Capítulo 9 · ~5 min
Descalificados
El camerino del coliseo El Pueblo olía a laca y a sudor viejo. Treinta y ocho parejas se cambiaban en un espacio pensado para diez. Era sábado 4 de septiembre, día de la clasificatoria, y faltaban veinte días para el remate.
Yuliana abrió el maletín para sacar los zapatos de competencia. Eran negros, de tacón de siete centímetros, y los había pagado en tres cuotas.
El tacón derecho se le quedó en la mano.
No estaba roto. Estaba cortado casi entero, con un corte limpio y recto, y apenas lo sostenía una tira de cuero. Si hubiera girado con él en la tarima, se habría ido al piso en la primera vuelta.
—Arley. —Le mostró el zapato—. Mire esto.
Él lo tomó y pasó el dedo por el corte. Se puso serio de una forma que ella no le conocía.
—Esto es con bisturí. O con un cúter.
—El maletín estuvo en la academia toda la semana. En mi cuarto, anoche.
—¿Quién entró a su cuarto?
—Nadie. Mi abuela, Stiven, mi tío el jueves... —Yuliana se calló—. Nadie que corte zapatos.
***
Las dos semanas anteriores habían sido de ensayo y de cuentas. El doctor Cuero le había dicho a Carmenza que el dueño de la deuda podía esperar. La condición era que ella firmara una promesa de venta de la casa. Carmenza le dijo que lo pensaba después del Mundial. Hollman no insistió, y eso a Yuliana le pareció raro.
En esos días, Arley y ella habían bailado seis horas diarias. Las cargadas salían. La tercera vuelta del final, la que ella siempre perdía, salía nueve de cada diez veces.
Ahora faltaban cuarenta minutos para salir, y ella no tenía zapatos.
—Hay que pedir prestados —dijo Arley—. Alguna muchacha de otra pareja.
—Nadie le presta zapatos a la competencia el día de la clasificatoria. Y yo calzo treinta y cinco.
Yuliana se sentó en el piso, entre bolsos y vestidos colgados. Entonces se acordó del maletín pequeño, el que había echado a última hora sin pensarlo. Adentro estaban los zapatos de su papá.
Eran de hombre, de charol negro, número treinta y siete, gastados en la punta. Los había sacado de la primera caja la semana anterior. Pensaba llevarlos de amuleto, nada más.
—Me quedan grandes —dijo—. Dos números.
—Se les pone papel en la punta. Yo bailé un año entero así.
—¿Con zapatos de quién?
—De mi papá. Los únicos que dejó.
Ella lo miró desde el piso. Arley ya estaba arrancando hojas del programa del festival para rellenar la punta.
***
Bailaron a las nueve y diez, con el número 37 en la espalda de él. Los primeros dos minutos, Yuliana sintió el papel moverse dentro del zapato en cada vuelta. Después dejó de sentirlo.
La tercera vuelta del final salió. Arley la cargó en el último tiempo y la bajó exacto, con un pie en cada lado de la línea blanca. El coliseo gritó. No era Juanchito, pero gritó parecido.
A las diez y cuarto leyeron la lista. Sabor Riascos, pareja 37: tercer lugar en la clasificatoria. Pasaban a la semifinal del jueves 16.
Yuliana se tapó la cara con las dos manos. Arley la levantó del piso sin pedir permiso, con zapatos de muerto y todo, y le dio una vuelta en el aire. Stiven, desde las gradas, gritó tan fuerte que se le quebró la voz.
—Ya está —dijo ella—. Ya casi.
—No diga casi. Faltan dos rondas.
Stiven bajó de las gradas saltando escalones, con el celular en alto. Había grabado todo y ya tenía el video montado.
—Prima, ¡tercer lugar! Mi papá no lo va a creer.
—¿Tu papá no vino?
—Dijo que tenía una reunión con unos señores a los que les debe plata. —Stiven se encogió de hombros—. Un sábado a las diez de la noche. Así es él.
Arley le revolvió el pelo a Stiven. Yuliana guardó los zapatos de su papá en el maletín, envueltos en una toalla, con el papel todavía en la punta.
***
A las once y cuarto, mientras se cambiaban, un hombre del comité entró al camerino con una carpeta. Llevaba la credencial del festival colgada del cuello y no saludó a nadie. Afuera, la orquesta de la siguiente ronda afinaba los timbales.
—¿Pareja 37?
—Somos nosotros —dijo Arley.
—Hay una queja oficial contra su inscripción. —El hombre abrió la carpeta—. Dice que el señor Arley Lucumí nunca fue alumno de la academia Sabor Riascos. Que es alumno de Fuego Lucumí desde los seis años.
—Él está inscrito por nosotros —dijo Yuliana—. Lo dice el formulario. Llegamos a las cuatro y cincuenta y dos.
—Lo dice el formulario, sí. —El hombre no levantó la vista—. Y el reglamento dice una sola escuela. Si alguien de la academia declara que nunca fue alumno, es fraude de inscripción.
—¿Y quién declaró eso?
—La revisión es el jueves 9, a las tres de la tarde. Hasta entonces quedan suspendidos.
Arley se puso de pie. El hombre dio un paso atrás, por costumbre.
—No le pregunté cuándo. Le pregunté quién.
El funcionario dudó. Luego sacó la hoja de la carpeta y se la pasó a Yuliana. Era una carta de media página, con el logo de Sabor Riascos arriba, el que su abuela había mandado a hacer en 1995.
Al final había una firma conocida. Una C grande, una R pegada y una raya larga por debajo.
—Es de mi abuela —dijo Yuliana, sin aire—. La queja la firmó Carmenza Riascos.
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