Capítulo 15 · ~5 min
Después de misa
La campana de la misa de nueve dejó de sonar y la gente salió de la iglesia de Monteloro. Catalina se quedó junto a la baranda de piedra, con el morral colgado del hombro. Dentro llevaba el libro de cuentas de su papá, envuelto en plástico, y la copia del plan doblada en cuatro.
Desde el atrio se veía la loma de La Ceiba, verde oscuro hasta el borde del cerro. Tatiana Ortiz se paró a su lado con la carpeta de plástico apretada contra el pecho. No había hablado desde que bajaron de la finca. La ingeniera tenía los labios apretados y miraba la puerta de la iglesia.
—Vecinos, un momento —dijo Catalina, y subió la voz lo justo para que la oyeran en la escalera—. Tengo que decir algo antes de que se vayan a almorzar.
Algunos se detuvieron en los escalones. Otros siguieron hacia la calle con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás. Dos muchachas de la escuela se quedaron junto a la reja, pero enseguida se fueron con sus padres.
—Hace siete años, el 14 de agosto, mi papá le pagó veinte millones a doña Nubia Castaño para que se fuera de Monteloro. Lo anotó en su libro de cuentas, con su propia letra.
Una señora de la primera fila se llevó la mano a la boca. Un hombre de camisa a cuadros dijo algo que nadie alcanzó a oír.
—Esa misma semana yo le escribí a Simón Castaño. Le dije que íbamos a tener un hijo. Un año después, cuando llamé, doña Nubia me contestó por teléfono que él nunca recibió la carta.
Catalina se obligó a dejar la mano quieta sobre el morral. El pulgar le quedó pegado a la correa y no se movió.
Tatiana abrió la carpeta, sacó una hoja con un mapa marcado a lápiz y se la pasó a Catalina sin decir nada. Catalina la leyó despacio, con el dedo sobre la línea de la cifra.
—Y esto es el plan de Aguas Cumbre. Piden doce litros por segundo del Ojo de Agua. Eso es lo que queda para la escuela y para las casas de abajo.
Octavio Sarmiento bajó del carro negro que estaba parqueado frente a la iglesia. Caminó despacio hasta el último escalón, con las manos juntas sobre la carpeta cerrada. Varios de la calle volvieron a acercarse, y el grupo de la escalera creció.
—Señora Peñaloza, usted habla de un libro y de una hoja copiada —dijo él, sin subir la voz—. Ninguno de esos papeles es una sentencia.
—La letra de mi papá no se borra, don Octavio. Y la firma de su socio está en esa hoja.
Octavio miró la hoja que Tatiana sostenía, pero no la pidió. Esperó un rato antes de contestar. Desde la reja se oyó una moto que arrancó y se perdió hacia la carretera.
—La CRQ aprobó la concesión antes de que llegara el retiro de mi socio. Es legal, y los vecinos firmaron de buena fe, con sus cifras y sus plazos. Lo de hace siete años es asunto de familia, no de la vereda.
Catalina sostuvo la mirada de Octavio hasta que él se la devolvió.
Entonces se oyeron pasos en la calle de abajo. Nubia Castaño subía los escalones con un bolso de tela en el brazo y el pelo recogido, sin apurarse.
—Catalina, perdón —dijo doña Nubia, y se paró al lado de ella, de frente a la gente—. Yo recibí esa plata. Yo guardé su carta en una caja de zapatos y le dije que no había llegado.
Un murmullo recorrió la escalera. Nadie se fue esta vez, y nadie se acercó tampoco.
—Usted me dijo que no había llegado —dijo Catalina—. Yo le creí, y dejé de escribirle.
—Por eso vine hoy —respondió doña Nubia, y apretó el asa del bolso—. Le pido perdón a todos ustedes. Y a mijo, que vivió siete años sin saber nada.
Una mujer de la fila de atrás dijo que el perdón no servía de nada si se secaba el agua. Otro vecino preguntó quién iba a pagar la escuela si el plan seguía. Un hombre dijo que la finca ya tenía dueño y que la vereda no tenía por qué pelear por ella. A la derecha, un grupo se quedó con doña Nubia, que mantenía la cabeza alta.
Desde la escalera subió el olor a incienso que todavía salía de la puerta abierta. Catalina metió la mano en el morral y tocó el plástico del libro, sin sacarlo. Pensó en el agua del Ojo de Agua, que bajaba sola por la piedra sin pedirle permiso a nadie.
—Vecinos, esto no cambia lo que ya firmaron —dijo Octavio, y se volvió hacia el grupo de la escalera—. Quien vote contra el proyecto me paga treinta millones. Así dice la cláusula, y yo cumplo los contratos.
Varios bajaron la mirada a sus botas. Otros se quedaron mirando a Catalina, como si ella tuviera que contestar por todos.
—Eso ya lo sabíamos, don Octavio —dijo Catalina—. Lo que no sabíamos era cuánto le cuesta el agua a la vereda.
Octavio guardó las manos sobre la carpeta y no contestó.
—Lo demás me toca a mí —dijo doña Nubia, en voz baja, sin mirar a nadie.
Octavio se quedó en el atrio con la carpeta cerrada. Los vecinos hablaban en grupos, y Nubia se quedó junto a Catalina.