Capítulo 11 · ~5 min
Las arras
El termo de Simón quedó sobre el banco del beneficiadero, con la tapa al lado y una gota de café seco en el borde. Catalina lo miró mientras guardaba el teléfono en el bolsillo. Tres llamadas y ninguna respuesta.
—Vamos a Armenia —dijo Simón desde la puerta—. Hoy mismo.
—¿Y la recolección? Los cortadores llegan a la una.
—La recolección no se va a ir a ningún lado. Wilson sí.
Catalina metió la copia del plan en la carpeta y la carpeta en el morral. Después envolvió el libro de cuentas de su papá en una bolsa de plástico y lo guardó debajo. Nadie tenía por qué verlo en la carretera.
La camioneta alquilada de Simón estaba junto al poste de la cerca. Él abrió la puerta del conductor y se quedó con la mano en el marco, mirando el cafetal de arriba.
—¿Desde cuándo quiere vender Wilson? —preguntó Simón, cuando ya iban por la carretera.
—Desde que se murió mi papá. Me lo dice cada domingo, por teléfono.
—Entonces no lo necesita a usted para vender. —Simón no cambió la voz.
—Eso lo dice usted. Lo que pasa con mi familia no le importa.
—Me importa lo que cuesta. Y ese plan cuesta el agua de la vereda.
Catalina no respondió. Miró por la ventana hasta que el carro entró a Armenia, tres horas después.
El taller de Wilson quedaba en una bodega de lámina, al lado de una lavadera de carros. Adentro sonaba un compresor y olía a aceite quemado, con un fondo de gasolina que se pegaba a la ropa.
Wilson salió de debajo de una camioneta con un trapo de grasa en la mano. Al ver a su hermana se quedó quieto, y después miró a Simón con la misma cara de quien revisa un motor que no arranca.
—¿Y usted qué hace aquí? —preguntó, sin soltar el trapo.
—Vine con ella —dijo Simón—. Y usted no contesta el teléfono.
—Estaba trabajando. Un motor no espera a nadie.
—Ella te llamó tres veces anoche, Wilson.
—Ya lo sé. Tengo el teléfono en el banco, debajo del trapo.
Catalina dejó el morral en un banco y no se sentó. Miró el piso de cemento, lleno de manchas negras, y luego a su hermano.
—Dilo ya. ¿Qué firmaste?
Wilson tiró el trapo sobre una caja de herramientas. Se quedó mirando el compresor, como si el aparato fuera a contestar por él.
—Firmé. La semana pasada, con Octavio. Le vendí mi mitad de La Ceiba por novecientos millones.
Catalina no dijo nada. El compresor se apagó y en el taller quedó el ruido de un ventilador viejo.
Catalina hizo la cuenta de memoria, como hacía con los costales de café. Novecientos millones era más de lo que La Ceiba daba en un año bueno de cosecha.
Simón sacó el reloj del bolsillo y lo puso sobre el banco, al lado del morral.
—¿Y cuánto le dieron de arras? —preguntó.
—Cincuenta millones —dijo Wilson—. Es la plata que le dan a uno al firmar, para que el trato quede firme.
—¿Y dónde están los cincuenta? —preguntó Catalina.
Wilson señaló con la barbilla el local de al lado, con la cortina metálica a medio subir y un letrero recién pintado.
—Doce millones de arriendo, por seis meses adelantados. Lo demás se fue en deudas del taller que no le conté a nadie.
—Eso no es un taller —dijo Catalina—. Es una deuda con persiana.
—Usted no se meta. —Wilson la señaló con el dedo lleno de grasa—. Tú siempre sabes más de lo que dices. Eso fue lo que me dejó papá: una finca y una cara de no decir nada.
Catalina no contestó. Se quedó mirando el letrero del local, que todavía olía a pintura.
—Lea lo que firma antes de firmar otra cosa —dijo Simón—. Yo firmé sin leer una vez. No le recomiendo eso.
—¿Y usted me va a dar clases? Usted vino a comprar, no a aconsejar.
—Vine a que me diga la verdad. Lo demás lo leo después.
Wilson se pasó el dorso de la mano por la frente y dejó una raya negra. Tardó en hablar, y cuando lo hizo bajó la voz.
—La escritura es el día 30, a las diez, en la notaría de Monteloro. Octavio ya tiene la cita.
Catalina se quedó con el morral en la mano. Afuera, el compresor volvió a arrancar. Wilson seguía en el taller con la grasa en las manos. A los dos les quedaba todo el camino de vuelta a Monteloro con la noticia en la cabeza.
Catalina dejó el morral sobre el banco y sacó la carpeta de los recibos de La Ceiba. La abrió en la primera hoja con cuentas.
—¿Y qué le falta a Octavio si ya tiene su mitad? —preguntó—. La escritura no le da el agua.
—Le da el voto de la mitad —dijo Wilson—. Con eso él negocia el resto, no las matas.
Simón se acercó al banco y pasó el dedo por el vidrio del reloj, sin ponérselo.
—Entonces la cita del 30 no es solo por la tierra. Es por el agua.
—Eso le dije a usted desde el principio —respondió Catalina, y cerró la carpeta de golpe.
Wilson soltó una risa corta, sin ganas.
—Usted siempre tan recta, Catalina. Así no le va a servir de nada en la notaría.
—A mí me sirve más que a usted la plata de los demás.
Simón levantó la vista, pero no dijo nada. Se quedó mirando el letrero del local de al lado, como si ya supiera lo que venía.