soltar todo y dejarse llevar era fuerte. Pero Lucía no se permitió ese lujo. Mañana enfrentaría lo que viniera, aunque tuviera miedo. ¿Sería capaz de resistir hasta el final o, llegado el momento, la tentación de rendirse la haría retroceder?

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