Capítulo 14 · ~5 min
Entre los cafetos
Simón bajó por el carril de los cafetos de abajo con el celular en la mano y la luz apuntando al barro. Hacía veinte minutos que Matías había llegado solo al secadero, con la camisa mojada y sin sombrero, y se había metido entre las plantas sin decir una palabra.
—Matías —llamó Simón, y la voz le salió más seca de lo que quería—. Salga, que ya está oscuro.
Nadie contestó. Entre las matas se oía el goteo de la lluvia de la tarde, y en una casa de abajo ladró un perro. Simón se agachó y miró entre los troncos hasta que vio un zapato lleno de barro.
Matías estaba sentado sobre una piedra, con las rodillas contra el pecho. Tenía los ojos rojos y la cara seca, y no lo miró al principio.
—¿Usted vino por la finca o por mí? —preguntó el niño.
Simón se sentó en el suelo húmedo, a un lado de la piedra. Buscó el reloj en la muñeca, como hacía cuando iba a hablar en serio, y solo encontró la marca pálida.
—Vine por ti —dijo Simón—. La finca es otra cosa, y hoy no quiero hablar de eso.
—Ya oí lo que dijo ese señor en el salón —dijo Matías, sin levantar la cara—. Que usted es mi papá.
Simón asintió una vez, despacio, como quien firma algo que ya leyó entero.
—Eso es verdad. Yo soy tu papá, y no lo supe a tiempo.
—¿Y por qué no volvió? —preguntó el niño, y por fin levantó la cara.
Simón miró hacia el camino de abajo, por donde se había ido siete años atrás con su mamá, sin una despedida. Los cafetos olían a tierra mojada y a fruta madura, y una gota fría le cayó en el cuello.
Apagó la luz del celular para no deslumbrar al niño, y la noche quedó con el ruido de los grillos.
—Me fui de Monteloro con mi mamá, cuando tenía veintiséis años —dijo—. Nadie me contó que había un niño. Si me lo hubieran dicho, me habría quedado.
—¿Y mi mamá sabía? —preguntó Matías.
—Eso se lo tiene que contar ella, no yo —respondió Simón—. Yo solo le digo lo que me toca.
Matías bajó la vista a la piedra y raspó el barro con la uña del dedo gordo.
Simón se acordó de que a él también le decían cosas así en la escuela de Monteloro, y de que nunca le contó nada a su mamá. Esa parte no la dijo en voz alta.
—En la escuela me dicen el sin papá —dijo, sin dejar de raspar—. Todos los días.
—Eso no lo arreglo hoy, Matías —dijo Simón—. Pero no te voy a decir mentiras para que te calles.
Matías lo miró con un ojo cerrado y después con el otro, despacio, sin decir nada. Simón miró las plantas a su alrededor, que para él eran todas iguales, y dejó que el niño hablara.
—¿Sabe cuántos cafetos hay aquí? —preguntó Matías.
—No. ¿Cuántos?
—Cuatrocientos doce. Hasta la piedra. Yo los conté el sábado pasado con el dedo.
Simón se rió por lo bajo, la primera vez en todo el día, y el niño frunció el ceño sin saber si era burla.
—No me estoy riendo de ti. Es que nadie me había dicho la cuenta de un cafetal.
—Mi mamá la sabe de memoria, pero no la dice. Yo la aprendí solo.
Octavio contaba hectáreas y Catalina contaba matas. Simón empezó a entender la diferencia.
El niño se pasó la manga por la nariz y se acomodó mejor en la piedra.
Arriba, en el camino, sonaron botas sobre la piedra suelta. Catalina apareció en la curva con la chaqueta mojada, agarrada de una rama de guamo, y se quedó quieta al ver a los dos entre los cafetos.
—Matías, venga para acá —dijo ella, sin subir la voz, con esa manera de cortar que tenía desde siempre.
—Ya está conmigo, Catalina. Está bien.
—Eso lo veo —dijo ella—. Se le olvidó el sombrero en el salón, con medio pueblo mirándolo.
Catalina levantó el sombrero del niño a la altura del hombro, para que él lo viera desde abajo. Desde el suelo, Simón le vio la mano apretada sobre el ala de paja y el pulgar frotando la palma, como cuando mentía.
Simón no se movió del suelo húmedo, a un lado de la piedra.
—Mañana después de misa les cuento a todos —dijo Catalina—. Lo de Matías, lo de la carta y lo de mi papá. Ya no aguanto con cuentos.
—¿Y la finca? —preguntó Simón.
—La finca sigue igual. Y usted viene mañana, para que el pueblo le vea la cara.
Simón se pasó la mano por la cara y no dijo que no.
—¿Usted se va a ir el día 30? —preguntó Matías, sin mirar a su mamá.
Matías seguía sentado entre los cafetos con Simón a su lado, y Catalina estaba en el camino con el sombrero del niño en la mano. Simón la miró a ella, y no contestó.