Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
  • 20 capítulos
  • 80 lecturas
  • Completada

Todas las edades

21

~5 min de lectura

Capítulo 16 · ~5 min

El baúl del abuelo

El baúl de lata tenía la tapa abollada y un candado que ya no cerraba. Estaba arrumado en el zarzo, detrás de tres costales de cal y una silla sin patas.

Simón lo miró desde la escalera de madera, con las manos negras de polvo. Llevaba desde las seis cargando bultos y no había tomado ni un tinto.

Don Heriberto estaba sentado en el banco del corredor, con el sombrero sobre la mesa. Había llegado a las siete, sin avisar, con cara de no haber dormido.

—Yo me acuerdo de una cosa que nunca le dije a nadie —dijo, y se pasó la mano por la nuca—. En el 98, don Aurelio le dio un lote a la Junta. Del lado del Ojo de Agua.

Catalina dejó el rastrillo contra la pared del secadero. Se limpió las manos en el pantalón y no se sentó.

—Mi papá no regalaba tierra, don Heriberto. Ni los palos secos.

—Pues yo era el secretario cuando se firmó el acta, mija. Eso lo tengo en la cabeza. Lo que no tengo es el papel.

Don Heriberto se secó la frente con un pañuelo. Dijo que la Junta de entonces no tenía salón propio y que el lote era para un tanque que llevara agua a la escuela.

—Y el tanque nunca se hizo —dijo Simón—. Alguien tiene que explicar por qué.

Simón pensó en la lista de ocho nombres con cruz. Si ese lote existía, Octavio Sarmiento no lo había puesto en ninguna cuenta.

—Entonces hay que buscar el papel —dijo Simón—. Si está en la finca, está en el zarzo.

Catalina lo miró un segundo largo. Después señaló la escalera con el mentón.

—Las cajas de mi papá están arriba. Él guardaba todo en latas y no le gustaba que nadie las tocara.

—Pues él ya no está para cuidarlas —dijo Simón—. Y el lote no se va a registrar solo.

—No me hable así de mi papá.

—Le hablo de la finca.

Ella no contestó. Subió primero, con una mano en la baranda y el morral colgado del hombro.

Simón se frotó la muñeca izquierda, donde todavía se veía la marca pálida del reloj. Luego miró hacia el hueco del zarzo.

Matías apareció al pie de la escalera con el sombrero en la mano. Tenía el pelo lleno de polvo y miró a Simón sin pestañear.

—¿Puedo subir? —preguntó—. Yo ya conté los costales. Son veintiocho.

Simón le puso la mano en el hombro. Los huesos eran finos y tibios bajo la camiseta.

—Sube detrás de ella, despacio, y no toques la lona —dijo Simón.

Matías subió sin contestar y se agarró de los travesaños con las dos manos.

En el zarzo hacía calor y olía a cal, a cuero viejo y a café seco. Por una rendija del techo entraba una franja de sol que caía sobre las latas. Catalina se arrodilló frente al baúl y tiró del candado roto.

—La llave la tenía mi papá en el bolsillo —dijo ella—. Este candado ya nadie lo abría.

Adentro había cajas de lata, cuadernos con tapas de cartón y un sobre amarillo doblado en tres. Simón lo sacó con las dos manos.

Lo abrió en el piso de tablas y leyó línea por línea, sin saltarse ninguna. Había una fecha de marzo de 1998 y dos firmas de testigos, una de ellas casi borrada.

—Ese año mi papá no hablaba con nadie —dijo Catalina—. Estaba metido con las cuentas.

La escritura decía que Aurelio Peñaloza entregaba a la Junta de Acción Comunal un lote de La Ceiba. El lote quedaba junto al nacimiento del Ojo de Agua.

La firma era la de Aurelio, con tinta azul y un trazo largo al final. Al pie del papel había una nota a lápiz que decía: sin registrar. La nota la había escrito alguien con prisa.

—¿Ese papel es del agua? —preguntó Matías desde la escalera, con la cabeza asomada por el hueco.

—Es del lote donde nace el agua —dijo Simón—. Es de la Junta.

Catalina levantó la vista de golpe. Pasó el dedo por la nota a lápiz y no dijo nada por un rato.

—¿Y qué quiere decir sin registrar? —preguntó ella.

—Quiere decir que la Junta es dueña con este papel. Pero nunca lo anotaron en la oficina de instrumentos públicos, así que para el Estado ese lote no existe.

—Entonces no vale para nada.

—Vale para la Junta, si alguien lo lleva a la oficina antes de que ellos vendan.

Simón pasó el dedo por la línea de los linderos. Octavio tenía la mitad de La Ceiba por medio de Wilson, y quería la otra para tapar el nacimiento.

Catalina se frotó el pulgar contra la palma, despacio. Simón lo vio y no dijo nada.

—¿Y el agua se va? —preguntó Matías, con la voz más baja.

—No se va, Mati —dijo Catalina, sin mirarlo—. Quédate ahí, en la escalera.

—Si el lote es de la Junta —dijo Simón—, Octavio puede comprar media finca. Y no tendría ni una gota de agua.

Catalina no contestó. El papel le tembló en la mano, y Matías bajó un escalón sin que nadie se lo pidiera.

El baúl seguía abierto en el zarzo, con la escritura encima; Catalina la tenía en la mano y Matías miraba desde la escalera.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:32

Siguiente lectura