Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

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Capítulo 12 · ~5 min

Lluvia en el secadero

Catalina no había dormido. A las cinco ya estaba en el secadero, con la linterna en el bolsillo de la chaqueta, levantando la lona que el viento había corrido sobre las bandejas.

El aguacero había caído el viernes a las siete de la noche, cuando todavía quedaba café extendido en el patio. Ella y Simón lo recogieron a oscuras, con los brazos llenos de granos mojados y el agua hasta los tobillos. Nadie habló durante la hora que duró el trabajo.

Ahora el café de la bandeja de abajo tenía manchas oscuras en las orillas y un olor a tierra que no se iba con nada. Catalina lo olió dos veces y decidió que ese lote ya se había perdido.

—Tómese esto antes de que se enfríe —dijo Simón desde la puerta.

Traía dos tazas de tinto, una en cada mano. Catalina notó que no llevaba el reloj, y que en la muñeca le quedaba una marca pálida.

—Déjelo en el cajón —respondió ella, sin voltear—. Tengo que destapar esto antes de que el café se dañe más.

—¿Cuánto se dañó?

—Lo de abajo se perdió. Lo de arriba todavía se salva si lo volteamos hoy.

Simón dejó las tazas sobre el cajón de madera y se arremangó la camisa hasta el codo. Tomó el otro extremo de la lona sin pedir permiso y la sacudió con fuerza. Un chorro cayó sobre las bandejas y Catalina dio un paso atrás.

—Así no —dijo ella—. Se rompe el hilo y después no lo arregla nadie.

—Entonces enséñeme.

Catalina le mostró cómo doblar la lona en cuatro, sin apretar, para que el agua saliera por los bordes. Simón lo hizo a la primera. Eso la molestó más que si se hubiera equivocado.

En el morral, envuelto en plástico, seguía el libro de cuentas de su papá. Catalina pensó en él y no lo nombró.

—¿Cuántas bandejas quedaron sin lona? —preguntó él.

—Doce. Y el segundo secadero no se tocó. Si no llueve otra vez, con eso alcanza.

—¿Y si llueve?

—Entonces el hongo se queda con la cosecha de arriba. Y con la mía.

—¿Wilson ha vuelto a llamar? —preguntó él, sin mirar la lona.

—No.

—Llámelo otra vez.

—Ya nos dijo en Armenia lo que tenía que decir. No le voy a rogar.

Simón no respondió. Miró las bandejas, luego la lona en el piso de cemento, y después el camino de tierra que bajaba hasta la carretera.

Un carro negro, demasiado limpio para ese camino, subió a las ocho y media. Se detuvo junto al poste de la cerca, y de adentro bajó un hombre de traje gris, con una carpeta azul bajo el brazo.

—¿Quién es ese? —preguntó Simón.

—Alguien que no pide permiso para subir.

Catalina salió al patio antes de que el hombre llegara a la puerta. Simón la siguió con la taza en la mano, y no se la tomó.

—Buenos días. Busco a la señora Catalina Peñaloza —dijo el hombre—. Soy el abogado del señor Octavio Sarmiento.

—Ya la encontró. Hable rápido, que tengo las bandejas por fuera.

El abogado sacó una hoja de la carpeta y la sostuvo con las dos manos, para que el viento no se la llevara. Leyó el encabezado en voz pareja, sin mirar a nadie.

—Notificación para la sociedad La Ceiba. El señor Wilson Peñaloza vendió su mitad de la finca al señor Sarmiento. La escritura queda para el día 30, a las diez, en la notaría de Monteloro.

—Eso ya lo sé —dijo Catalina—. Lo que no sé es qué tiene que ver conmigo.

—Tiene que ver con la finca entera. Cuando el señor Sarmiento sea dueño de la mitad, tendrá derecho a pedir la división del predio, si no hay acuerdo entre los socios.

La mitad de La Ceiba era de Wilson desde que murió su papá, y ella había cargado con el resto sin que nadie se lo pidiera.

Simón dejó la taza sobre el muro de la cerca. Miró al abogado y después a Catalina, y no dijo nada todavía.

—Lea esa hoja —dijo Simón, seco—. Toda.

Catalina tomó el papel. La firma de Wilson estaba al final, con tinta azul y una raya de grasa en la esquina, la misma que él dejaba en todo lo que tocaba.

—Esa firma es de él —dijo ella, y no alcanzó a decir más.

El abogado esperaba con las manos cruzadas sobre la carpeta. Simón se acercó a Catalina y estiró el brazo por encima de su hombro.

—Cláusula cuatro —dijo Simón.

Leyó despacio, con el dedo sobre el papel. Catalina contó las líneas hasta el final de la cláusula y se le secó la boca.

—Dice venta en pública subasta —dijo Simón—. De toda la finca.

—Sin mí no se vende nada —dijo Catalina.

—Eso lo decidirá un juez, señora. —El abogado cerró la carpeta—. Cuando el señor Sarmiento sea dueño de la mitad, le pedirá a un juez que venda toda la finca. Con o sin su firma.

Catalina se quedó con la hoja en la mano. Desde el secadero llegaba el goteo de la lona, y el papel empezó a arrugarse en la punta.

El abogado seguía en el patio con el papel en la mano. Simón guardó el café y Catalina volvió al secadero con la lona mojada.

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