Capítulo 1 · ~5 min
La única que falta
—Ya le dije que no, don Simón. No voy a repetirle la respuesta.
Simón no se movió de la baranda de la portada. Tenía una hoja doblada en la mano y la golpeó despacio contra el muslo, como quien cuenta los días que le quedan.
—Usted no me ha dado una razón. Me ha dado una negativa. Son cosas distintas.
Catalina dejó la taza en el poyo. El café se había enfriado desde las seis, cuando la neblina todavía tapaba la loma de El Roble.
—La razón la sabe todo el pueblo. La Ceiba no se vende. Punto.
Simón desdobló la hoja sobre la mesa de madera, al lado del tarro de agua. Eran tres páginas con sello de una notaría de Armenia. Arriba estaba el nombre de Wilson Peñaloza, escrito con su letra apretada. Al final de la primera página, la raya de la firma seguía vacía.
—Su hermano ya llenó sus datos y dice que firma esta semana. Solo falta la suya para que la finca quede completa.
Catalina no tocó el papel. Reconoció la letra de Wilson, la misma de las listas de compras que dejaba pegadas en la nevera.
—Wilson firma lo que le pongan enfrente si necesita plata para el taller. Yo no soy él.
—Por eso le hablo a usted. La firma es el día 30, a las diez, en la notaría de Monteloro. Hoy es domingo y faltan veintinueve días.
—Sé cuándo es la firma. Me la ha recordado usted mismo en cada mensaje.
—Entonces también sabe lo que pasa si no firma. Ocho vecinos tienen promesas con multa. Si La Ceiba queda por fuera, todas se caen.
—¿Cuánto ofrecen?
—Lo que dice la última hoja. No le voy a leer la cifra en voz alta.
Catalina pasó la hoja con el dedo, sin mirar el número. Lo vio igual, en la letra apretada de Wilson, al pie de la cuenta.
Catalina se rió sin ganas y miró hacia el cafetal. Desde la portada se veían las hileras de café, verdes y rojas, y el sendero que bajaba al nacimiento.
—Esa misma cuenta se la hicieron a los vecinos. Heriberto firmó porque le dio miedo quedarse solo. Yo no tengo miedo.
—Nadie le pide que tenga miedo. Le pido que mire el papel.
—Lo miré. Y lo que no dice es quién se queda con el agua cuando la finca sea de otro.
Simón no respondió enseguida. Se quitó el reloj, lo puso sobre la hoja y lo dejó allí.
—Compro con un socio. Octavio Sarmiento. Tiene el sesenta por ciento del hotel.
Catalina conocía ese apellido. Lo había oído en la tienda de Monteloro, siempre cerca de la palabra agua, dicho en voz baja.
—Octavio Sarmiento quiere el nacimiento. Eso no se lo ha dicho a los vecinos.
—No sé lo que quiere él. Yo le hablo de La Ceiba.
Catalina empujó el reloj con dos dedos hasta el borde de la mesa.
—Recójalo. Aquí no le aceptamos cosas en prenda.
Simón lo recogió y se lo volvió a poner sin mirarlo.
Desde el sendero subió una voz de niño, y después el crujir de botas en la tierra mojada. Catalina no tuvo que girar la cabeza para saber quién era.
—Mamá, ya llené el coco. Solo tres cuartos, porque los de arriba están verdes.
Matías subió los últimos escalones con el coco atado a la cintura y el sombrero de paja torcido. Se detuvo al ver al hombre de pie frente a su mamá.
—¿Y usted quién es?
Simón se levantó despacio. No se acercó. Dobló la hoja una vez y la dejó apretada en la mano.
—Simón Castaño. Estoy hablando con tu mamá de la finca.
—Mati, deja el coco en la gradería y ve a lavarte las manos.
Matías no obedeció de inmediato. Miró el papel en la mano del hombre y después miró a su mamá, con cara de quien hace una cuenta.
—Yo me sé todos los caminos de arriba. Hasta los que no tienen nombre.
—Entonces me puede enseñar uno. Y tu papá, ¿él te enseñó los caminos?
—Eso no está en el papel —dijo Catalina, y se puso de pie al lado de su hijo.
Matías no contestó. Se quitó el sombrero y lo sostuvo contra el pecho. Con la luz de la mañana, el ojo izquierdo quedó a la vista, con la misma mancha café que Catalina conocía de otro rostro.
Simón miró al niño sin pestañear, y el papel se le arrugó en la mano.
—Mati, ve a lavarte las manos —repitió Catalina, sin subir la voz.
Matías no se movió. Tenía el sombrero contra el pecho y los ojos clavados en el papel arrugado.
Simón abrió la mano despacio y miró la hoja. Después miró al niño y volvió a doblarla en cuatro.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó.
—Los suficientes para saber que aquí no se firma nada sin leer —respondió Catalina.
—Yo sí leí el papel. Y la firma es en la notaría de Monteloro, a las diez.
Catalina no le contestó. Miró el reloj en la muñeca de él y después a su hijo.
—Mamá —dijo Matías—. ¿Ese señor va a tumbar el Ojo de Agua?
—Nadie va a tumbar nada —contestó Catalina—. Ve a lavarte.
Matías se quedó donde estaba, con el sombrero en las manos. Simón lo miró otra vez, esta vez sin disimular.
—Mañana vuelvo —dijo Simón, y se guardó el papel en el bolsillo de la camisa—. Y quiero saber de dónde saca su hijo los caminos que no tienen nombre.
Sobre esta novela
Apta para todas las edades.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 20 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Catalina Peñaloza · Protagonista
- Simón Castaño · Protagonista
- Matías Peñaloza · Secundario
- Nubia Castaño · Secundario
- Wilson Peñaloza · Secundario
- Heriberto Marulanda · Secundario