Capítulo 11 · ~5 min
Dudas y temores
Laura cerró el archivo del proyecto y se frotó los ojos. Sentía la cabeza llena de ideas, pero ninguna terminaba de encajar. Miró de reojo a Marcos, que seguía tecleando como si nada lo afectara. O al menos eso parecía.
Marcos soltó un suspiro, largo y pesado. Se apoyó en el respaldo de la silla y se quedó mirando el techo. Laura aprovechó ese segundo de pausa para romper el silencio.
—¿Tú crees que esto va a funcionar? —preguntó, con la voz más baja de lo normal.
Marcos giró la cabeza y la miró sin sonreír, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.
—¿Te refieres al proyecto o a… esto? —hizo un gesto vago entre los dos.
Laura tragó saliva. Hubiera preferido hablar solo del trabajo, pero ya estaba lanzada.
—Las dos cosas. No sé si estamos haciendo bien. Es como si siempre hubiera algo que nos frena.
Marcos se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Bajó la voz, pero su tono era firme.
—Yo tampoco tengo claro nada. Solo sé que cuando estamos juntos, las cosas… cambian. Es raro, pero me gusta. Me asusta también.
Laura se quedó callada, jugueteando con el bolígrafo. Sentía un nudo en la garganta pero no quería parecer débil.
—Yo no sé confiar —admitió, mirando al suelo—. Siempre estoy esperando que pase algo malo. Que alguien diga que no fue suficiente. O que metí la pata.
Marcos soltó una risa corta, sin alegría.
—Bienvenida al club. —Se pasó la mano por el cabello—. Cada vez que creo que ya la libré, tengo miedo de perder todo. De que alguien diga que no sirvo para esto… o para nadie.
El silencio volvió, pero era diferente. Más pesado, como si ambos pensaran en lo mismo y no se atrevieran a decirlo.
Laura se levantó y fue a la ventana. Miró hacia afuera, aunque no veía nada. Solo necesitaba moverse, sentir que aún tenía control de algo.
—¿Y si solo estamos usando el trabajo para no ver lo que pasa entre nosotros? —preguntó sin girarse.
Marcos se acercó, pero dejó un metro de distancia. No invadía su espacio, como si supiera que ella necesitaba aire.
—¿Y si sí? ¿Eso sería tan malo? —preguntó él, suave—. No sé si tengo espacio para otra cosa, Laura. No sé si puedo con más.
Ella giró despacio. Se cruzó de brazos, como quien se protege sin querer dar la impresión de estar huyendo.
—Yo tampoco. Pero cada vez que me acerco, siento que voy a salir perdiendo. Y no quiero perder el proyecto. Ni a ti. Pero tampoco quiero equivocarme otra vez.
Marcos bajó la mirada, como si buscara respuestas en el suelo. Se quedó así unos segundos, luego volvió a mirarla directo a los ojos.
—¿Te arrepientes de haberte acercado? —preguntó, casi en un susurro.
Laura negó con la cabeza. El silencio era la única respuesta posible, pero luego se obligó a hablar.
—No me arrepiento. Pero me da miedo. Y no sé si eso es justo para ti, o para mí.
Marcos sonrió de lado, una sonrisa triste pero sincera.
—Miedo tengo todos los días. Pero si no lo intentamos, nunca vamos a saber. Prefiero arriesgarme a quedarme con la duda.
Laura respiró hondo, dejando que ese momento se alargara. Sentía que el corazón le latía demasiado fuerte, pero no podía dar el siguiente paso todavía.
—¿Y si fallamos? ¿Y si el proyecto se va al carajo por esto?
Marcos se encogió de hombros, pero esta vez su tono fue más ligero, casi burlón.
—Entonces al menos nos habremos divertido. —Hizo una pausa—. Mira, Laura, sé que esto es complicado. Pero no eres la única que está asustada. Yo también. Solo que a veces lo escondo mejor.
Laura bajó la guardia por un segundo y soltó una risa breve, nerviosa.
—Sí, eres bueno fingiendo que nada te afecta. Pero yo ya te vi dudar más de una vez.
Marcos levantó las manos, como rindiéndose.
—Me atrapaste. Supongo que no soy tan bueno como pensaba.
Laura volvió a la mesa y se sentó frente a él. El ambiente seguía tenso, pero ahora había algo más, una especie de complicidad triste.
—¿Podemos prometer que, pase lo que pase, vamos a hablarlo? Sin escondernos. Sin suposiciones raras.
Marcos asintió sin dudar.
—Va. Prometido. Si te pones paranoica, te lo voy a decir. Y si yo me pongo idiota, quiero que me lo digas tú.
Laura sonrió, más relajada. Por primera vez sentía que podían llegar a un acuerdo, aunque fuera solo un pequeño paso.
El sonido del celular interrumpió el momento. Laura miró la pantalla y volvió a dejarlo en la mesa. No quería que nada los sacara de ese instante.
Marcos la observó en silencio.
—¿Crees que podamos confiar el uno en el otro? —preguntó.
Laura no respondió de inmediato. Miró a Marcos, vio el mismo miedo y la misma esperanza reflejados en su cara. Y supo que la respuesta no era sencilla.
—No lo sé todavía —admitió, bajando la voz—. Pero quiero intentarlo.
Se quedaron ahí, sin moverse, como si ese acuerdo silencioso fuera el único ancla en medio de sus dudas. Afuera, la ciudad seguía igual de ruidosa, pero dentro de esa oficina, el mundo se había detenido solo para ellos.