Historia Abierta
Portada de La Pareja que Mi Familia Odia
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Capítulo 10 · ~5 min

Firma falsa

—Yo no firmé eso. Por la memoria de Harold, mija, yo no firmé eso.

Carmenza tenía la carta en la mano desde las siete de la mañana. Era domingo 5 de septiembre y no se había quitado la bata. La había leído tantas veces que el papel ya tenía una esquina doblada.

—Le creo, abue.

—Esa es mi firma, pero yo no la puse. —La abuela golpeó la mesa—. «Fraude de inscripción». Yo no hablo así.

Arley estaba de pie en la puerta de la cocina, con el café sin tocar. No se había sentado en toda la mañana.

—Doña Carmenza, con todo respeto. Usted no me quería en esta casa.

—Arley —dijo Yuliana.

—Lo dijo delante de todo el barrio. «A ese muchacho no lo quiero en mi puerta». —Arley dejó la taza en el mesón—. Y la carta dice que yo nunca fui alumno de aquí.

—Lo dije, sí. —Carmenza lo miró de frente—. Y después le di comida y techo. Si lo quisiera fuera, me bastaba con abrir la puerta.

***

Carmenza se levantó y se encerró en su cuarto. Por la rendija salía el sonido de la radio, una emisora de boleros que ella solo ponía cuando estaba muy triste o muy brava.

Yuliana se quedó mirando la carta sobre la mesa. El logo de 1995 era el de verdad. Tenía la pareja dibujada en rojo y la letra cursiva que había hecho un primo de la abuela. No era una copia de internet.

La discusión siguió en el salón de atrás, sin la abuela. Yuliana sacó el maletín de los documentos y empezó a llenar la mesa de papeles.

—No digo que sea mentirosa —dijo Arley—. Digo que es vieja, que está asustada y que firma lo que le ponen enfrente. Usted misma me lo contó. El formulario lo firmó sin leerlo.

—Mi abuela no le haría eso a la academia.

—A la academia no. A mí, sí. Y de paso se cuida de que yo no le quite la casa a nadie.

—Nadie le está quitando nada a nadie.

—Yuliana, piense. ¿Quién más tiene el logo de 1995?

Ella no contestó. Abrió la carpeta del festival y sacó la copia del formulario de inscripción, la que le habían sellado a las cuatro y cincuenta y dos.

—Voy a apelar el jueves —dijo—. Con o sin usted. Y voy a probar que esa firma no la puso ella.

—¿Y los ensayos?

—Ensaye solo. Usted sabe hacerlo.

Arley se quedó un momento en la puerta. Después salió hacia el patio, y ella oyó la pelota de Stiven rebotando contra la pared de 2005.

***

Perdió el domingo entero en eso, y el lunes por la mañana también. Escribió la apelación tres veces. Buscó en internet cómo se prueba que una firma es falsa. Encontró palabras como «grafología» y «peritaje», y precios que no podía pagar.

Llamó a dos peritos que encontró en Cali. El primero cobraba un millón doscientos y entregaba en tres semanas. El segundo no contestó.

Arley ensayó solo cada una de esas horas. Ella oía el conteo de él a través de la pared, uno, dos, tres, pausa, y cada vez se equivocaba de tiempo en el teclado.

A las cinco de la tarde, Stiven le golpeó la puerta. Traía dos empanadas en una servilleta.

—Prima, se va a enfermar. No ha comido nada.

—Estoy ocupada.

—Ya sé. Mi papá dice que la apelación no sirve para nada. —Stiven dejó las empanadas en la mesa—. Que el comité nunca cambia una decisión.

—¿Y él cómo sabe?

—Él sabe de todo lo que tiene papeles. —Stiven ya iba saliendo—. Cómase eso, prima.

***

Fue la luz de la tarde lo que le dio la idea. El sol entraba directo por la ventana del salón, la única que daba a la calle. Yuliana puso la copia del formulario contra el vidrio. Luego puso la queja encima.

Las dos firmas quedaron una sobre otra.

No se parecían. Eran iguales. La C grande cubría la otra C sin salirse un milímetro. La R pegada caía en el mismo punto. La raya larga terminaba con el mismo temblor al final, como una cola.

Yuliana movió la hoja de arriba. Luego la volvió a poner. Las firmas coincidían otra vez, como dos hojas calcadas.

—Arley —llamó, sin despegar las hojas del vidrio—. Venga, por favor.

Él entró sudado, con la camiseta en el hombro. Ella no le dijo nada. Solo le señaló el vidrio.

Arley miró un largo rato. Después se acercó hasta casi tocar el papel con la nariz.

—Nadie firma dos veces igual —dijo él—. Ni yo. Mi firma cambia si estoy cansado.

—Esta no cambió. La copiaron de la del formulario. La pusieron debajo y la repasaron con un lápiz.

—Entonces no fue su abuela.

—Fue alguien que tuvo el formulario en la mano. —Yuliana bajó las hojas—. El sábado 31. En la mesa del comedor de mi casa.

Arley cerró los ojos un segundo. Se sentó en la caja más cercana.

—Le pido disculpas. A usted y a doña Carmenza.

—Mañana. Hoy hay que pensar quién se sentó en esa mesa.

—¿Quién estaba ese sábado?

—Mi abuela, Stiven grabando un video. Y mi tío, que vino con pandebonos, como todos los sábados.

Los dos se quedaron callados. Ninguno dijo el nombre en voz alta.

Yuliana abrió el chat de la familia. La última foto la había subido su tío esa mañana. Eran él y la abuela, abrazados, con un letrero de cartón que decía «Mi mamá, mi orgullo».

La guardó en una carpeta nueva del celular. Le puso un nombre de una sola palabra: «Tío».

Después buscó todas las demás, desde julio, y las fue pasando ahí una por una.

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