Capítulo 9 · ~5 min
Doce litros por segundo
Tatiana Ortiz dejó la carpeta sobre la mesa del beneficiadero y la abrió con la palma de la mano. Tenía barro seco en la botamanga del pantalón y el lápiz de carpintero detrás de la oreja.
—Renuncié anoche —dijo ella—. Me pidieron que firmara un papel para callar y no lo firmé.
Catalina no tocó la carpeta. Miró el lápiz, después la cara de la ingeniera, que tenía ojeras de no dormir.
—¿Y por qué me lo trae a mí? —preguntó Catalina.
—Porque usted es la única que lee hasta el final. Los demás miran el precio y firman.
Tatiana pasó las hojas con el pulgar hasta el medio del fajo y la giró hacia Catalina. Entre los planos había un cuadro de cifras, con una raya de lápiz encima.
—Aguas Cumbre pide doce litros por segundo del Ojo de Agua —dijo Tatiana—. Doce litros, todos los días, para embotellar.
Catalina hizo la cuenta en la cabeza, como hacía con las arrobas. Doce litros por segundo eran setecientos veinte por minuto. Conocía ese nacimiento desde niña, y en verano apenas daba para la escuela y las casas de abajo.
Catalina sirvió tinto del termo en una taza de peltre y la dejó sobre la mesa sin probarlo.
—¿Y la vereda de abajo qué toma si esto se va?
Tatiana no respondió enseguida. Se quitó el lápiz de la oreja y lo puso sobre los planos para que no se corrieran.
—Dicen lavandería —dijo Tatiana, y tocó el plano con la punta del dedo—. Hay dos tanques y una rampa de carga. Una lavandería no necesita rampa.
Catalina siguió la línea del cuarto con el dedo. En la esquina, en letra chiquita, alguien había escrito embotelladora y después la había tachado con dos rayas.
Abajo, la manguera del zanjón llevaba el agua a la escuela y a cuatro casas. Si el nacimiento bajaba, el tanque de la escuela se quedaba vacío, y la vereda tendría que pagar el carro cisterna todas las semanas.
—¿Quién la tachó? —preguntó Catalina.
—Octavio. La tachó cuando le pregunté qué iba adentro.
Catalina se sentó en el banco del beneficiadero, que hacía de silla desde que su papá murió. Desde la puerta se veía el portón y, más allá, el cafetal, donde Simón todavía no había subido.
Tatiana sacó del morral una libreta con el borde mojado y la puso encima de la carpeta.
—¿Cómo consiguió esto? —preguntó Catalina.
—Lo copié de la carpeta de Octavio el viernes, cuando me dejaron sola en la oficina de Armenia. Nadie mira a la ingeniera que solo mide.
—Eso es robar —dijo Catalina.
—Eso es medir. Yo mido caudales desde los veinte años.
Catalina no devolvió la carpeta. Pasó la hoja siguiente, que traía una lista de predios de la vereda con nombres a mano. Varios tenían una cruz al lado. El de Heriberto Marulanda también.
—Por eso no quería que midieran el viernes —dijo Catalina.
—Por eso mismo —dijo Tatiana—. Si medimos nosotras, el número es nuestro y no el de ellos.
Catalina volvió a la cifra de los doce litros. Un número pequeño en un papel no era pequeño en el cafetal, donde cada mata dependía de la misma agua.
—¿Y qué más hay? —preguntó Catalina, sin levantar la vista.
—La última hoja —dijo Tatiana—. Nadie la lee porque parece un formulario.
Catalina pasó la hoja. Era un formato de la CRQ, con el encabezado impreso, un recuadro para el socio y un espacio para la firma.
En el recuadro del socio, alguien había escrito el nombre a máquina. Debajo, con tinta azul y un trazo corto, había una firma. Era la de Simón Castaño.
—Es la autorización del socio —dijo Tatiana—. Sin ese papel, el plan no pasa a la CRQ.
—¿Y él sabe que firmó esto?
—Octavio dice que firmó un paquete en Bogotá sin leerlo —dijo Tatiana, y cruzó los brazos—. Yo no le creo a Octavio. Le creo a la firma.
Catalina pensó en Simón subiendo por el portón con su termo. Hasta ayer le había pedido que no bajara al zanjón, y él no había bajado.
Catalina cerró la carpeta a medias, sin soltar la última hoja. Tatiana se quedó de pie junto a la mesa, con el lápiz otra vez en la oreja.
Catalina tenía la copia en la mano, con la firma de Simón a la vista, y del cafetal todavía no subía nadie.
Tatiana miró hacia el portón y después a Catalina. —Si él firmó, tiene que saberlo —dijo—. O alguien le hizo firmar. Catalina dobló la hoja por la mitad, sin doblarla del todo. —Ese no es el mismo hombre que se fue hace siete años —dijo, y lo dijo más bajo de lo que quería. Tatiana no contestó. Abrió la libreta de nuevo en la página de las cruces y empezó a contar, con el dedo, los predios que se quedarían sin agua si el plan seguía en pie. —Son once fincas —dijo—, más la escuela. Catalina no levantó la vista del papel. Pensó en el libro de cuentas de Aurelio, que seguía en la misma mesa, debajo del termo, y no lo nombró.