Capítulo 3 · ~5 min
Media finca
—No, don Heriberto. Ya le dije el domingo y se lo repito hoy: La Ceiba no se vende.
Catalina seguía en el marco de la puerta, con el delantal de costal amarrado a la cintura. Frente al portón había cuatro vecinos y una camioneta con el motor encendido. Don Heriberto Marulanda se quitó el sombrero y lo dejó sobre el poyo, al lado de una piedra lisa. Olía a gasolina y a tierra mojada.
—Nadie le pide que regale nada, Catalina —dijo él, despacio—. Pues es un negocio, y uno bueno.
—Un negocio con multa. Eso no es negocio, es una cadena.
Heriberto se rascó la barba blanca y miró a los vecinos. Ninguno habló. Uno de ellos bajó la vista hacia las botas, que estaban llenas de barro hasta el tobillo.
—Pues sí, la multa existe —respondió él—. La firmé yo, y si me retiro pago treinta millones. Yo no los tengo ni en sueños.
Catalina soltó por fin el marco de la puerta y bajó dos escalones. Desde ahí se veía el techo de zinc del secadero y, más abajo, las matas de café con los racimos maduros. Varios se estaban cayendo al suelo sin que nadie los recogiera.
—¿Sabe de dónde toma agua la escuela? —preguntó—. Del Ojo de Agua, por la misma manguera del zanjón. Si el nacimiento se seca, los niños se quedan sin agua en el recreo.
—Eso lo sabemos todos, Catalina. Pero el agua no la controla usted sola.
—La controlo más que cualquiera de ustedes. Yo subo a revisar la manguera todos los lunes.
Heriberto bajó la voz y se acercó al poyo. Tomó el sombrero entre las manos, lo giró una vez y lo volvió a dejar en el mismo sitio.
—Lo que no se vende, se pierde, dice el refrán —dijo—. El hotel va, con La Ceiba o sin La Ceiba. Pues yo prefiero vender a tiempo.
—El hotel quiere el nacimiento, don Heriberto. No la casa ni las matas de café. Eso lo sabe usted tanto como yo.
Nadie contestó. Un vecino se acomodó el sombrero y el otro miró hacia el cafetal, como buscando a alguien que le confirmara lo que acababa de oír. Catalina no apartó los ojos de Heriberto.
—Cuentos de vereda, pues. Octavio nos dio su palabra.
—La palabra no riega el café, don Heriberto.
—Piénselo bien, Catalina —dijo él al fin, y se puso el sombrero—. Que el plazo no espera por nadie.
Los vecinos subieron a la camioneta sin despedirse. El motor tosió dos veces antes de arrancar, y la camioneta bajó por el camino ancho, donde todavía había huellas de las vacas de don Heriberto.
Catalina contó con los dedos los vecinos que habían firmado. Eran ocho, y en la escuela había niños de casi todas esas casas.
Un carro gris entró al patio por el camino de atrás, despacio. Tenía una llanta que sonaba a clavo, y Catalina lo reconoció antes de que se bajara: era el carro de su hermano, el que él mismo había arreglado tres veces.
Wilson se bajó con un trapo de grasa en la mano. Se limpió los dedos sin mirarlos, como si el trapo fuera lo único que le importaba en el mundo.
—Ya vi la camioneta de don Heriberto en la carretera —dijo—. ¿Qué querían ahora?
—Lo mismo que usted. Que venda.
—Pues yo también vengo por eso, Cata. No es para hablar del café.
Catalina bajó otro escalón y se quedó quieta. Desde la casa no llegaba ningún ruido. Hacía años que Wilson no subía al cafetal en temporada, y ahora bajaba del carro con la misma prisa de siempre.
—Usted no vive aquí, Wilson. Hace cuatro años que no pisa el cafetal.
—Y la mitad es mía igual. Papá nos la dejó a los dos, ¿o no se acuerda?
Wilson tiró el trapo sobre el capó del carro. Se quedó con las manos en las caderas, mirando la casa con cara de cálculo.
—No quiero más deudas ni más matas, Cata. Quiero vender y tener plata para el taller. Hace meses que el taller me está ahogando.
—¿Y el agua?
—¿Qué agua? El agua es de la vereda, no mía.
—El nacimiento queda dentro de La Ceiba —dijo ella—. Si vende la mitad, vende la puerta. Usted lo sabe.
Wilson se pasó la mano por la nuca y miró hacia el guayabo junto al portón. Luego miró la puerta de la casa, como si pensara entrar sin pedir permiso.
—Le doy hasta el sábado, Cata. Me dice que sí o que no. Si no dice nada, vendo a quien me pague.
—¿Y si digo que no?
—Entonces vendo sin usted, y eso lo decide el comprador, no yo.
Una hoja seca del guayabo cayó sobre el capó del carro. Catalina subió los escalones hasta la puerta y apoyó la mano en el marco de madera. Dentro de la casa, la cortina de la sala se movió un poco y volvió a quedarse quieta.
Wilson se quedó en el patio, con las llaves del carro en la mano. Catalina seguía en la puerta de la casa, sin contestarle.