Capítulo 8 · ~5 min
Codeudor
La puerta roja de Fuego Lucumí estaba abierta, y Arley entró sin golpear después de dieciocho días afuera. Era miércoles 18 de agosto, las once de la mañana. Llevaba en la mano la hoja siete de la demanda, doblada en cuatro.
Eliécer estaba en la tarima con un grupo de señoras, marcando el paso con el bastón contra la madera. Mireya contaba billetes en el mostrador de la entrada. Las dos miradas le cayeron al mismo tiempo.
—Abuelo, necesito dos minutos.
—Estoy en clase.
—Entonces hablo aquí. —Arley levantó la hoja—. Usted firmó la deuda de doña Carmenza. Si rematan, se llevan también esta casa.
Las señoras dejaron de bailar. Una apagó la música sin que nadie se lo pidiera. Mireya cerró la caja registradora con un golpe seco.
—Eso es un asunto de abogados —dijo Mireya—. No de muchachos que se van con el enemigo.
—Tía, no le estoy hablando a usted.
Eliécer bajó de la tarima con cuidado, apoyado en el bastón. Se paró a medio metro de su nieto.
—¿Quieres saber de la deuda? —dijo el viejo—. Esa casa de al lado se la pagué yo con mi firma.
Las señoras se miraron entre ellas. Una agarró su bolso del piso y no se movió.
—Y su hijo me robó a mi hija —siguió Eliécer—. Ahora tú les bailas gratis.
—No les bailo gratis. Si ganamos, pagamos la deuda. Su mitad también.
Arley sintió las caras de las señoras encima. Mireya había salido de detrás del mostrador.
El viejo dio un paso más, hasta quedar debajo del bombillo de la entrada.
—Mi mitad la pago con lo que yo quiera. —Eliécer le quitó la hoja de la mano, la arrugó y la tiró al piso—. Tú no eres nadie para cobrarme. Ni tu papá fue nadie.
***
Arley no contestó. Se agachó, recogió la hoja arrugada y salió por la puerta roja. No dio un portazo. Caminó tres metros por la acera y entró por el callejón, al salón de atrás.
Yuliana lo había oído todo desde el patio. La pared de 2005 era de ladrillo delgado y no tapaba ni las voces ni la música.
—¿Eso fue todo? —le dijo cuando él entró—. ¿Le dijo que su papá no era nadie y usted se fue?
—No iba a pelear delante de las señoras.
—No iba a pelear delante de nadie. Usted nunca pelea. Se ríe, o se va.
—Y usted pelea con todo el mundo. Así le va.
—Así me va porque nadie en su casa dice la verdad. Su abuelo sabía del embargo y se calló. Y usted los defiende.
—Yo no los defiendo.
—Los defiende cada vez que no les dice nada.
Arley tiró la hoja arrugada sobre el colchón. Se quedó de espaldas, mirando la pared nueva.
***
Estuvieron sin hablarse media hora. Del otro lado de la pared volvió la música de la clase, un bolero lento. La voz de Eliécer contaba los tiempos, tranquila, igual que siempre.
Yuliana pensó en su papá. Harold también se había ido de una discusión sin contestar, la noche de la Feria, según la abuela. Nunca supo si eso era valentía o cobardía. Ella revisaba el celular sentada en una caja. Él hacía flexiones en el piso, una tras otra, hasta que le temblaron los brazos.
Al final fue él quien habló, todavía en el piso.
—Si seguimos peleando por 2004, perdemos el 24 de septiembre.
—Mi abuela dice que fue su tía. Su abuelo dice que fue mi papá.
—Y ninguno de los dos estaba en el parqueadero a las dos de la mañana. —Arley se sentó—. Hagamos un trato. Nadie culpa a nadie por esa noche hasta que sepamos algo de verdad.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto averiguamos quién es Charco Azul.
Yuliana lo pensó. Luego le dio la mano, como en la bodega. Él se la apretó, todavía sudado.
***
El registro de empresas estaba en internet. Yuliana escribió el nombre en la página, con Arley mirando por encima de su hombro. Salió una sola sociedad: Inversiones Charco Azul S.A.S., creada en abril de 2025, en Cali.
—Un mes antes de comprar la deuda —dijo Arley.
—Y se creó para eso. Mire: no tiene empleados, no vende nada. Solo existe.
El representante legal era un abogado, Julio Cuero. La dirección de la empresa era un apartamento en Ciudad Jardín, el barrio de los ricos del sur. El número no le dijo nada a ninguno de los dos. Hollman se había mudado en abril y nadie de la familia conocía todavía el apartamento.
—Julio Cuero —repitió Yuliana—. Nunca había oído ese nombre.
—Yo tampoco. Y en Juanchito todo el mundo se conoce.
Ella anotó la dirección completa en un papel y lo dobló dentro de la funda del celular. Pensaba ir el lunes, aunque no sabía a qué.
Tocar el timbre y preguntar por el dueño de su casa le parecía ridículo. Quedarse quieta le parecía peor. Arley buscó al abogado en redes. Tenía una foto de perfil con corbata y ninguna publicación.
***
A las ocho de la noche, mientras ensayaban la segunda cargada, alguien golpeó la puerta principal de Sabor Riascos. Carmenza abrió. Yuliana oyó la voz de su tío Hollman y salió al pasillo para saludarlo.
Hollman venía con su guayabera azul y su carpeta de cuero. Detrás de él había un hombre de corbata, delgado, con un maletín. Yuliana lo reconoció por la foto del celular antes de que dijera una palabra.
—Mamá, siéntese, por favor —dijo Hollman—. Traigo buenas noticias.
—¿Quién es el señor? —preguntó Carmenza.
—Es el doctor Julio Cuero. —Hollman le puso la mano en el hombro a su mamá—. Conozco al dueño de la deuda, mamá. Yo le voy a ayudar.
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