Historia Abierta
Portada de La Pareja que Mi Familia Odia
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Capítulo 6 · ~5 min

Prueba en público

—Si nos pitan, nos vamos. Si nos aplauden, también nos vamos —dijo Yuliana en la entrada—. Una canción y ya.

—Una canción no sirve. Los jueces no se impresionan con una canción.

—Aquí no hay jueces. Hay borrachos con celular.

La salsoteca El Remolino quedaba en la avenida principal de Juanchito, a seis cuadras de las dos academias. Era sábado 14 de agosto, casi medianoche, y la pista estaba llena. La foto de 2004 seguía en la mochila de Yuliana, envuelta en una bolsa plástica.

Llevaban seis días sin hablar de ella. Arley decía que su tía nunca había contado que bailó con Harold. Yuliana decía que su abuela tampoco. Habían acordado preguntar después de la prueba, cuando supieran si la pareja servía.

***

El DJ los reconoció. Bajó la música, dijo sus nombres por el micrófono y el lugar se partió en dos. Los de Fuego Lucumí silbaron. Los de Sabor Riascos también. Nadie aplaudió.

—Suave, que esto es salsa —dijo Arley, casi al oído, y le apretó la mano.

—Si me suelta en la segunda cargada, lo mato aquí mismo.

—No la suelto.

Sonó la canción que habían escogido, un tema viejo de Grupo Niche. Yuliana contó el primer tiempo con los ojos cerrados. Cuando los abrió, ya estaban bailando.

La entrada de pie rápido salió limpia. La primera cargada, también. La gente dejó de silbar en la segunda, y en la tercera empezó a gritar. Al final, cuando Arley soltó las ocho vueltas, todo El Remolino estaba de pie con los celulares arriba.

Él terminó la octava frente a ella, sin moverse del centro. Yuliana le puso la mano en el pecho para cerrar. Sintió el corazón de él golpeando contra su palma.

***

Salieron por la puerta de atrás, al parqueadero, para tomar aire. Él traía dos aguas y ella traía los zapatos en la mano. Por la ventana se oía al DJ repitiendo «la pareja 37» con voz de narrador de fútbol.

—¿Vio la cara del dueño? —dijo Arley—. Nos quiere contratar todos los sábados.

—Nos quiere hasta que se le acabe la novedad.

—Usted no le cree a nadie.

—No.

Se sentaron en el bordillo, al lado de una moto. Arley tomó agua con los ojos en la carretera.

Tenía la camiseta pegada al cuerpo y el raspón del codo ya casi cerrado.

—Mi papá me llevaba a bailar aquí cuando yo tenía siete años —dijo él—. Me paraba en una silla para que viera la pista.

—¿Ancízar?

—Usted sabe su nombre.

—Todo Juanchito sabe su nombre. Se fue a España.

—En 2008. Yo tenía ocho años.

Arley dejó la botella en el piso y se limpió las manos en el pantalón. Un taxi entró al parqueadero, dio la vuelta y volvió a salir.

Yuliana esperó. Esta vez no tuvo afán de decir algo para llenar la pausa.

—Dijo que volvía en Navidad —siguió él—. No ha vuelto ninguna Navidad.

Yuliana no le dijo que lo sentía. Le pasó la mitad de su agua, aunque él ya tenía la suya. Él la recibió.

—Por eso quiere ganar —dijo ella—. Para que él lo vea.

—Por eso quiero ganar. Para que alguien en mi casa diga «bien hecho» una vez.

Se quedaron callados. La música de adentro cambió a un bolero. Arley se volteó hacia ella, muy cerca, y Yuliana vio la cicatriz fina que le cortaba la ceja izquierda. No se movió. Él tampoco.

Arley se acercó un poco más. Ella cerró los ojos.

—Si me besa, me tiene que pagar la mitad del premio —dijo él de pronto, riéndose.

Yuliana abrió los ojos. Él ya se había echado para atrás, con la risa puesta como una gorra.

—Usted es un payaso.

—Un payaso que la hizo ganar hoy.

—Hoy no ganamos nada. —Ella se levantó del bordillo—. Y la regla sigue siendo la misma. Nada de coqueteo.

—Usted cerró los ojos primero.

—Tenía sueño.

Ella se puso los zapatos de calle sin amarrarlos. Se le notaba en la cara que no tenía sueño. Él lo vio y no dijo nada más, y eso fue peor.

***

A la una de la mañana, los videos ya estaban en todas partes. Stiven le mandó a Yuliana uno con cuarenta mil vistas y un mensaje: «Prima, ya no es un secreto. Es un fenómeno». Los grupos de las dos academias estaban llenos de comentarios. Algunos decían traición. Otros pedían la canción.

Yuliana guardó el celular. Caminaron juntos hasta la esquina del parqueadero. Ahí estaba parqueado un carro gris con las luces apagadas.

La puerta del conductor se abrió. Bajó una mujer alta, de blusa negra, uñas rojas larguísimas y un lunar encima del labio. Tenía unas gafas de leer colgadas de una cadena. Yuliana la reconoció de la foto, veintitrés años más vieja.

—Bonito baile —dijo Mireya Lucumí—. Lo vi tres veces en el celular.

—Tía, ahora no —dijo Arley.

—Ahora sí. Ya que tu abuelo no te habla, alguien tiene que hablarte.

—Usted bailaba con mi papá —dijo Yuliana—. Tengo la foto.

—Bailaba con él. Hasta la noche en que se llevó mi copa y mi plata.

—Mi papá no se robó nada.

—Tu papá está muerto, niña. Ya no puede decir ni que sí ni que no.

Mireya miró a Yuliana de arriba abajo, sin ninguna prisa. Luego volvió a mirar a su sobrino.

—Tu papá también le creyó a un Riascos —dijo Mireya—, y mira dónde terminó.

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