Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Capítulo 10 · ~4 min

Firmado sin leer

Desde el borde del cafetal se veía el beneficiadero con la puerta abierta y una bombilla colgada de la viga. Simón se quedó ahí un momento, con las botas llenas de barro y el termo vacío en la mano.

Catalina salió a la puerta antes de que él llegara al patio. Traía una hoja doblada a la mitad y no la soltaba.

—Venga. Tiene que ver esto antes de que Octavio vuelva a llamar —dijo ella.

Simón dejó el termo en el banco. Después sacó el reloj del bolsillo y lo puso sobre la mesa, al lado de la taza de peltre.

—¿Qué es? —preguntó él.

Catalina no contestó. Le dio la hoja y se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

Simón leyó el encabezado de la CRQ y bajó hasta el recuadro del socio. Su nombre estaba escrito a máquina. Debajo, con tinta azul, había una firma corta y recta.

—Es mi firma —dijo.

Tatiana, junto a la mesa, no se movió. Tenía el lápiz otra vez detrás de la oreja y miraba a Simón como se mira un plano con una cota mal puesta.

—¿La firmó usted? —preguntó Catalina.

—Sí. —Simón pasó la hoja y volvió a leer el recuadro, línea por línea, despacio—. En Bogotá me pusieron un paquete de veinte hojas. Dijeron que eran de la licencia del hotel.

—¿Y las leyó? —preguntó Tatiana.

—No. —Simón dejó la hoja sobre la mesa—. Firmé donde me señalaron.

Catalina soltó una risa corta, sin alegría.

—Qué bonito. Un hotel que se firma a ciegas.

—No tiene nada de bonito —dijo Simón.

—¿Y los doce litros también los firmó? —preguntó Catalina.

Simón buscó la cifra en la hoja, con el dedo, hasta encontrarla. Estaba subrayada con lápiz, igual que en la copia.

—No la vi —dijo él—. Octavio me enseñó el mapa del hotel y nada más.

—Ese mapa tiene una rampa de carga —dijo Tatiana—. Los hoteles no necesitan rampa para botellas.

Simón miró el dibujo de la rampa, que nunca había visto, y no dijo nada.

Tatiana señaló la última línea del formulario con la punta del lápiz.

—Sin esa autorización el plan no pasa a la CRQ. Si usted la retira, Octavio tiene que empezar de nuevo.

—Entonces la retiro —dijo Simón—. Hoy.

—Eso no se hace de palabra —dijo Tatiana—. Hace falta un oficio firmado y dos testigos.

—Usted es una.

—Yo sirvo de testigo. Usted escribe el oficio.

Catalina tomó la hoja de la autorización de la mesa, la separó del resto de la carpeta y se la pasó a Tatiana.

—Esa se queda con usted —dijo—. Yo me quedo con el plan.

Tatiana guardó la hoja en una carpeta de plástico y la metió en el morral.

Simón recogió el reloj de la mesa y no se lo puso. Lo dejó en el bolsillo del pantalón, donde ya no se le veía.

—¿Y el oficio? —preguntó Simón.

—Lo hacemos en el teléfono —dijo Tatiana—. La CRQ tiene un formulario en línea. Hay señal en el poste de la cerca.

Simón salió al patio con el teléfono en la mano. El cielo sobre el cafetal ya era gris y las matas de arriba se veían como una sola mancha.

En el poste de la cerca, la barra de señal apareció y se fue dos veces antes de quedarse. Simón escribió su nombre completo y el número de la cédula.

Escogió la opción de retiro de autorización de socio y leyó el texto en voz baja, dos veces.

Catalina llegó al poste sin que él la llamara. Se paró a dos pasos, con la copia del plan apretada contra el pecho.

—¿Y ahora qué? Octavio tiene el sesenta por ciento —dijo ella.

Simón miró la pantalla y puso el dedo sobre el botón de enviar. Antes de tocarlo, levantó la vista.

—Con mi cuarenta solo, no para nada —dijo—. El hotel no arranca sin los dos.

—Entonces con su cuarenta no alcanza —dijo Catalina.

Catalina miró el teléfono un rato largo.

—Para parar esto, nadie le puede vender a Octavio —dijo Simón—. Ni los vecinos, ni usted, ni siquiera su hermano.

Catalina lo miró sin pestañear.

—Wilson vende lo que es suyo.

—Por eso mismo.

Simón apretó el botón. En la pantalla apareció la palabra en trámite, y debajo el número de la solicitud. La hora de arriba decía las siete y cuarenta de la noche.

Catalina sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y marcó sin decir nada.

Simón oyó el timbre salir del aparato de ella, una vez y otra.

—Wilson, soy yo. Contesta —dijo ella, en voz baja.

Del otro lado no contestó nadie. Catalina esperó, marcó otra vez y volvió a esperar.

Al tercer intento, la llamada se fue al buzón.

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