Historia Abierta
Portada de La Finca que Falta
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Todas las edades

21

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Capítulo 20 · ~5 min

Nombre en la escritura

Catalina dejó la carpeta azul cerrada sobre la mesa de la notaría, con las dos manos encima.

El notario se puso los lentes y leyó la fecha en voz alta. Eran las diez menos cinco del lunes treinta. Octavio Sarmiento ya estaba sentado frente a él, con las manos juntas sobre el vientre.

—Señor Wilson, la promesa está firmada y el dinero ya se recibió —dijo Octavio, despacio—. Solo falta su nombre en la escritura.

Wilson no se sentó. Se limpió el pulgar con el trapo de grasa que llevaba en el bolsillo de atrás.

—No firmo —dijo Wilson—. Ni hoy ni después.

Wilson puso el sobre en la mesa. Octavio no lo tocó.

—Las arras no se devuelven así, señor Wilson. La promesa sigue en pie —dijo Octavio.

Wilson sacó el trapo otra vez y se limpió el pulgar, aunque ya estaba limpio.

—Mi mitad no se vende. Ni a usted ni a nadie, y menos después de vender el torno.

Octavio miró a Catalina y no dijo nada. Luego juntó las manos de nuevo, como si estuviera contando.

—Señora Peñaloza, usted tiene la otra mitad —dijo Octavio—. Podemos hablar de cifras, de plazos y de lo que vale el agua.

Catalina sacó la copia certificada de la escritura de 1998 y la puso junto al papel de Wilson.

—La mitad mía tampoco se vende —dijo Catalina—. Y el agua de la vereda menos todavía.

—Ese lote no existe para el Estado, señora. No está registrado —dijo Octavio.

El notario levantó la vista y leyó la nota a lápiz al pie de la hoja, la que decía sin registrar.

—Existe para la vereda, y la vereda ya votó —dijo Catalina—. Eso también cuenta.

Antes se frotaba la palma con el pulgar cuando mentía. Esta vez dejó la mano quieta sobre la escritura.

El notario explicó que la Junta podía registrar el lote con el acta de la asamblea, en la oficina de instrumentos públicos de Armenia. Tardaría unas semanas, pero la escritura de 1998 era válida.

Tatiana no estaba en la notaría. Tenía en su carpeta el papel con que Simón había retirado la autorización, y nadie le había pedido todavía que lo soltara.

Wilson salió sin esperar al notario, con el sobre otra vez bajo el brazo y el trapo de grasa colgando del bolsillo de atrás.

Octavio cerró el maletín sin prisa. Se detuvo en la puerta, con la mano en la manija.

—Usted va a perder más que una finca, señora —dijo Octavio—. Va a perder la vereda entera, y eso no lo arregla ningún notario.

Catalina no se movió de la mesa. Miró la firma de su papá, ya gastada por el tiempo.

—La vereda ya sabe lo que vale el agua —respondió Catalina—. Y usted también lo sabe.

—Ya veremos cuánto aguanta una finca sin agua, señora —dijo Octavio, y se puso el sombrero.

—Hasta que la CRQ revise la concesión, don Octavio. Entonces hablamos de paciencia y de plazos.

Octavio salió sin cerrar la puerta del todo. Se oyó su voz en el pasillo, hablando con el abogado.

Catalina cerró la carpeta azul con las dos manos. El ruido del papel sonó más fuerte de lo que esperaba.

Simón seguía junto a la ventana, con el reloj en la mano, y no dijo nada.

Desde el domingo, el cuarenta por ciento del hotel era de Octavio, y Simón no tenía nada más que poner sobre esa mesa.

Afuera, doña Nubia esperaba en la banca de la plaza con el bolso sobre las rodillas y la espalda recta. No miró hacia la notaría.

Catalina le hizo una seña, y ella se levantó despacio.

***

Dos meses después, la mañana calentaba la baranda de madera del mirador de La Ceiba.

El aire olía a tierra húmeda, y en el barranco sonaba el agua del Ojo de Agua.

Desde allí se veían los cafetos de la ladera, uno por uno, con las ramas cargadas de café rojo. Catalina contó la fila de arriba sin pensarlo, como siempre. Cuarenta matas.

Catalina cargaba el libro de cuentas de su papá bajo el brazo y no lo abrió. Simón estaba apoyado en la baranda, con el reloj otra vez en la muñeca.

—El papel del registro llegó —dijo Simón—. El lote ya está a nombre de la Junta.

Catalina lo había leído tres veces en la oficina de Armenia, con el dedo sobre el sello.

—¿Y Octavio? ¿Se quedó con algo, o solo con la concesión? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Sigue con la concesión —dijo Simón—. Pero sin el nacimiento no le sirve de mucho. Octavio tiene un permiso para mirar el agua desde lejos.

Los cuatro vecinos liberados tenían su papel en la mano, con el sello del abogado. Ninguno había vuelto a la finca con camioneta.

—¿Y Wilson? ¿Firmó algo más? —preguntó Catalina.

—Nada todavía —dijo Simón—. El notario no sabe cómo firmar a nombre de un niño de seis años.

Catalina dejó el libro sobre la baranda y lo empujó hacia el centro con la palma.

—Ese niño tiene nombre —dijo ella—. Y no le hace falta un notario para saberlo.

Simón no contestó. Miró hacia el cafetal de abajo, donde los cortadores bajaban con las canastas al hombro.

—Entonces no firmo nada sin decírselo primero, Catalina —dijo Simón—. Se lo prometo.

Por el sendero subía Matías a la carrera, con la camisa mojada de rocío y el sombrero en la mano.

Llegó a la baranda sin aliento y se plantó entre los dos.

—Mamá, ya podemos bajar a desayunar con don Simón —gritó Matías desde el mirador.

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