Capítulo 5 · ~5 min
El salón de atrás
El salón de atrás tenía un colchón en el piso y un ventilador que sonaba como licuadora. Su pared del fondo era de 2005 y tapaba la vieja puerta al patio de los Lucumí. Arley llevaba ocho noches durmiendo ahí. Yuliana llevaba ocho noches mintiendo.
Ensayaban de once a una de la madrugada, con la música bajita y una toalla debajo de la puerta. El número del video ya no contestaba. Nadie había vuelto a escribir en los grupos. Eso a Yuliana la tenía más nerviosa que la amenaza.
El domingo 8 de agosto, a las nueve de la mañana, Stiven entró al patio a buscar un parlante viejo. Abrió la puerta del salón sin golpear. Arley estaba en el colchón, sin camiseta, comiendo pan con mantequilla.
Stiven se quedó con la mano en la manija. Luego sacó el celular.
—No, no, no —dijo Yuliana, que venía detrás con el café—. Guarda eso.
—¿El Lucumí vive en nuestro patio? —Stiven se rió tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared—. Esto vale oro.
—Esto no vale nada si lo cuentas.
—Todo tiene precio, prima. —Stiven miró a Arley—. Quiero aprender las ocho vueltas. Gratis.
—Le enseño cuatro —dijo Arley, y se puso la camiseta—. Las otras cuatro, si no habla.
—Seis.
—Cinco, y me baja el volumen de esa consola los domingos.
Stiven los saludó a los dos de mano. Yuliana se la apretó tan fuerte que él se quejó.
***
El trato duró dos horas.
A las once, Carmenza bajó al patio con un balde de ropa mojada. Los domingos colgaba las sábanas al sol, entre el limonero y la pared del salón. Yuliana no lo había pensado. En ocho días, la abuela nunca había bajado de mañana.
Arley estaba en el lavadero, enjuagando una olla. Carmenza lo vio y soltó el balde. Las sábanas cayeron al piso de cemento.
—¿Qué hace este muchacho en mi casa?
—Abue, déjame explicarte.
—No me expliques. Te pregunté a él.
Arley cerró la llave. Se secó las manos en el pantalón y se quedó de pie frente a ella, sin bajar la cara.
—Mi abuelo me echó el sábado pasado, doña Carmenza. No tenía dónde dormir. Yuliana me prestó el salón.
—¿Hace ocho días?
—Ocho noches.
Carmenza miró a su nieta. Yuliana esperó el grito. Esperó la escoba, la maleta en la calle, la voz de la abuela por todo el barrio.
La abuela se agachó con cuidado de sus rodillas y recogió una sábana del piso. La sacudió. Luego otra.
—Eliécer hace con su nieto lo mismo que le hizo su papá a él, en el 68 —dijo Carmenza—. Lo echó a la calle por bailar en vez de cortar caña. Y aquí lo recibimos.
—¿Aquí? —preguntó Yuliana.
—Aquí. Tu bisabuelo le dio comida tres meses.
Carmenza le pasó una sábana a Arley y le señaló la cuerda con la barbilla.
—Cuélguela —dijo—. Y que no me entere yo de que se metió a mi cocina.
—Le puedo pagar un arriendo, doña Carmenza.
—Usted me paga ganando. Si pierde, se va el mismo día.
***
A las dos de la tarde, Arley estaba metido en la cocina.
Había ido a la galería con plata de su bolsillo y volvió con yuca, plátano, mazorca y una gallina. Hizo un sancocho en la olla grande de la abuela. Carmenza se sentó en la mesa con los brazos cruzados, vigilando cada cucharada de sal.
—Le falta cilantro cimarrón —dijo ella.
—Ya se lo eché, doña Carmenza.
—Le falta más.
Arley le echó más. Carmenza probó, se quedó callada y se sirvió un segundo plato. Stiven comía de pie, grabándolo todo para él solo. Yuliana miraba a Arley secarse el sudor con el brazo, en su cocina, con el delantal de su papá.
Se dio cuenta de que le gustaba verlo ahí. Dejó la cuchara en el plato con un golpe.
—Tenemos que ensayar —dijo, y se levantó de la mesa.
—Ya voy —dijo Arley—. Déjeme lavar la olla.
—La olla la lava Stiven. Es parte del trato.
—Eso no era parte del trato —se quejó Stiven.
—Ahora sí.
***
Para ensayar de día necesitaban más espacio. Arley propuso correr las cajas del fondo del salón, las que nadie tocaba desde 2005. Eran seis cajas de cartón, húmedas, con la letra de Harold Riascos en marcador negro.
—Eran de mi papá —dijo Yuliana—. Nunca las abrí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que se murió. Un martes de 2019, dando la clase de las seis. Se agarró el pecho en la mitad de un son y no se levantó más.
Arley no dijo que lo sentía. Se quedó mirando las cajas con la letra de Harold, como si leyera un nombre en una lápida. Ella le agradeció en silencio que no dijera nada.
—¿Las movemos o no?
—Muévalas. Pero no las abra.
Él cargó la primera. El fondo estaba podrido y se rompió en el aire. Cayeron trofeos pequeños, medallas, un par de zapatos de hombre, recibos y fotos sueltas.
Yuliana se agachó a recoger. Arley se agachó también. Los dos alcanzaron la misma foto al mismo tiempo y ninguno la soltó.
Era una foto grande, de la Feria de Cali de 2004, con la fecha impresa en la esquina. En la tarima de una caseta, bajo un letrero de luces, dos bailarines levantaban una copa de plata. El hombre era Harold Riascos, con treinta y dos años y la camisa abierta.
La mujer, abrazada a él, con un vestido rojo y la boca pintada, era Mireya Lucumí.