Historia Abierta
Portada de Entre Rivales y Deseos
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Capítulo 12 · ~5 min

Un paso adelante

Laura entró a la oficina más temprano de lo normal. No había nadie en su cubículo, solo la luz encendida del fondo. Caminó con paso firme, aunque sentía cosquillas en el estómago. Al fondo, Marcos ya estaba revisando papeles. Había dejado dos cafés sobre la mesa.

—Llegaste antes que yo. ¿Hoy sí dormiste algo? —preguntó Marcos, sin mirarla del todo, pero con una sonrisa medio escondida.

—No mucho. No me acostumbro a madrugar tanto —respondió Laura, tomando el café que él le había dejado. Le tembló un poco la mano, pero disimuló con un sorbo.

Marcos se sentó al lado de ella, más cerca de lo habitual. No dijo nada por un momento, luego empujó hacia ella una carpeta llena de hojas con notas y gráficas.

—Estuve revisando lo del informe. Hay unas cosas que podríamos mejorar si lo hacemos juntos. ¿Te animas?

Laura asintió. Se sentaron hombro a hombro, revisando cada hoja. Ninguno levantaba la voz ni discutía los detalles mínimos como antes. Marcos señalaba errores con el dedo y Laura los corregía rápido, a veces soltando una broma sobre la letra horrible de él. Marcos le contestaba con otra broma sobre su obsesión por los detalles. Todo se sentía más fácil, como si una barrera invisible se hubiera roto.

Después de una hora, Laura se estiró y soltó un suspiro. Se giró hacia Marcos.

—¿Sabes? Hace una semana, pensé que esto iba a ser imposible —dijo en voz baja, casi sin mirarlo—. Trabajar contigo, digo.

Marcos apoyó la espalda en la silla y la miró directo, serio por un instante.

—Yo también. Pero… mira dónde estamos. No lo estamos haciendo tan mal.

Laura sonrió. El silencio se hizo cómodo por unos segundos. Luego, Marcos se acercó un poco más.

—Lau, si lo vamos a hacer, hay que hacerlo bien. El proyecto, la competencia… y lo que sea que esté pasando aquí —dijo, señalando el espacio entre ambos con una mano nerviosa.

Laura lo miró, dudó un momento, pero no se alejó. Bajó la voz.

—Yo… también quiero intentarlo. Pero si fallamos, no quiero que esto arruine todo. Ni el trabajo, ni el proyecto, ni lo que estamos construyendo.

Marcos asintió y le apretó la mano suavemente.

—Prometo no cagarla. O al menos, intentarlo muy fuerte. Pero quiero que sepas que sí estoy apostando todo por esto.

Laura soltó una risa nerviosa. No apartó la mano.

—No digas esas cosas tan en serio, que me asustas.

—¿Y si mejor te invito a cenar después de la junta con Gerencia? —preguntó Marcos, cambiando el tono a uno más ligero.

—Si la junta sale bien y no me despiden, acepto —respondió Laura, levantando una ceja.

Volvieron a enfocarse en el trabajo. El ambiente era otro. Ahora compartían miradas y sonrisas entre párrafos y números. Cuando uno dudaba, el otro ayudaba sin sarcasmo ni competencia. Laura se sorprendió de lo fácil que podía ser todo cuando dejaba de defenderse por costumbre.

Por la tarde, Laura imprimió unas hojas para la reunión y notó que Marcos la observaba desde la otra mesa. Él fingió estar muy ocupado con la computadora, pero Laura lo vio sonreír para sí mismo. Decidió acercarse.

—¿Qué miras? —preguntó, apoyándose en la orilla de su escritorio.

Marcos bajó el volumen de voz.

—Nada. Solo… nunca te había visto tan relajada en la oficina.

Laura giró los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

—Debe ser el sueño acumulado. O que dejaste de molestarme cada cinco minutos.

—No te acostumbres. Mañana vuelvo a ser insoportable —contestó Marcos, guiñando un ojo.

Laura se rió. Por un momento, pensó en decirle algo más, pero una notificación en su celular le recordó la hora. La junta con Gerencia sería en diez minutos.

—¿Listo para enfrentar a los tiburones? —preguntó Laura, ya más seria.

—Contigo al lado, sí. Solo no me dejes solo si se pone fea la cosa —dijo Marcos, levantándose con ella.

Fueron juntos hasta la sala de juntas, con los papeles y el informe bajo el brazo. Marcos abrió la puerta, Laura entró primero. Sintió la mirada de sus jefes, pero no se achicó. Se sentó y colocó los documentos en la mesa, justo en el centro, donde todos pudieran verlos.

Durante la reunión, se repartieron las respuestas. Laura explicó la estrategia, Marcos defendió los puntos críticos. Hubo dudas, preguntas incómodas y alguna mirada incrédula de los gerentes. Pero, por primera vez, Laura sintió que no estaba sola. Cada vez que flaqueaba, Marcos intervenía. Cuando él dudaba, ella tomaba la palabra. Fue como bailar en equipo, sin pisarse los pies.

Al salir de la junta, Laura exhaló todo el aire que había contenido.

—No sé si nos fue bien o si solo sobrevivimos —dijo en voz baja.

Marcos, sin dudar, le pasó un brazo por los hombros, solo un segundo.

—Nos fue mejor de lo que crees. Apostamos juntos y no salió mal.

Laura se detuvo en el pasillo. Lo miró, seria pero con una chispa en los ojos.

—¿Y si mañana todo vuelve a ser un desastre?

Marcos le devolvió la mirada, desafiante pero suave.

—Entonces apostamos otra vez. Y otra, hasta que salga bien.

Laura se rió, bajó la cabeza y soltó la tensión que todavía le quedaba. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le parecía tan amenazante. El ascenso, el proyecto, la relación… todo era incierto. Pero ya no quería huir. Ahora sí tenía ganas de apostar.

Caminó junto a Marcos hacia la salida. Entre risas y bromas, se preguntó qué les esperaba al día siguiente. ¿De verdad podrían mantener ese equipo, esa confianza? ¿O era solo una tregua temporal?

Al salir del edificio, Laura miró a Marcos con una última sonrisa.

—¿Listo para el próximo round?

—Siempre. Pero esta vez, contigo —respondió él. Y juntos, cruzaron la calle, sin mirar atrás.

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