Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

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Capítulo 7 · ~5 min

La caja de zapatos

Simón manejó tres horas con una sola idea en la cabeza: la carta. No pensó en el hotel, ni en el cuarenta por ciento, ni en los días que se le acababan. Pensó en su mamá sentada en la sala de Armenia, esperando a que él llegara a preguntar.

Nubia le abrió la puerta con el delantal puesto y el pelo recogido con un lápiz. Tenía las manos rojas de tanto lavar, como siempre.

—Mijo, usted no durmió. Se le nota en la cara.

—Necesito que me diga una cosa, mamá. ¿Llegó una carta para mí? De Monteloro, con sello.

Ella no contestó. Bajó la vista al tapete de la entrada y se quedó así, con la mano apoyada en la puerta.

—Siéntese primero.

—No me siento. Llegó o no llegó.

—Siéntese, Simón. Le voy a contar, pero siéntese.

Simón no se sentó. Entró a la sala y se quedó de pie junto a la ventana, donde el sol de las nueve pegaba contra el tejado de la casa vecina. Nubia cruzó el pasillo hasta el cuarto del fondo. Él oyó que abría el armario, que arrastraba algo pesado y que después se quedaba quieta un buen rato.

Cuando volvió, traía una caja de zapatos amarrada con cinta de empaque. La tapa estaba manchada de polvo, y en un costado alguien había escrito con marcador un número de teléfono que ya nadie usaba. Nubia se sentó en el sillón, despacio, y puso la caja sobre las rodillas sin abrirla.

—La guardé —dijo ella—. Llegó a la casa de Monteloro, con el sello. La recogí antes que nadie.

—Y no me la dio.

—No se la di.

Simón miró la caja desde la ventana. No se acercó.

—¿Por qué?

—Porque usted llegaba del trabajo sin hablar, mijo, y se encerraba con la puerta cerrada. Acabábamos de perder el pueblo, la casa, el nombre. Yo pensé que si usted leía eso se iba a devolver para allá a buscarla, y que lo iban a señalar otra vez.

—Usted decidió por mí.

—Decidí. Sí.

Simón apretó la mandíbula y no dijo nada. Afuera pasó un señor en bicicleta, tocando la campana dos veces.

—Y cuando ella me llamó, un año después, yo le dije que usted nunca la había recibido. Le dije que no había llegado nada a esta casa.

—Usted le mintió a ella.

—Le mentí. Y todavía no sé cómo le pido perdón a esa muchacha.

Simón sacó las llaves del carro del bolsillo, cortó la cinta de un solo tirón y levantó la tapa. Adentro había papeles doblados, facturas viejas y un paquete de pilas que nadie había usado. Debajo de todo había un sobre blanco, cerrado, con un sello de Monteloro encima de la estampilla. Su nombre estaba escrito de lado a lado, con una letra apretada que él conocía de las notas de la finca.

Sacó el sobre con el dedo gordo, despacio, como hacía cuando algo iba en serio. Después lo rompió por el borde.

La hoja estaba doblada en tres. Simón la leyó de pie, y cuando llegó a la mitad tuvo que apoyarse en el brazo del sofá. Catalina le contaba que estaba embarazada. Le decía que tenía miedo, que no le pedía nada, que solo quería que él lo supiera. Al final pedía una respuesta, aunque fuera de una línea.

Debajo de la hoja, sujeta con un clip oxidado, había una ecografía. Era un papel brillante, gris, con una fecha de hacía siete años impresa en una esquina y el nombre de una clínica de Armenia. En el centro se veía una forma pequeña, con una raya blanca al lado. Simón no entendía de esas cosas, pero leyó el nombre escrito a mano debajo: Catalina Peñaloza. Lo leyó dos veces.

—Usted vio esto —dijo él, sin levantar la vista.

—Lo vi, mijo. Yo sé leer, y sé lo que dice ahí.

—El niño es mío.

—Es suyo. Y esa muchacha lo crió sola seis años, con todo el pueblo mirándola.

Simón dejó la carta sobre el brazo del sofá y se quedó con la ecografía en la mano. El papel no pesaba nada, pero él lo sostuvo con cuidado, por los bordes.

—¿Por qué me sacaron de Monteloro? Usted nunca me dijo la verdad de eso.

Nubia miró sus manos un largo rato. Se frotó una contra la otra, y luego se quedó quieta, como si el esfuerzo le costara más que el resto de la conversación.

—Don Aurelio me acusó de robar en La Ceiba. Dijo que faltaba plata de la cocina. No había prueba de nada, pero él tenía el pueblo en la mano.

—Eso ya lo sé.

—No sabe lo otro. Un día me llamó a su escritorio. Me puso un sobre encima de la mesa, con veinte millones, y me dijo que me fuera con usted a Armenia. Que no volviera a Monteloro.

Simón le dio la vuelta a la ecografía y miró la fecha otra vez. El catorce de agosto, según la anotación que su mamá había escrito en la esquina de un recibo. La cuenta cuadraba con la carta, con la fecha del embarazo y con los años que él había pasado creyendo otra cosa.

—Veinte millones —repitió él.

—Veinte millones, mijo. Y con esa plata yo lo saqué a usted adelante, y nunca le dije de dónde salió.

Simón tenía la carta en una mano y la ecografía en la otra. Nubia seguía sentada en el sillón, con la caja abierta a su lado.

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