Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Capítulo 17 · ~5 min

Notaría de Monteloro

Simón le quitó la escritura a Catalina con cuidado, como quien recoge un cable pelado. Ella no la soltó de inmediato. Sus dedos se quedaron en una esquina del papel un segundo más de lo necesario.

—Esto no se queda en el zarzo —dijo él—. Hay que llevarlo a un notario hoy.

—Hoy no sé ni si la Junta lo quiere —respondió ella, y se limpió el polvo de la cara con el antebrazo.

Simón guardó el sobre dentro de la camisa, contra el pecho. Bajó detrás de ella por la escalera, con la mano pegada a la baranda. Abajo, Matías esperaba junto a la mesa del corredor, y don Heriberto le puso la mano en el hombro para que no se fuera al cafetal.

Dos horas después, la camioneta de don Heriberto los dejó frente a la iglesia de Monteloro. Nadie habló en el camino, salvo para quejarse de un hueco en la curva de la quebrada.

La notaría quedaba en una casa de dos pisos, con reja verde y un timbre que nadie tocaba. Adentro olía a papel viejo y a tinto recalentado. Wilson ya estaba sentado en la banca de visitas, con las manos negras de grasa y una carpeta cerrada sobre las rodillas.

—¿Y ustedes qué hacen aquí? —preguntó Wilson, y se paró de golpe.

—Lo mismo que usted —dijo Catalina—. Venir a ver qué firmó.

—Yo firmé en Armenia. Esto es solo un trámite.

—Entonces no le va a costar nada sentarse otra vez —dijo ella, y se quedó de pie junto a la puerta.

Wilson volvió a sentarse. Miró la carpeta cerrada, después el reloj de pared, que marcaba las ocho y cuarto.

El notario salió de su oficina con lentes en la punta de la nariz. Tomó la escritura de 1998 por las orillas y la leyó dos veces, sin decir nada. Simón esperó con las manos juntas, sin tocar nada de la mesa.

—El papel es válido —dijo el notario al fin—. Es una escritura pública, firmada, con testigos. Pero la Junta tiene que aceptar el lote en asamblea antes de que se pueda registrar en instrumentos públicos.

—¿Y eso cuánto tarda? —preguntó Catalina.

—Depende de la Junta, señora. Si la asamblea acepta, se lleva a la oficina y queda anotado. Si no acepta, el papel queda como papel.

Don Heriberto sacó del bolsillo del saco una hoja doblada en cuatro. La puso sobre la mesa y la alisó con la palma.

—Pues yo convoco —dijo—. Acta de convocatoria para el domingo veintinueve, después de misa, en el salón comunal.

—¿Y cuántos votos tiene usted, don Heriberto? —preguntó Simón.

—Pues los que tengo en la cabeza, don Simón. De los otros siete de la lista, cuatro votan sí si alguien les quita la multa. Pero eso no es lo mismo que los que tengo en la mesa.

Simón recordó la lista de ocho nombres con cruz, y el de don Heriberto, que aparecía de primero. No dijo nada. Catalina lo miró de reojo, como si esperara que él hablara, pero él se quedó callado.

El notario sacó una copia certificada de la escritura y se la entregó a Catalina. Ella la metió en su carpeta azul, y cerró el broche con el pulgar.

Simón se acercó a la banca donde estaba Wilson. Wilson no levantó la vista; tenía el pulgar metido en la costura de su carpeta.

—Si quiere echarse para atrás, la puedo ayudar —dijo Simón, en voz baja.

—¿Ayudarme cómo? —Wilson levantó la cabeza—. ¿Con qué plata?

—Con las arras. Yo consigo la plata para devolvérselas a Octavio, y usted se queda con su taller.

Wilson soltó una risa corta, sin gracia.

—Ya gasté parte. Pagué el local en Armenia, seis meses por adelantado, y los repuestos del mes pasado.

—Eso se arregla con cuentas —dijo Simón—. Yo sé hacer cuentas.

—Usted habla fácil, don Simón. Usted no tiene deudas en un taller.

—Tengo otras deudas —dijo Simón—. Y las pago.

Wilson miró hacia la puerta de la oficina, donde el notario ya había vuelto a su escritorio. Después miró a Catalina, que seguía de pie con la carpeta apretada contra el pecho.

—Usted quiere que yo me quede sin la venta —dijo Wilson—. Ella quiere que me quede sin nada.

—Quiero que no firme lo que no entiende —dijo Catalina—. Eso es todo.

—Lo voy a pensar.

—Piénselo hoy —dijo Simón.

—Hoy no. Ya le dije que lo voy a pensar.

Simón no insistió. Wilson se quedó en la banca, con la carpeta bajo el brazo y las arras guardadas en algún lado de su vida que nadie veía.

Don Heriberto se acercó a Catalina con el acta de convocatoria en la mano. La hoja temblaba un poco, aunque el aire de la notaría estaba quieto.

—La asamblea es el domingo veintinueve, mija —dijo, bajo, para que Wilson no oyera—. Y los votos, esos no los tengo.

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