Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

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Capítulo 5 · ~5 min

El señor del mirador

La campana de la escuela sonó a la una menos cuarto. Matías salió corriendo por el camino ancho, con el coco vacío rebotando en la espalda.

Simón lo esperaba en la primera hilera de cafetos, con las mangas arremangadas. Catalina había aceptado a regañadientes: el niño podía recoger un rato, siempre que no pasara del borde del cafetal.

—¿Usted sí sabe coger café? —preguntó Matías, y se quitó el sombrero para mirarlo mejor.

—Sé coger lo rojo —dijo Simón—. Lo verde se queda en la mata.

—Eso lo dice mi mamá. ¿Usted va a tumbar el Ojo de Agua?

—No voy a tumbar nada. Voy a comprar una finca.

—Eso también lo dice ella.

Simón soltó una risa corta y se agachó junto a la mata. El niño cogía las cerezas sin apretar, una por una, y las dejaba caer en el coco con cuidado.

Matías llenó medio coco antes de hablar otra vez. Lo dijo mirando la mata, no a Simón.

—En la escuela me dicen el sin papá. Dicen que mi papá se fue.

Simón dejó de coger y se enderezó despacio.

—¿Quién te lo dice?

—Unos del grado tercero. Cuando sale la fila, se ríen.

—¿Y tú qué les contestas?

—Que sí tengo papá. Ellos dicen que entonces dónde está, y yo no sé.

—¿Y tú sabes dónde está?

—No. Mi mamá dice que no pregunte. —Matías se quitó el sombrero otra vez y lo giró entre las manos—. Usted tiene la misma mancha que yo.

Simón se tocó el ojo izquierdo sin pensarlo y bajó la mano al costal.

—Sí —dijo—. Es de nacimiento.

—Mi mamá dice que la mancha no dice nada de nadie.

—Puede ser.

—Pues no. Yo sé que sí dice.

Matías se puso el sombrero y caminó hasta el borde del cafetal, justo donde Catalina había prohibido bajar. Se detuvo ahí, sin pasar, y se dio la vuelta para mirar a Simón.

Simón contó los granos de su coco hasta diez y no le hizo más preguntas. Abajo se oía el agua del zanjón entre las piedras, y el canasto del niño rozaba las matas mientras él volvía despacio.

Cuando Matías regresó, traía el coco pesado con las dos manos y no quiso que lo ayudaran a cargarlo. Simón terminó su hilera y llevó su coco a la báscula del secadero, donde el peso se anotaba en un cuaderno de tapas azules.

Al otro lado del cafetal, Catalina estaba en la puerta del secadero, con los brazos cruzados. No se acercó, y tampoco se fue.

***

El camino de la quebrada amaneció con barro hasta los tobillos. A las siete y diez, Octavio Sarmiento bajó de su camioneta blanca en el cruce, con una carpeta bajo el brazo y el saco abotonado pese al calor.

Simón había llegado al portón a las siete, como prometió, con el termo en la mano.

—Castaño. Le escribí anoche y no me contestó —dijo Octavio, sin subir la voz.

—Vi el mensaje tarde. ¿Qué pasa?

—Hoy medimos el caudal del nacimiento desde la quebrada. La ingeniera Ortiz trae el medidor. Veinte minutos, y no tocamos nada.

Tatiana Ortiz venía detrás, con un aparato de metal al hombro, del tamaño de una caja de herramientas. Marcaba algo en un mapa con un lápiz de carpintero, y no levantó la vista.

Octavio no miró el portón. Miró la cerca de alambre que bajaba hacia el nacimiento, como quien ya conoce cada poste.

Catalina salió del secadero con las manos llenas de café. Dejó el costal en el suelo, empujó la carretilla hasta el recodo del camino y la atravesó de lado. Nadie podía pasar sin rodearla por el barro.

Tatiana se detuvo frente a la carretilla, miró la rueda, después a Catalina, y no dijo nada.

—Buenos días, doña Catalina —dijo Octavio—. No vamos a bajar al nacimiento. Solo queremos un número.

—¿Un número para qué? Usted ya tiene el papel del hotel.

—Para la CRQ. Piden litros por segundo, exactos. No se toca el agua, doña Catalina. Se mide, que es distinto. Así nadie dice después que hubo cifras equivocadas.

—Las cifras las pone usted, y yo me quedo sin agua en la escuela.

—Catalina, déjelos medir —dijo Simón—. Veinte minutos.

—Usted vino a coger café, Castaño. ¿Desde cuándo manda en mi finca?

—No mando en nada. Pero si el número está mal, también le toca a usted.

—El número lo tengo yo. Lo que sale del Ojo de Agua lo toma la vereda, y no se pasa.

Simón miró el medidor y después el barro del camino. Pensó que la escuela entera dependía de ese chorro de agua que nadie había medido nunca.

Octavio juntó las manos sobre el vientre y apretó la carpeta contra el costado. Caminó por el borde del barro hasta el poste de la cerca y se detuvo ahí, con la carpeta bajo el brazo. Tatiana lo siguió sin decir palabra, con el medidor al hombro. Catalina no se movió de la carretilla.

Simón se quedó en el portón con el termo en la mano, entre la cerca y la carretilla.

—Doña Catalina, faltan veinticuatro días para la firma. Si usted no firma, retiro la plata de las promesas, y los ocho vecinos que firmaron se quedan sin nada.

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