Capítulo 13 · ~5 min
Reunión de la Junta
—Eso no se decide con las manos levantadas, don Heriberto —dijo Catalina—. La finca no es una vaca que se saque a la feria un sábado por la tarde.
El salón comunal olía a cera y a tinto recalentado. Las sillas de plástico estaban en filas, y casi todas tenían un vecino encima. Catalina no se sentó. Se quedó de pie junto a la mesa, con la copia del plan doblada en el bolsillo de la chaqueta.
Don Heriberto se quitó el sombrero y lo puso sobre la mesa, al lado del libro de actas. Tenía las manos llenas de callos de tanto cargar bultos de café.
—Nadie la está obligando, Catalina. Solo le pedimos que lo piense —dijo él, despacio—. Pues la vereda lleva meses sin saber qué va a pasar con el agua.
Octavio estaba sentado al extremo de la mesa, con una carpeta azul delante y las manos juntas sobre el vientre. No se había movido desde que empezó la reunión.
—Don Heriberto tiene razón, señora Peñaloza —dijo Octavio, con voz pareja—. Yo no vine a quitarle nada. Vine a ofrecerle un precio que ningún comprador de la zona le va a dar.
—Ya me lo ofreció en la finca —respondió Catalina—. Y le dije lo mismo.
—Entonces se lo repito delante de los vecinos. Lo mismo que le di a su hermano, con el mismo precio por su mitad. Sin tocar un peso del pueblo.
Algunos vecinos se miraron entre sí. Un hombre de camisa a cuadros bajó la vista hacia sus botas y no la volvió a levantar.
—Mi mitad no está en venta —dijo Catalina—. Y la de mi hermano tampoco debió estarlo, pero eso usted ya lo sabe.
—Lo que su hermano hizo con su plata es asunto de él —dijo Octavio—. Lo que usted decida con el agua es asunto de todos.
Catalina se frotó la palma con el pulgar, debajo de la mesa, donde nadie la viera. Luego apoyó las dos manos en el borde de la mesa y no se sentó.
—El agua de la vereda no es un negocio, don Octavio. Ni suya, ni de la carpeta que trae —dijo ella.
Octavio sonrió sin abrir la boca. Sacó una hoja de la carpeta y la dejó sobre la mesa, boca arriba, para que las primeras filas la leyeran.
—Es la lista de los que ya firmaron, con su cláusula de multa —dijo él—. Don Heriberto está en la primera línea. Si se retira, paga treinta millones.
Catalina miró la hoja desde su sitio. Había ocho nombres con cruz al lado, y el de don Heriberto estaba arriba, escrito con bolígrafo azul.
Don Heriberto se pasó la mano por la cara. —Eso no lo hablamos así, don Octavio.
—Eso lo firmó usted, don Heriberto —respondió Octavio, sin subir la voz.
—Pues sí lo firmé —dijo Heriberto, y miró el sombrero sobre la mesa—. Pero no firmé para que me culpen si se seca la vereda.
Alguien en la última fila tosió dos veces. Octavio cerró la carpeta despacio, como quien ya ganó la discusión y solo espera el recibo.
—Le voy a decir algo que la vereda ya debió ver —dijo Octavio—. Ella no vende porque no quiere que Simón Castaño se vaya de la finca. Y el niño tiene mucho que ver con eso.
—Si la finca queda en manos de Castaño, el niño tiene a su papá en el patio todos los días —siguió Octavio—. Y ella lo sabe.
Las cabezas se voltearon hacia Catalina, una por una. La mujer de la primera fila se llevó la mano a la boca y no la quitó.
Catalina abrió la boca y la cerró. Por un segundo pensó en el morral del rincón, donde seguía el libro de su papá, y apretó los dientes.
—Eso no es asunto de la vereda —dijo ella, con la voz más firme que tenía—. Ni de usted, don Octavio.
—Yo solo miré al niño, señora. La mancha del ojo se ve desde la puerta, igual que en la foto de Castaño en el hotel.
Heriberto se puso de pie con cuidado, apoyándose en la mesa. —Catalina, dígame si es verdad, pues. Yo no voto a ciegas.
—Mi hijo no es un punto del orden del día, don Heriberto —dijo Catalina—. Eso lo hablo yo con quien corresponda.
Algunos vecinos se rieron por lo bajo, sin ganas. Otros se voltearon hacia la puerta, como buscando la razón de tanta atención.
Catalina no quiso mirar hacia la puerta, y miró.
Matías estaba en el umbral, con los pies en el polvo del corredor y el sombrero en la mano. Se lo había quitado, que era su manera de pedir que lo miraran, y ahora lo miraban todos.
Matías seguía en la puerta con el sombrero en la mano. Los vecinos miraban a Catalina. Octavio seguía sentado, con la carpeta cerrada bajo las manos.