Capítulo 19 · ~5 min
La recta final
Laura llegó temprano a la oficina, como si las horas extra pudieran darle una ventaja invisible. Se sentó frente a su computadora y abrió los archivos del proyecto. Los gráficos y tablas parecían burlarse de su cansancio, pero ella siguió corrigiendo detalles. Sabía que ese día era clave: la revisión final con Ramírez y la presentación ante dirección. No podía fallar.
A las ocho y media, Marcos entró al área de trabajo. Llevaba una camisa azul y el cabello algo despeinado. Se acercó a Laura sin rodeos, apoyando un café junto a su teclado.
—¿Dormiste algo? —preguntó, bajando la voz para no llamar la atención.
Laura negó con la cabeza, pero aceptó el café.
—Lo justo para no parecer zombie. ¿Tú?
—Más o menos. Me la pasé revisando la propuesta de costos —dijo Marcos, y se sentó a su lado—. Encontré una grieta en los números de la última sección.
Laura frunció el ceño y giró su pantalla hacia él.
—¿Otra? Ya los revisamos anoche.
—Sí, pero Ramírez pidió una estimación de impacto a cinco años, no a tres. Se nos fue ese cambio.
El pulso de Laura se aceleró. Abrió la hoja de Excel y buscó la celda. Efectivamente, la proyección llegaba solo a tres años. Miró a Marcos, tensa.
—¿Crees que nos dé tiempo de rehacerlo antes de la junta?
—Si nos dividimos, sí. Yo hago los cálculos y tú armas la gráfica nueva. —Marcos la miró con una sonrisa torcida—. Equipo, ¿no?
Laura soltó el aire y asintió. Se repartieron las tareas en silencio. Por un momento, solo se escuchó el tecleo y el zumbido de la impresora. Laura se concentró tanto que olvidó el resto del mundo. Cuando terminó la gráfica, sintió la mano de Marcos en su hombro.
—Listo —dijo él—. Ya lo integré todo. ¿Ves algún error?
Laura revisó la presentación. La nueva proyección cuadraba. Pero justo cuando iba a guardar el archivo, apareció un mensaje en pantalla: “Error de archivo. No se pudo guardar.”
—No, no, no… —susurró, intentando guardar de nuevo. El mismo mensaje. Su corazón latía a mil. Miró a Marcos—. Se trabó el sistema.
Marcos se inclinó sobre su hombro, tecleando rápido.
—Debe ser el servidor. Ayer también falló. Calma, Lau, seguro hay copia automática.
Intentaron abrir el respaldo, pero solo aparecía la versión vieja, sin la corrección de cinco años. Laura tragó saliva. Miró la hora: faltaban cuarenta minutos para la presentación. Quiso gritar, pero se contuvo.
—¿Y si lo rehacemos rápido? —preguntó, ya sin sarcasmo en la voz.
—No hay de otra —respondió Marcos. Se sentó junto a ella y abrieron un archivo nuevo. Él dictaba los datos, Laura armaba la gráfica. Los dedos de ambos volaban sobre el teclado. A veces se pisaban en la pantalla, pero nadie levantó la voz. Solo había urgencia y concentración. El tiempo parecía correr en su contra.
Justo cuando Laura terminaba de formatear la última celda, sintió el celular vibrar: era un mensaje de Sofía. “Mucha suerte hoy, confío en ti.” Sonrió apenas y siguió trabajando. No podía distraerse.
Finalmente, guardaron la presentación. Esta vez, el archivo no falló. Laura soltó el mouse y miró a Marcos.
—¿Crees que con esto alcance?
Marcos la miró serio, pero sus ojos tenían ese brillo de siempre.
—No sé, Lau. Pero si no es suficiente, al menos lo intentamos juntos.
Laura asintió. Por primera vez en semanas, sintió que la presión era compartida, no solo suya. Recogió los papeles y respiró hondo.
—Vamos antes de que algo más se rompa —dijo, intentando sonar firme.
Caminaron juntos al salón de juntas. Ramírez ya estaba ahí, revisando su celular. Levantó la vista y los observó en silencio unos segundos.
—¿Listos para la recta final? —preguntó, sin una pizca de amabilidad.
Laura asintió, sosteniendo la carpeta como si fuera un escudo. Marcos encendió la laptop y conectó la presentación al proyector. El archivo se abrió sin errores. Laura empezó a exponer, siguiendo el guion que habían ensayado. Explicó las proyecciones, los riesgos y las oportunidades. Notó que la voz no le temblaba, aunque sentía la garganta seca.
Cuando tocó el turno de Marcos, él expuso la parte de costos y respondió un par de preguntas de Ramírez. Laura lo observó de reojo: seguro, claro, sin titubear. Parecía otro después de todo lo que habían pasado.
Al terminar, Ramírez se levantó y caminó despacio alrededor de la mesa. Tardó una eternidad en hablar.
—Tuvieron problemas con el archivo, ¿verdad? —dijo al fin, mirándolos serio.
Laura se tensó. No supo cómo lo había notado.
—Sí. Pero logramos rehacer la sección a tiempo —respondió, directa.
Ramírez asintió, sin cambiar el tono.
—Eso habla bien de ustedes. Pero la competencia sigue fuerte. Hoy mismo daré mi recomendación a dirección. ¿Tienen alguna última palabra?
Laura miró a Marcos. Dudó un segundo, pero se atrevió.
—Solo queremos que se valore el trabajo, no los rumores ni los errores del pasado. El proyecto está aquí porque confiamos en lo que hacemos.
Marcos intervino rápido, sin perder el ritmo.
—Y porque aprendimos a trabajar juntos, aunque no fuera fácil.
Ramírez no mostró ninguna emoción. Cerró la carpeta y se dirigió a la puerta.
—Les avisaré en cuanto tenga noticias. No bajen la guardia.
Cuando se quedaron solos, Laura se dejó caer en la silla. Miró a Marcos, exhausta.
—¿Te das cuenta de lo cerca que estuvimos de perderlo todo otra vez?
Marcos apoyó un codo en la mesa y la miró con una sonrisa cansada.
—Sí. Pero no lo perdimos. Todavía no.
Laura cerró los ojos un instante, intentando ordenar el torbellino en su cabeza. Habían sobrevivido al caos, pero la decisión final no dependía de ellos. Se preguntó si, después de tanto esfuerzo, realmente estaban listos para lo que venía.
¿Podrían superar el último obstáculo?