Capítulo 18 · ~6 min
Trabajando en equipo
Marcos llegó a la oficina antes de lo normal. Cruzó el pasillo con paso rápido, sin saludar a nadie. Tenía el informe de Laura impreso en la mano, lleno de anotaciones y marcas de colores. Se sentó en su escritorio y prendió la computadora, repasando mentalmente lo que quería decirle.
Laura apareció quince minutos después. No llevaba maquillaje y sus ojeras demostraban que tampoco había dormido bien. Dejó su bolso con un golpe seco en la silla.
—¿Empezamos? —preguntó Laura, sin rodeos, clavando los ojos en la pantalla de su laptop.
Marcos respiró hondo y se acercó con el informe en la mano. No quería una pelea, no después de todo lo que habían pasado.
—Tengo unas ideas para la sección de conclusiones. —Dejó el informe en la mesa entre ambos—. Usé tus notas. Eso... ayudó mucho, la verdad.
Laura le sostuvo la mirada un momento. Luego, asintió y tomó el informe.
—¿Me explicas rápido? Si nos apuramos, podemos enviar esto antes del mediodía.
Marcos se sentó en la silla de al lado. Al principio, la conversación fue tensa. Cada uno marcaba sus correcciones en silencio, evitando cualquier comentario personal. Pero, a medida que avanzaban, el ritmo fue cambiando.
Laura corrigió una frase y la leyó en voz alta, como si probara el sabor de las palabras.
—Esto suena mejor así: “La estrategia propuesta favorece tanto a producción como a ventas, sin sacrificar calidad”. ¿Te parece?
Marcos sonrió apenas.
—Sí, mucho mejor. Directo y sin vueltas. Como tú.
Laura giró los ojos, pero no pudo evitar la sonrisa. Siguieron revisando el documento juntos, línea por línea. Marcos se sorprendió de lo fácil que era trabajar así, sin pelear, sin competir. Había algo casi cómodo en ese silencio compartido.
Cuando terminaron la primera revisión, Laura se levantó para buscar café. Marcos se quedó viendo el monitor, repasando la presentación final. La tensión que sentía días antes se había transformado en una especie de energía tranquila.
Laura regresó con dos tazas de café. Dejó una al lado de Marcos y se apoyó en el borde de la mesa. El aroma llenó el cubículo.
—Deberíamos practicar la presentación —dijo Laura, sin mirarlo—. No quiero que Ramírez nos agarre en curva otra vez.
Marcos le pasó el archivo de la presentación y se acomodó en la silla, girando hacia ella.
—¿Te animás a empezar? Así te sigo el ritmo.
Laura sonrió de lado.
—Te vas a arrepentir, Marc. Hablo rápido cuando estoy nerviosa.
—Prefiero eso a que me dejes solo frente a Ramírez —bromeó Marcos, alzando la ceja.
Laura soltó una risa breve y, por primera vez en días, Marcos sintió que el hielo entre ellos se rompía, aunque fuera un poco.
Repasaron la presentación dos veces. Cada ensayo era mejor que el anterior. Laura señalaba con el dedo los puntos clave, mientras Marcos completaba con datos y ejemplos. Cuando se trababan, se corregían sin sarcasmo ni reproches. El trabajo fluía.
De pronto, Laura se detuvo.
—¿Te diste cuenta? —preguntó, mirándolo fijamente—. Hace una semana no podíamos ni hablar y ahora estamos terminando esto juntos.
Marcos bajó la cabeza un momento, incómodo y aliviado a la vez.
—Sí. Supongo que era esto, ¿no? Lo que tenía que pasar para que funcionara.
Laura se cruzó de brazos, pensativa.
—Todavía no terminamos. Ramírez va a buscar cualquier excusa para bajarnos puntos.
—Que lo intente —respondió Marcos, con una sonrisa segura—. No va a encontrar nada.
Laura lo miró, seria, y luego asintió.
—Tenemos que ser equipo hasta el final. No quiero volver a pasar por lo que pasó la semana pasada.
Marcos la observó en silencio. Pensó en la pelea, en el rumor, en el miedo de perderla. Había aprendido que no podía controlarlo todo, pero sí podía elegir confiar.
—Yo tampoco, Lau. Esta vez, te sigo hasta donde quieras llegar.
No hubo más palabras. Solo un silencio corto, cómodo, y la sensación de que, al menos por ese día, estaban del mismo lado.
La mañana pasó volando. Imprimieron la versión final, revisaron los anexos, organizaron los papeles para la reunión. Cuando todo estuvo listo, Laura se puso de pie y alisó su blusa con las manos.
—¿Listo para el show?
Marcos levantó el pulgar, intentando verse relajado.
—Listísimo. Si esto no nos da el ascenso, nada lo hará.
Laura soltó una carcajada. El sonido llamó la atención de dos compañeros que cruzaban el pasillo, pero ella no pareció notarlo.
Caminaron juntos hacia la sala de reuniones. Laura llevaba la carpeta con el informe y Marcos la laptop con la presentación. Al llegar a la puerta, Laura se detuvo y lo miró.
—Pase lo que pase, gracias por confiar. Aunque sea solo por hoy.
Marcos le guiñó un ojo.
—No me hagas quedar mal, Laurita.
Entraron juntos. Ramírez ya los esperaba sentado, revisando su reloj con impaciencia. La tensión volvió a la sala, pero Marcos no se dejó intimidar. Miró a Laura y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, firme.
Cuando la reunión comenzó, Laura tomó la palabra con voz clara y segura. Marcos la siguió, completando los datos con precisión. Ramírez los interrumpió dos veces con preguntas difíciles, pero ambos respondieron sin dudar, cubriéndose mutuamente.
Al terminar, Ramírez cerró la carpeta y los miró en silencio un momento. Marcos sintió la presión en el pecho, igual que Laura. Solo quedaba esperar el veredicto.
Ramírez se puso de pie y asintió, sin dar pistas.
—Les aviso cuando tenga la decisión —dijo, seco, y salió de la sala dejando la puerta abierta tras de sí.
Laura y Marcos se quedaron sentados, mirándose, sin saber si celebrar o prepararse para lo peor. El silencio se llenó de preguntas que ninguno se atrevió a decir en voz alta.
Marcos rompió el silencio con una broma forzada.
—¿Y si mejor abrimos una cafetería? Menos estrés, más café gratis.
Laura soltó una risa nerviosa y negó con la cabeza.
—No te veo sirviendo café, Marc. Pero... quién sabe. Si no ganamos el ascenso, podemos reinventarnos.
Marcos la miró y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió imaginar un futuro diferente. Pero el ascenso seguía siendo la meta. Y, ahora, estaba más cerca que nunca.