Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

21

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Capítulo 2 · ~5 min

Cumpleaños en abril

El portón chirrió cuando Simón lo empujó con la rodilla. Traía un termo en una mano y la carpeta con las tres páginas en la otra.

Catalina estaba sentada en la gradería, con el delantal de costal amarrado a la cintura. No se levantó.

—Buenos días —dijo Simón, y dejó el termo en el poyo—. Es café de Armenia. Para que no diga que vengo con las manos vacías.

—El café no cambia la firma —respondió ella—. Pero huele bien, se lo reconozco.

Simón se quitó el reloj y lo dejó en el poyo, lejos de la hoja. Desde el cafetal subía olor a tierra mojada y el ruido del agua del nacimiento.

Detrás de Catalina, la puerta de la casa se abrió de golpe. Matías salió con el coco vacío colgado del hombro y el sombrero de paja en la mano.

Se paró en el último escalón y miró a Simón de arriba abajo, como si hiciera un inventario.

Simón vio la mancha café del ojo izquierdo, del tamaño de una lenteja, y apartó la vista antes de que el niño lo notara.

—¿Ya encontró el camino que no tiene nombre? —preguntó Matías.

—Todavía no —respondió Simón—. Por eso vine temprano.

—Yo le enseño por mil pesos. Mi mamá dice que no cobro, pero yo sí cobro.

Simón se rió corto y miró a Catalina. Ella no se rió. Matías se encogió de hombros, contento con el trato.

—¿Y por dónde se baja al nacimiento? —preguntó Simón.

—Por el zanjón. El camino ancho lo tapan las vacas de don Heriberto.

—¿Y quién le enseñó el zanjón?

—Nadie. Mi papá no vive aquí. Ya casi cumplo siete, en abril, el catorce.

Simón hizo la cuenta sin pedírsela a nadie. Abril, seis años atrás. Nueve meses antes de eso, y le dio julio, hace siete años.

Catalina se puso de pie y se metió las manos en los bolsillos del delantal.

—Mati, a la casa —dijo—. Lávese las manos y deje el coco en la cocina.

—Pero si solo le dije la edad.

—Y ya es bastante. Entre.

Matías entró de mala gana, con el coco todavía en el hombro, y dejó la puerta entreabierta. Desde la rendija se veía una mano pequeña apoyada en el marco.

El sombrero había quedado en el escalón. Simón lo recogió con dos dedos y no supo dónde ponerlo.

Simón bajó un escalón y miró el sendero, donde se veían huellas de botas pequeñas en el barro.

Sacó la carpeta de debajo del brazo, la abrió sobre el poyo y escribió en el margen: veintiocho. Faltaban veintiocho días para la firma.

—¿El niño es mío?

Catalina se frotó la palma de la mano con el pulgar. Simón lo vio y lo guardó para después.

—No.

—Se frotó la mano antes de contestar.

—Usted no sabe nada de ese niño.

—Sé sumar, Catalina. Abril, catorce, seis años atrás.

—Sume lo que quiera. La finca no sale en la suma.

Catalina se rió por la nariz, sin ganas, y dio un paso hacia la puerta. Simón miró la casa y la rendija donde ya no estaba la mano del niño.

—Hasta el día 30 vengo todos los días —dijo—. A comprar la finca o a saber la verdad. Lo que llegue primero.

Catalina no respondió enseguida. Se acomodó el delantal y se quedó con la mano en el picaporte.

—Venga a la hora que quiera. El portón chirría, así que lo oigo desde la cocina.

Simón se volvió a poner el reloj sin mirarlo y se quedó en la portada, con la carpeta bajo el brazo.

Catalina subió hasta la puerta y se quedó en el marco, con la mano apoyada en la madera. Adentro, Matías espiaba por la ventana. Simón lo vio antes de que se escondiera.

—¿Siempre cuenta todo así, con el lápiz en la mano? —preguntó Catalina desde el marco.

—Siempre. Así nadie me engaña.

—Pues aquí no hay nada que contar. Ya le dije que no.

Simón guardó el lápiz detrás de la oreja y miró el guayabo junto al portón. La corteza estaba gastada, de tanto que alguien se había recostado ahí.

—Mañana vuelvo a las siete —dijo—. Antes de que empiece a llover.

—Llueve a cualquier hora en El Roble. Venga cuando quiera.

Catalina bajó la mano del picaporte y la cruzó sobre el pecho. No lo miró a los ojos, pero tampoco entró a la casa.

Simón abrió la carpeta otra vez. En la primera hoja estaba la promesa de venta, con los datos de Wilson a mano y la raya de su firma en blanco. Recorrió la línea del precio con el dedo. Los números estaban escritos grandes y claros, y ninguno era una broma.

—Usted firmó algo que no leyó, ¿verdad? —dijo Catalina.

—Leo todo. Por eso estoy aquí.

Catalina no contestó. Se quedó mirando el papel desde el marco, como si pudiera leerlo a esa distancia, y después miró hacia la ventana.

Simón cerró la carpeta y la metió bajo el brazo. Desde la portada se veía la puerta entreabierta, la mano de Catalina apoyada en la madera y la cortina de la sala moviéndose despacio. Matías ya no estaba en la ventana, pero alguien había estado ahí.

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