Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

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Capítulo 6 · ~5 min

La carta perdida

La llanta del carro de Wilson sonó a clavo desde el portón, mucho antes de que él apagara el motor.

Catalina estaba en el secadero con una lámpara colgada del gancho de la viga. El café seguía extendido en las bandejas de madera, y ella lo revolvía con la pala para que no se pegara al fondo. Pasadas las siete de la noche, el olor a café mojado llenaba el galpón entero.

Wilson entró sin saludar, con las manos negras de grasa y un trapo metido en el bolsillo de atrás. Se limpió los dedos en el pantalón antes de hablar.

—Es sábado, Cata. Usted me dijo que hoy me contestaba. No me haga venir otra vez hasta acá.

—Le dije que lo iba a pensar. No dije cuándo —respondió ella, y apoyó la pala en el borde de la bandeja—. Usted siempre tuvo prisa para todo, desde chiquito.

—Pues ya pensé bastante. Tengo deudas en el taller, Cata, y el arriendo se me vence. Usted sigue aquí con su café y sus cuentas de memoria.

Catalina tomó una bandeja por el borde y la inclinó hacia la lámpara para mirar los granos. Algunos seguían verdes por dentro, y eso se notaba aun con la luz amarilla. Wilson esperó con los brazos cruzados, moviendo el pie sobre el cemento.

Catalina no lo miró. Devolvió la bandeja a su lugar y contó las siguientes, una por una, hasta llegar a once.

Afuera, una polilla daba vueltas contra el vidrio de la lámpara, y el ruido de sus alas era lo único que se oía en el galpón.

—Espere hasta el día 30. Faltan veintitrés días, y la firma es a las diez, en la notaría de Monteloro.

—Veintitrés días para que todo se caiga. ¿Usted sabe lo que es deber plata, o solo sabe de café? Yo debo más que el valor de la finca entera.

Wilson abrió la boca para responder, pero se fue hasta la puerta sin hablar. Desde ahí se veía el camino de la quebrada, oscuro, con el barro brillando bajo la luz del portón. Entraba un aire frío de la loma, y la lámpara se movió un poco.

—Sé lo que es perder una cosecha por un mal lunes. La Ceiba la conozco mata por mata, y eso no se vende en un papel.

Wilson pateó un terrón de barro y se limpió las manos otra vez con el trapo, aunque ya no tenía nada que limpiar.

—Y usted se queda con todo lo que dejó papá sin explicarnos nada. Yo no voy a cargar eso también.

—Si el 30 no hay salida, usted firma lo que quiera. Se lo prometo, pero hasta entonces espere.

Wilson se quedó callado un rato, mirando las bandejas. Después asintió con la cabeza, sin decir palabra, y en la puerta se detuvo con el trapo colgando del bolsillo, sin volver la cabeza.

Afuera, el carro arrancó con el ruido del clavo. El sonido se fue perdiendo por el camino de la quebrada, hasta que solo se oyó el goteo de un tanque detrás del galpón. Catalina se sentó en un costal vacío y miró sus manos, que seguían oliendo a café mojado. Luego se levantó, buscó el cuaderno de tapas azules en la repisa y anotó el peso de dos costales. Lo hizo despacio, con letra apretada.

Simón llegó poco después por el sendero del cafetal, con las botas llenas de barro y el termo en la mano. Se quitó el reloj y lo dejó en el borde de la bandeja, lejos del café. Después se quedó en la puerta, mirándola a ella antes que al secadero.

—¿Y qué le contestó su hermano? Lo vi salir con cara de pocos amigos.

—Que espere hasta el 30. Igual que yo esperé su respuesta hace siete años.

—¿Qué respuesta, Catalina? Yo no sé de qué me habla. Usted no me ha escrito nada en siete años, eso sí lo sé.

Catalina dejó la pala sobre el marco y no contestó enseguida. Hace siete años había bajado todas las tardes al buzón de la portada, y todas las tardes había vuelto con las manos vacías.

—Le escribí, Simón. A la casa de su mamá, en Monteloro, con sello y todo. Me quedé esperando un año entero, y le puse en esa carta todo lo que tenía que decirle.

Simón miró el suelo de cemento y tardó en contestar. Cuando habló, lo hizo más bajo que antes, y sin mirarla.

—Yo no recibí nada. Se lo juro. Mi mamá nunca me dijo que había llegado algo. Si quiere preguntarme otra cosa, pregunte.

—Usted siempre dice que lee todo, Castaño. Pues esta vez no leyó nada. Lo que importa ahora es dónde está esa carta.

Simón no respondió de inmediato. Catalina lo vio pasar la mano por el borde de la bandeja, sobre el café que ya estaba parejo.

Simón metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves del carro. Catalina seguía en la puerta del secadero, con la pala apoyada en el marco y el olor a café mojado a su espalda.

—Voy a Armenia esta noche. Si mi mamá tiene esa carta, mañana se la traigo.

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