Historia Abierta
Portada de Entre Rivales y Deseos
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Capítulo 20 · ~5 min

Un nuevo comienzo

Laura se miró en el espejo del baño de la oficina. Tenía las ojeras marcadas y el cabello recogido a toda prisa. Respiró hondo, apretando el informe final contra el pecho. Afuera, el bullicio de los pasillos era distinto: expectante, nervioso, como si todos supieran que ese día definiría el futuro de más de uno.

Marcos apareció en la puerta. Llevaba la camisa arremangada y sonreía con ese gesto medio torcido que siempre la desconcertaba.

—¿Lista, Laurita? —preguntó, bajando la voz para que nadie más escuchara.

Laura asintió sin mirarlo directo. Él se acercó y le tocó el brazo, solo un segundo, pero suficiente para que ella sintiera el impulso de quedarse ahí, pegada a su lado.

—No importa lo que pase —susurró Marcos—. Lo hicimos bien.

Ella asintió de nuevo, más segura. Salieron juntos al pasillo. Sofía los esperaba sentada en una de las bancas, con una carpeta en las piernas y el celular en la mano, como siempre. Les hizo una seña de ánimo.

—Ramírez ya está en la sala de juntas —dijo Sofía en voz baja—. Parece de buen humor, pero no confíen mucho. Hoy va a ser difícil para todos.

—Gracias, Sofi —respondió Laura—. Pase lo que pase, nos vemos después.

Marcos y Laura caminaron lado a lado hasta la sala de juntas. Al entrar, el silencio pesó sobre ellos. Ramírez estaba sentado en la cabecera, revisando papeles. Levantó la mirada y los invitó a sentarse con un gesto seco.

—Bueno, llegó el momento —dijo Ramírez—. Revisé su informe. Hubo errores, pero supieron corregirlos a tiempo. Eso habla de resiliencia y trabajo en equipo.

Laura apretó los puños debajo de la mesa. Marcos la miró de reojo, buscando una señal de tranquilidad.

—Este proyecto era clave para la empresa —continuó Ramírez—. Ambos demostraron compromiso y superaron obstáculos personales que antes los frenaban. Por eso, he decidido promoverlos a los dos.

El aire pareció estancarse. Laura parpadeó, sin procesar bien lo que escuchaba.

—¿A los dos? —preguntó Marcos, sin poder evitar sonreír.—¿No era solo un ascenso?

Ramírez sonrió apenas.

—La empresa crece. Hay espacio para dos líderes. Ustedes lo ganaron. Ahora, a trabajar juntos como socios, no como rivales.

Laura soltó un suspiro que llevaba días guardando. Miró a Marcos, que soltó una carcajada suave y después la miró con complicidad.

—Gracias, jefe —dijo Marcos, levantándose.

—Felicitaciones —agregó Ramírez—. Espero que mantengan ese espíritu. Nos vemos mañana para hablar de los nuevos proyectos.

Salieron de la sala y, ya en el pasillo, Laura se apoyó contra la pared. Las piernas le temblaban, pero una risa inesperada se le escapó.

Marcos la miró con asombro y luego se echó a reír también.

—¿Te das cuenta, Lau? Lo logramos. Juntos. Hasta parece chiste.

—No me lo creo —dijo ella, tapándose la boca—. Pensé que uno iba a quedar fuera. O peor, que los dos perderíamos.

Marcos se acercó y le tomó la mano, sin miedo esta vez.

—¿Y ahora qué? —preguntó, bajito—. ¿Vamos por una cerveza o prefieres seguir peleando conmigo?

Laura sonrió, sintiendo el calor en las mejillas.

—Prefiero celebrar. Pero esta vez, sin discutir por la cuenta.

En ese momento, Sofía se acercó corriendo, con los ojos brillosos.

—¡Sabía que podían! —dijo, abrazando primero a Laura y luego a Marcos—. Siempre supe que eran un buen equipo. ¿Y ahora qué van a hacer?

—Celebrar —respondió Laura, mirando a Marcos—. Y descansar un poco. Nos lo merecemos.

Sofía sonrió y les dio espacio. Laura y Marcos salieron del edificio juntos. El sol de la tarde les pegaba en la cara, pero ya no importaba el cansancio ni las dudas.

Caminando por la acera, Laura sintió la mano de Marcos apretando la suya. Él la miró, serio por un segundo.

—Laura, no quiero volver a perderte. No quiero que lo nuestro dependa solo del trabajo. Quiero que intentemos algo real, fuera de la oficina.

Ella lo miró, sin buscar palabras complicadas. Solo asintió.

—Yo también, Marcos. Pero hagámoslo bien. Poco a poco, sin escondernos ni fingir que todo es fácil.

Él sonrió, aliviado. Se detuvieron frente a una cafetería y entraron. Pidieron dos cafés y se sentaron cerca de la ventana. Hablaron de sus planes, de lo difícil que había sido dejar el orgullo a un lado, de las veces que casi renuncian.

—¿Te acuerdas cuando te dije que odiaba trabajar contigo? —preguntó Laura, riendo.

—Sí, y yo pensaba que eras insoportable —contestó Marcos—. Pero ahora… no cambiaría nada de lo que vivimos.

Laura lo miró con ternura.

—Marcos, tengo miedo de fallar. No solo en el trabajo, también contigo.

Él le tomó la mano sobre la mesa.

—Yo también. Pero si fallamos, lo intentamos otra vez. No vamos a rendirnos tan fácil, ¿va?

Laura sonrió, sintiendo que por fin ese peso en el pecho se hacía más liviano. Afuera, la ciudad seguía su ritmo. Adentro, todo era nuevo y posible.

—Va —dijo Laura.

Marcos levantó su taza de café.

—Por nosotros. Por todo lo que viene.

Chocaron las tazas y supieron que, esta vez, el futuro estaba en sus manos.

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