Capítulo 18 · ~5 min
La asamblea
Catalina contó las sillas del salón comunal por segunda vez. Eran cuarenta y dos, de plástico verde, y ninguna le servía para pensar. Afuera, el sol de la tarde pegaba sobre el tejado de zinc.
Tatiana estaba junto a la tarima, con una carpeta abierta sobre el atril. Tenía un lápiz de carpintero detrás de la oreja y un mapa de la vereda clavado con cuatro chinches.
—Voy a explicar el plan del agua sin palabras raras —dijo Tatiana—. Si alguien no entiende, levanta la mano.
Catalina se sentó en la primera fila, con la carpeta azul sobre las rodillas. Dentro estaba la copia certificada de la escritura de 1998, con el sello del notario.
—Aguas Cumbre pide doce litros por segundo del Ojo de Agua —dijo Tatiana—. Eso es lo que sale del nacimiento para toda la vereda. Si se lo llevan, la escuela y las casas de abajo se quedan con un chorro flaco.
—¿Y eso cuánto es en baldes? —preguntó una mujer desde la última fila.
Tatiana no sonrió. Sacó del bolsillo una hoja doblada y la miró una sola vez.
—Doce litros por segundo es un balde grande cada segundo, más o menos. Todo el día, todos los días.
—Eso lo sacan por una tubería hasta una planta de embotellado —dijo Tatiana—. Los planos dicen lavandería. No es lavandería.
—Pues yo quiero saber quién le dio ese papel, mija —dijo don Heriberto desde la segunda fila, sin levantarse—. Antes de creerle a nadie.
—Lo copié yo, antes de renunciar —dijo Tatiana—. Está en el plan que firmaron los de arriba. Lo dejo en la mesa si quiere leerlo, don Heriberto.
Don Heriberto no se movió. Se quitó el sombrero, lo puso sobre sus rodillas y empezó a girarlo entre los dedos.
—Yo no le discuto los números a la señorita —dijo él—. Lo que quiero es que la vereda no pague una multa por hablar.
Antes de que alguien contestara, se abrió la puerta del fondo. Octavio Sarmiento entró con un hombre de saco gris que cargaba un maletín negro.
Octavio caminó hasta la primera fila sin apurarse. Se sentó en la silla que alguien le corrió, junto a Catalina, y juntó las manos sobre el vientre.
—Vengo a recordar algo que ya firmaron —dijo Octavio—. La cláusula de multa son treinta millones si alguien se retira de la promesa. Treinta millones, señores, ni un peso menos.
—Eso ya lo dijo en el atrio, Octavio —dijo Catalina—. Hoy la vereda ya sabe cuánto le cuesta el agua: doce litros por segundo.
—El agua no es asunto de la vereda, doña Catalina. Es asunto de la concesión, y la CRQ la aprobó.
—La CRQ aprobó lo que usted pidió. No lo que necesita la escuela.
Octavio no subió el tono. Miró el reloj de pared y luego la carpeta azul de Catalina.
—¿Me presta el acta, don Heriberto? —preguntó Octavio—. Quiero leer la hora que puso.
Don Heriberto sacó la hoja doblada del bolsillo y se la pasó por encima de la fila. Octavio la leyó despacio, con el dedo sobre cada línea, y no dijo nada.
—Después de misa, en el salón —dijo Catalina—. Lo convocó bien, don Heriberto. Eso nadie lo puede discutir.
Tatiana se acercó a la mesa del fondo, donde había un cuaderno de actas y un frasco de tinta. Abrió el cuaderno en la página de la asamblea y apuntó la fecha con letra de ingeniera.
Luego golpeó la mesa con la palma para pedir silencio. La mujer de la última fila se paró, pero volvió a sentarse.
—Ya no hay más que hablar —dijo don Heriberto, poniéndose de pie despacio—. Dejó el sombrero sobre la mesa, junto a la carpeta de Catalina, y se quedó junto a la silla. Los que no firmaron, levanten la mano. Los que sí firmaron, que se queden quietos.
Siete manos se levantaron en la primera fila y en el pasillo, entre ellas la de Catalina. Ella las contó dos veces, porque contar le ayudaba a no mirar a Octavio.
Del otro lado, siete personas bajaron la vista hacia sus rodillas. Eran los otros siete de la lista de ocho, con la cruz al lado del nombre, y ninguno levantó la cabeza.
Don Heriberto seguía de pie, con el sombrero entre los dedos, sin decir su voto. Tatiana anotó siete y siete en el cuaderno y encerró el empate con un círculo.
Octavio cerró la carpeta por primera vez desde que llegó. Devolvió el acta a don Heriberto sin doblarla y esperó el último número.
Catalina sacó la escritura de la carpeta azul y la puso sobre la mesa, encima del mapa de Tatiana. Tenía el sello hacia arriba, para que todos lo vieran.
—Don Heriberto —dijo ella, en voz baja—. Usted sabe lo que dice este papel.
—Lo sé, mija —respondió él, y se acomodó el sombrero entre las manos—. Por eso no me apuro.
Se inclinó hacia ella y bajó la voz hasta que solo ella pudo oírlo. Don Heriberto seguía de pie, junto a la silla, con el acta en la mano. Octavio lo miraba sin pestañear, y Catalina dejó su mano encima de la escritura.
—Si voto sí —dijo don Heriberto, bajo—, le debo treinta millones a ese señor.