Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

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Capítulo 4 · ~5 min

Manos para la cosecha

Un grano maduro cayó sobre el sombrero de Catalina y rodó hasta el borde del costal. Ella no lo recogió. A las cuatro y media los recolectores se habían ido en el camión hacia la obra del hotel, donde pagaban el día completo. En La Ceiba se pagaba por kilo, y el café se estaba cayendo al suelo.

Catalina bajó por la hilera con el canasto colgado de la cadera. Las ramas de arriba estaban cargadas de cerezas rojas, y abajo el suelo tenía más café que tierra. El aire olía a fruta madura y a barro húmedo. Contó las matas de memoria, como siempre. En esa hilera eran cuarenta, y ninguna podía esperar.

A las nueve en punto un carro se detuvo en el portón. Catalina no se volteó hasta oír la puerta cerrarse con cuidado.

Simón caminó hasta la hilera con un coco vacío colgado de la cintura. Traía las mangas arremangadas hasta los codos y el reloj en la muñeca, el mismo que ella le había devuelto el domingo. Se detuvo a dos pasos y esperó a que ella hablara.

—Vine a recoger —dijo él—. Hasta el día 30 pongo las manos y no le cobro un peso por el trabajo. Así se cae menos café.

—¿Y por qué cree que la voy a dejar entrar a mi cafetal? Un hombre que quiere comprar la finca no me hace ningún favor.

—No le hago ningún favor, Catalina. Se está cayendo todo el café del suelo, y usted lo sabe mejor que yo.

—Dos reglas —dijo Catalina—. Solo lo rojo. Lo verde se queda en la mata, y el que coge verde se va del cafetal sin pagar nada.

—Lo rojo. ¿Y la otra regla?

—No baja al zanjón. El nacimiento queda abajo, y ahí no entra nadie con cuentas en la mano. Si quiere mirar el agua, mire desde aquí.

—¿Y en el hotel cuánto le pagan a cada obrero por día?

—Lo que dice el contrato, que lo leí línea por línea antes de firmar —dijo Simón, y se quitó el reloj, lo guardó en el bolsillo del pantalón y se agachó junto a la primera mata.

Catalina no le contestó. Pensó en las ocho promesas firmadas, en los niños de la escuela que tomaban agua por la misma manguera, y en el sombrero de don Heriberto sobre el poyo.

Sus dedos tardaron en encontrar el grano rojo, pero lo echó al coco sin hacer ruido. Catalina se movió a la mata de al lado y trabajó sin mirarlo. Durante una hora solo se oyeron los granos cayendo en el fondo del canasto y un pájaro en el guayabo.

El sol subió por la loma de El Roble y calentó la tierra mojada. Simón preguntó cuántas arrobas daba La Ceiba en una cosecha buena. Catalina le dio un número sin volverse, y él lo repitió bajito, como quien lo anota en la carpeta. Ella tenía la cuenta de cada mata en la cabeza desde niña, y eso era lo único que nadie le podía comprar.

A esa hora Matías ya estaría en la escuela de la vereda, con el sombrero colgado en el perchero. Catalina cargó el canasto y lo vació en el costal sin pensar más en eso.

Hacia las diez el coco de Simón estaba lleno hasta el borde. El coco pesaba, y se notaba en la forma en que él se inclinaba hacia adelante al caminar. Se lo echó a la espalda, lo amarró con el cabestrillo y caminó hasta el borde del cafetal, donde empezaba la bajada hacia el zanjón. Catalina lo siguió dos matas atrás.

—Usted quiere saber por qué compro esta finca —dijo él, sin volverse.

—Quiero que me diga de una vez la verdad. Eso es lo que quiero saber, no el precio.

Simón apoyó una mano en el tronco de un cafeto y miró la bajada, donde los helechos tapaban el camino.

—Mi mamá trabajó en la cocina de La Ceiba, hace siete años. Don Aurelio, su papá, la echó del pueblo. Nos fuimos a Armenia con lo que cupo en un carro.

—Mi papá no echaba a nadie sin motivo. Lleve cuidado con lo que dice.

—Lo acusó de ladrona —dijo Simón—. Sin prueba. Y yo me fui a los veintiséis años sin saber por qué.

Catalina recordó la voz de su papá en el corredor, dura, diciendo que el muchacho de Castaño nunca había contestado nada. No lo dijo.

—¿Y por eso compra mi finca?

—Por eso quiero saber qué pasó. La finca es lo que tengo a mano.

—Y usted cree que yo sé algo.

Simón no contestó. Se acomodó el coco en la espalda y la miró por encima del hombro, con el ojo izquierdo, el de la mancha café. Catalina tenía las manos llenas de granos rojos. Los dejó caer en el canasto, uno por uno, y no dijo nada. Abajo, el agua del nacimiento sonaba entre las piedras. Simón seguía con el coco en la espalda, en el borde del cafetal, y Catalina lo miraba sin decidir si lo dejaba seguir.

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