Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 13 · ~5 min

Un paso adelante

Andrés llegó temprano a la entrada del banco. Miró su reloj por quinta vez. Las manos le sudaban y sentía el estómago apretado. Había dormido poco, repasando una y otra vez lo que diría si Lucía lo dejaba solo en ese trámite. Aún así, seguía ahí, esperando. No podía fallar ahora.

Lucía apareció caminando rápido, la carpeta con papeles bajo el brazo. Llevaba el cabello recogido y una expresión seria. Andrés notó que apenas lo miró al acercarse.

—¿Llevaste los recibos del local? —preguntó Lucía, sin saludar, deteniéndose a pocos pasos de él.

—Sí, aquí los tengo. También la copia de mi identificación y el contrato original —respondió Andrés, mostrando su carpeta. Quiso sonreír, pero Lucía no cambió el gesto.

Entraron juntos al banco. El aire frío chocó con el calor de la calle y los dos cruzaron la sala de espera en silencio. Una empleada los recibió con una sonrisa forzada. Lucía se adelantó, dejando claro que era ella quien lideraba la situación.

—Venimos por la deuda del crédito comercial. Mi nombre es Lucía Reyes. Él es Andrés, el aval. Tenemos cita —dijo, firme.

La mujer revisó la agenda y les pidió esperar. Tomaron asiento. Había otras personas con caras de preocupación, moviendo las piernas, revisando el celular. Andrés trató de no mirar a Lucía de frente. Notó que ella tamborileaba los dedos sobre la carpeta.

—¿Dormiste algo? —preguntó él, bajando la voz.

Lucía dudó antes de contestar.

—No mucho. Quiero resolver esto hoy —murmuró, sin mirarlo.

Una pausa incómoda los envolvió. Andrés pensó en el pasado, en todos esos trámites que antes hacían juntos y que ahora parecían una guerra fría. Se acomodó en la silla y respiró hondo.

—Mira, Lucía… traigo algo más —dijo él, sacando un sobre del bolsillo interno de su chaqueta. Se lo ofreció, pero ella dudó en tomarlo.

—¿Qué es?

—Un plan de pagos. Hablé con Javier. Si el banco acepta, yo puedo poner la mitad para cubrir la deuda en tres meses. No quiero que pierdas el local. Sé que no soy el mejor para pedirte esto, pero… déjame ayudar, aunque no vuelva a entrar ahí nunca más.

Lucía lo miró a los ojos por primera vez desde que llegaron. Su expresión se suavizó apenas un segundo, pero después volvió la desconfianza de siempre.

—No quiero deberte nada, Andrés. Si acepto es solo porque no veo otra salida. No confundas esto con otra cosa.

—Lo sé. No estoy aquí para presionarte. Solo quiero que termines con este peso —dijo él, bajando la mirada.

La empleada los llamó a la oficina. Lucía se adelantó y Andrés la siguió. La reunión fue larga, llena de papeles, explicaciones y números. El gerente explicó las opciones y el riesgo de perder el local si no cumplían. Andrés propuso su plan de pagos. El gerente se mostró escéptico, pero aceptó enviar la propuesta al área de crédito.

Cuando salieron, Lucía dejó escapar un suspiro. Caminó hacia la salida sin decir palabra. Andrés la alcanzó en la acera.

—¿Quieres un café? Hay una cafetería aquí cerca. Solo para hablar sin tanto estrés.

Lucía vaciló. Miró el semáforo y luego a Andrés. Dudó un segundo más antes de asentir.

—Solo un café. Nada de interrogatorios —dijo. Caminó delante de él.

Entraron a la cafetería. Andrés pidió dos cafés. Se sentaron junto a la ventana. Por fin, el ambiente era más relajado, aunque lejos de ser cómodo.

—Nunca pensé que terminaríamos así, sentados en una cafetería por una deuda —dijo Lucía, mirando su taza.

—Yo tampoco. Pero si sirve para arreglarlo… prefiero esto a no hacer nada.

Lucía dio un sorbo a su café. Andrés la observó, notando que sus dedos temblaban apenas. Él pensó en la cantidad de veces que había evitado hablar de dinero antes. Ahora, ese tema era lo único que los mantenía sentados uno frente al otro.

—¿Por qué haces esto, Andrés? De verdad, ¿por qué te arriesgas otra vez?

Andrés se tomó un momento antes de responder. No quería sonar dramático ni rogar. Tenía que ser honesto, sin rodeos.

—Porque no soy capaz de dejarte sola con esto. Porque sé que me equivoqué y no pienso esconderme más. Si esto es lo último que puedo hacer bien… quiero hacerlo.

Lucía bajó la vista. Agarró la taza con fuerza. Un silencio incómodo los cubrió hasta que ella habló, casi en susurro.

—No sé si pueda confiar en ti de nuevo. Pero no puedo negar que hoy… necesitaba que estuvieras aquí.

Andrés asintió. No dijo nada más. Sabía que un solo gesto no borraría años de errores, pero al menos había logrado dar un paso adelante.

Terminaron el café en silencio. Al salir, Lucía se detuvo antes de cruzar la calle. Miró a Andrés por primera vez con menos dureza.

—Gracias por no huir —dijo, apenas audible.

Andrés sonrió, sintiendo que algo, aunque pequeño, había cambiado. Lucía cruzó la calle y siguió su camino, dejándolo con la pregunta flotando: ¿será suficiente este gesto para cambiar el rumbo?

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