Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Capítulo 19 · ~5 min

Lo que vendió Simón

—Espere, don Heriberto —dijo Simón desde la puerta del salón.

Todos se volvieron. Simón traía el reloj en el bolsillo, no en la muñeca. Lo había guardado antes de entrar, como hacía cuando iba en serio.

—Usted vota lo que crea —siguió—. El que tiene que explicar algo es él.

Octavio no se levantó. Juntó las manos sobre el vientre y lo miró por encima de los lentes.

—Don Simón, qué sorpresa —dijo Octavio, despacio—. Pensé que ya no le interesaba la vereda.

—Todavía tengo el cuarenta por ciento del hotel —dijo Simón—. Y ese cuarenta sirve para algo.

Había hecho la cuenta sentado en la piedra del carril de los cafetos, con Matías contando plantas en voz alta. De los siete que seguían atados, cuatro querían votar libres. Cada uno tenía la cláusula de treinta millones. Ciento veinte millones en total. Simón no los tenía en efectivo. Los tenía en el papel que Octavio quería comprar.

Matías le había preguntado si se iba. Simón no había contestado entonces. Esa noche ya tenía una respuesta, aunque todavía no sabía cómo decirla.

—Cuatro familias quieren votar libres —dijo Simón—. Usted les cancela la cláusula, y yo le vendo mi parte.

—Me pide que le compre a usted mismo —dijo Octavio—. Eso es un negocio raro.

Simón no sonrió. Puso el reloj sobre la mesa, lejos de la mano, y esperó a que el otro hiciera la cuenta.

—Ciento veinte millones por la cancelación de las cuatro cláusulas, y mi cuarenta queda en garantía de que usted cumple —dijo Simón—. Y sin una sola frase sobre el agua en el contrato.

Octavio dejó pasar un rato largo antes de hablar.

—Mi abogado lo redacta —dijo Octavio—. Y usted lo lee antes de firmar, como debió hacer con la autorización.

Simón no contestó a eso. El hombre del saco gris sacó del maletín tres hojas grapadas y una pluma, y las puso frente a él.

El abogado hablaba con voz de notario, sin subir ni bajar el tono. Simón lo había escuchado otras veces, en otras mesas, y siempre había firmado rápido, sin preguntar nada.

Esta vez leyó cada línea. Se detuvo en el nombre de la empresa, en la fecha y en la palabra concesión, que aparecía dos veces.

—Quiero que diga aquí que los cuatro vecinos quedan libres de la promesa —dijo Simón, y señaló el párrafo con el dedo.

—Ya está dicho —respondió Octavio—. Mañana el abogado les lleva el papel que los libera.

Don Heriberto se puso de pie despacio. Dejó el sombrero sobre la silla y después lo volvió a tomar entre los dedos. Simón lo vio girarlo y recordó que el viejo siempre lo ponía sobre la mesa antes de votar.

—Pues yo quiero que conste —dijo Heriberto—. No firmé para que me paguen a mí, muchacho. Firmé porque creí que el agua no se iba a ir.

—Por eso la plata no sale de la vereda —dijo Simón—. Sale de mi parte.

—Acepto —dijo Octavio—. Un socio que lee los contratos sale caro.

Simón firmó la cesión en la última hoja, después de releer la penúltima. La pluma era barata y se atascaba en la letra S, pero no la cambió.

El cuaderno de actas seguía abierto en la mesa del fondo, con la fecha que Tatiana había escrito. Don Heriberto lo acercó y leyó la pregunta en voz alta, despacio.

—Los que aceptan el lote del Ojo de Agua, que levanten la mano. El que dio don Aurelio en el noventa y ocho.

Las siete manos de antes se levantaron otra vez. Después subieron cuatro más en la tercera fila, las de los vecinos libres. Don Heriberto levantó la suya al final, con el sombrero en la otra mano, aunque su cláusula seguía en pie. Tatiana anotó doce de quince.

—Aceptado —dijo él, y se sentó de nuevo—. Que lo apunte alguien con letra clara.

Simón pensó en la lista de ocho nombres con cruz. Ya no era una lista de miedo, aunque algunos nombres seguían marcados.

Octavio cerró el maletín. Dijo que lo esperaran a las diez en la notaría de Monteloro, aunque el asunto de Simón ya estaba cerrado, y salió al pasillo con el hombre del saco gris.

En el pasillo, Octavio habló con su abogado en voz baja. Simón alcanzó a oír la palabra concesión y después la palabra agua.

Don Heriberto recogió el sombrero con las dos manos. Dijo que iba a casa a contarle a la vereda lo que había firmado, y salió por la puerta del salón.

Wilson apareció en el umbral cuando el viejo todavía estaba en la puerta. Traía la camisa de taller manchada de grasa y un sobre grueso en la mano derecha.

—Vendí el torno del taller y completé con lo que tenía —dijo Wilson, rápido—. Aquí están las arras, cincuenta millones.

—Guárdelas para mañana —dijo Simón—. Se las devuelve usted mismo a Octavio, delante del notario.

Wilson se quedó quieto con el sobre a medio camino. Miró hacia el pasillo, donde Octavio seguía hablando con su abogado.

—¿Y si no las recibe? —preguntó Wilson—. Yo no tengo más plata que esta.

—Entonces queda escrito que usted se las ofreció —dijo Simón—. Eso también cuenta.

Wilson apretó el sobre contra el pecho. Bajó la vista a la mancha de grasa que tenía en el pulgar y la frotó con el otro.

—Mañana no le firmo a Octavio —dijo Wilson—. Le firmo a Matías.

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