Historia Abierta
Portada de La Pareja que Mi Familia Odia
  • 20 capítulos
  • 38 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 7 · ~5 min

La copa perdida

Treinta millones en efectivo y una copa de plata de cuarenta centímetros habían desaparecido de un carro en la Feria de 2004. En casa de los Riascos, eso era todo lo que se decía de esa noche. El lunes 16 de agosto, Yuliana puso la foto sobre la mesa del desayuno y pidió el resto.

Carmenza la miró un buen rato sin tocarla. Luego se quitó las gafas y las limpió con el delantal.

—¿De dónde sacaste eso?

—De las cajas de mi papá. Usted nunca me dijo que él bailaba con Mireya Lucumí.

—Porque desde esa noche no se nombra en esta casa.

—Mireya dice que mi papá se robó su copa. Me lo dijo el sábado, en la calle.

La abuela dejó las gafas en la mesa. Se sirvió café, aunque ya tenía la taza llena.

—Ganaron la Copa Juanchito el 25 de diciembre —dijo Carmenza—. Tu papá y ella. La mejor pareja que ha tenido este barrio. Esa noche guardaron la copa y la plata en el baúl del carro de Harold, en el parqueadero de la caseta.

—¿Y?

—Y a las dos de la mañana el baúl estaba abierto y vacío. Sin un rayón en la chapa.

Carmenza tomó la foto por fin. Le pasó el dedo por encima a la cara de su hijo, sin tocar la de Mireya.

—Eliécer dijo que Harold se había quedado con todo —siguió—. Yo dije que Mireya tenía otra llave del carro. Nos gritamos delante de media Feria.

***

La parte de la plata Yuliana no la sabía. La abuela la contó mirando el limonero del patio.

En marzo de ese año, las dos familias habían decidido construir un salón de eventos compartido, detrás de las dos casas. Carmenza hipotecó su casa por cuarenta millones en una cooperativa. Eliécer firmó como codeudor, que era como decir que respondía por la deuda si ella no pagaba.

—Íbamos a pagar mitad y mitad —dijo Carmenza—. Con lo de la Copa pagábamos casi todo.

—¿Y después?

—Después de esa noche, Eliécer no volvió a pagar un peso. Levantamos la pared en 2005. Y yo pagué sola diecinueve años.

—Abue, ¿por qué nunca lo demandó?

—Porque era mi compadre. —Carmenza se levantó con la taza—. Era el padrino de tu papá. Uno no demanda al padrino de su hijo muerto.

Yuliana se quedó con la foto en la mano. Harold sonreía con toda la cara. Mireya también. No parecían dos personas que se fueran a robar.

***

Arley esperó a su abuelo en la orilla del río, donde Eliécer caminaba todos los lunes a las seis de la tarde con su bastón. Llevaba dieciséis días sin hablarle. Cuando lo vio, el viejo no se detuvo.

—Abuelo, necesito saber qué pasó con la Copa.

—Lo que pasó es que Harold Riascos se quedó con la plata de mi hija. Y su mamá lo tapó.

—Mi tía dice lo mismo.

—Porque es la verdad. —Eliécer siguió caminando—. ¿Para eso me buscaste? ¿Para que te cuente lo que ya sabes?

—Para pedirle que vuelva a hablar con doña Carmenza. Están a punto de rematarle la casa.

Eliécer se detuvo. Clavó el bastón en el barro. No lo miró.

—Eso no es problema mío.

—Ella dice que usted firmó la deuda con ella.

—Vete a tu casa nueva, Arley.

El viejo dio media vuelta y siguió por la orilla. Arley se quedó quieto, viendo cómo se alejaba el sombrero blanco. Su abuelo nunca esquivaba una pregunta. Esta la había esquivado dos veces.

Arley volvió a Juanchito caminando por la carretera, con los tenis llenos de barro. Pasó frente a la puerta roja sin mirarla. En la ventana de arriba, la de la oficina, había luz, y la silueta de su tía hablando por teléfono.

***

Esa noche, en el salón de atrás, Yuliana desdobló encima del colchón la copia completa de la demanda. La había pedido en el juzgado de Candelaria esa misma tarde. Eran veintidós hojas que nadie en la casa había leído enteras.

—Su abuelo no quiso hablar —dijo Arley—. Y él siempre habla. Aunque sea para regañar.

—A lo mejor no puede.

Ella le pasó la hoja cuatro. Ahí estaba la lista de demandados, en letras de máquina. El primero era Carmenza Riascos, como deudora. El segundo era Eliécer Lucumí, como codeudor.

Arley leyó la hoja siete sin decir una palabra. Luego la leyó otra vez, moviendo los labios.

Afuera, en el patio, el ventilador del vecino zumbaba contra la pared. Yuliana esperó a que él llegara solo a la misma línea donde ella se había quedado fría en el juzgado.

—Aquí dice que embargaron dos lotes —dijo él—. El de esta casa. Y el de la mía.

—Si rematan, no pierdo solo yo. Su abuelo pierde Fuego Lucumí.

—Él lo sabe. Por eso no habla.

—Lo sabe desde que le llegó el papel, hace tres semanas. —Yuliana le señaló la fecha del sello—. Y prefirió echarlo a usted antes que contarlo.

Arley se sentó en el colchón, con la hoja en las rodillas. Se tronó un solo dedo, el pulgar, y lo dejó así. Ya no era una competencia de dos familias. Eran dos casas pegadas, con la misma fecha de remate.

Yuliana siguió pasando hojas, buscando el nombre del banco o de la cooperativa. No estaba. En la hoja diecinueve había un documento con sello de notaría, de mayo de 2025.

Lo leyó dos veces antes de entenderlo. Era una venta de cartera: la cooperativa le había vendido el derecho a cobrar. El precio estaba escrito en números y en letras.

—La deuda ya no es de la cooperativa —dijo—. Se la vendieron en 2025 a una empresa que se llama Charco Azul.

—¿Por cuánto?

—Por treinta millones. Alguien pagó treinta para cobrarnos ochenta y seis.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:18

Siguiente lectura