Capítulo 8 · ~4 min
El libro de cuentas
—No vine a pedirle nada —dijo Simón, y dejó el sobre encima de una bandeja de café—. Lea primero y después hable.
Catalina no lo tocó. Se limpió las manos en el delantal, despacio, y miró el sello de Monteloro que asomaba por el borde roto. Reconoció la letra antes de sacar la hoja.
—Sáquela —dijo él—. Yo ya la leí tres veces.
Catalina sacó la hoja y la desdobló en la palma. Leyó de pie, con el pulgar apretado contra la otra mano. Hace siete años le había costado escribir cada línea, y ahora le costaba más leerla.
—La mandé a la casa de su mamá —dijo ella, sin levantar la vista—. Con sello y todo, como una factura.
—Nunca llegó a mis manos —dijo Simón—. Mi mamá la tuvo guardada siete años en un armario.
Catalina dobló la hoja en tres, con los bordes alineados, y tomó la ecografía. La miró contra la luz de la lámpara que colgaba de la viga. Reconoció la clínica de Armenia y el nombre escrito a mano debajo, el suyo.
—¿Y el niño? —preguntó ella, con los ojos todavía en el papel—. ¿Qué le dijo su mamá del niño?
—Que es mío. Que usted lo crió sola seis años.
—¿Y usted le cree?
—Le creo lo de la carta. Lo otro no lo sé.
Catalina soltó la ecografía sobre la bandeja. El café crujió bajo el papel. Afuera, un gallo cantó fuera de hora y nadie le contestó.
—Hay algo más —dijo Simón—. Mi mamá dice que don Aurelio le pagó veinte millones para que nos fuéramos de Monteloro.
Catalina soltó una risa corta, sin gracia.
—Mi papá no le pagaba a nadie, Simón. Le cobraba a todo el mundo.
—Mi mamá no tiene por qué mentir ahora.
—Ella ya escondió una carta. ¿Por qué no iba a esconder una plata?
Simón no contestó. Se quitó el reloj de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Catalina lo vio hacerlo y no dijo nada.
—¿Y usted vino a sacarme la plata o la verdad?
—Vine por las dos cosas.
—Venga conmigo.
El beneficiadero olía a cáscara mojada y a cal. Al fondo estaba el escritorio de su papá, de madera oscura, con tres cajones y una cerradura que nadie había forzado. Catalina sacó la llave del cordón que llevaba al cuello y abrió el cajón de abajo.
Adentro había una caja de lata, y dentro, un libro de cuentas de tapas verdes con las esquinas gastadas. Lo hojeó hasta agosto. Las cifras de la finca seguían la letra firme de don Aurelio, columna por columna.
Se detuvo en una página. Su dedo bajó por la columna hasta una línea que decía: catorce de agosto. Nubia Castaño. Veinte millones. Salida de Monteloro.
Simón se acercó sin tocar nada. Leyó la línea dos veces, con la mano en el borde del escritorio.
—Catorce de agosto —dijo él—. Es la misma fecha de la ecografía.
—Puede ser una coincidencia.
—Usted no cree en coincidencias. Se le nota en la cara.
—Yo no creo en nada que no esté escrito. Eso lo aprendí de él.
Catalina se frotó la palma con el pulgar. Lo hacía cuando iba a mentir, y en ese momento no sabía si estaba mintiendo o protegiéndose de algo. Cerró el libro sin quitar la mano encima.
—Mi papá apuntaba hasta el café que le regalaba a los peones —dijo ella—. Si pagó algo, aquí está apuntado.
—Entonces léame el resto.
—No. Eso lo leo yo primero.
—¿Y Wilson sabe de esto?
—Wilson no sabe ni dónde queda el secadero.
Simón se quedó quieto un momento. Después se pasó la mano por la cara, sacó el teléfono del bolsillo de la camisa y se fue hacia la puerta.
—Voy a llamar a Octavio —dijo, sin volverse—. Le voy a decir que no la voy a presionar más.
—¿Y eso le sirve de algo?
—Me sirve a mí. Ya no quiero cobrarle a nadie por una finca que no quiere vender.
Desde la puerta, Catalina vio a Simón caminar hasta el poste de la cerca, con el teléfono en la oreja. Volvió a la mesa, puso el libro encima de la bandeja y lo dejó abierto en la página de agosto.
Simón levantó la mano libre, como quien pide que lo dejen terminar. Su voz llegó clara por la puerta abierta, aunque no alcanzó a oír lo que le respondían desde Bogotá.
—No, don Octavio. Ya no le voy a pedir La Ceiba.
Catalina pasó el dedo por la línea de agosto. Afuera, Simón dejó de hablar y se quedó escuchando, con la vista clavada en el suelo del patio.
—¿Cómo que ya no me necesita para La Ceiba?