Capítulo 4 · ~6 min
Inscritos a las cinco
Dos mentiras habían bastado para llegar vivos al sábado. La de Yuliana, en la cocina, el jueves a medianoche: «Fue una prueba, Abue, y salió mal». La de Arley, en su casa, a la misma hora: «Era un ensayo para un video, nada más».
El sábado 31 de julio, a mediodía, llegó el tío Hollman con una bolsa de pandebonos, como todos los sábados. Hollman Riascos tenía cincuenta y dos años, gafas rectangulares y una carpeta de cuero siempre bajo el brazo. Era el contador de la familia y el único que nunca levantaba la voz.
—Supe lo del papel de la puerta —dijo Hollman, y le dio un beso en la frente a su mamá—. Ochenta y seis millones. Qué barbaridad.
—Los voy a pagar con el Mundial —dijo Yuliana.
—Ojalá, mija. Ojalá.
Las inscripciones cerraban a las cinco. Yuliana puso el formulario sobre el mantel del comedor. La hoja pedía la firma de la directora de la academia, y la directora estaba pelando plátanos.
—Firme aquí, Abue. Es para el Mundial.
—¿Ya tienes pareja?
—Casi. El nombre lo pongo en la oficina.
Carmenza se limpió las manos en el delantal y firmó sin leer. Firmaba igual desde hacía cuarenta años: una C grande, una R pegada y una raya larga debajo. Luego volvió a la cocina, porque el arroz se estaba pegando.
Yuliana subió a su cuarto por la mochila y la carpeta del festival. Dejó la hoja abierta en la mesa, para que se secara la tinta. Hollman se sentó al lado, a servirse el café. Stiven, en la esquina, grababa un video para TikTok con los audífonos puestos. Nadie miró al tío.
Cuando ella bajó, cinco minutos después, el formulario seguía en su sitio. Lo dobló en cuatro y lo guardó en la mochila.
***
La oficina del festival quedaba en el centro de Cali. Yuliana llegó a las cuatro y diez. Arley la esperaba en la fila, con gorra y gafas oscuras, como si eso lo hiciera invisible en una fila llena de bailarines.
—Media ciudad me ha reconocido —dijo él—. La otra media la reconoció a usted.
—Entonces que se acostumbren.
La señora de la ventanilla revisó la hoja con calma. Leyó el nombre de la academia, el de la directora, la firma. Luego leyó los nombres de la pareja y levantó la vista.
—¿Arley Lucumí por Sabor Riascos?
—Sí, señora —dijo él.
—Usted siempre ha bailado por Fuego Lucumí.
—Cambié de academia.
—El reglamento dice que la pareja representa una sola escuela. Si alguien pone una queja, la revisan.
—Que la revisen —dijo Yuliana—. Él ensaya conmigo.
La señora selló la hoja a las cuatro y cincuenta y dos. Les dio un número: el 37. Arley lo miró y se rió solo, sin explicar por qué.
Salieron sin mirarse. En la puerta, dos bailarinas de otra academia les tomaron una foto y se fueron cuchicheando.
—¿Qué le da risa? —preguntó ella en la calle.
—Que acabo de dejar mi academia por una hoja. Y mi abuelo todavía no sabe.
—¿No le contó?
—Le iba a contar esta noche. Con calma.
Yuliana se detuvo en la acera. Había creído que él, por lo menos, había hablado en su casa.
—Usted no le cuenta nada a nadie. Solo sonríe y se va.
—Mire quién habla. Su abuela firmó sin saber.
Ella no tuvo cómo responder. Tomaron buses distintos de regreso a Juanchito.
***
A las siete de la noche, el festival publicó la lista de inscritos en sus redes. A las siete y cinco, la calle entera la había leído. Pareja 37: Yuliana Riascos y Arley Lucumí, academia Sabor Riascos.
Yuliana oyó los gritos desde la cocina. Salió a la acera con el delantal de la abuela todavía en la mano. Frente a la puerta roja, Eliécer Lucumí estaba de pie con su bastón de madera y su sombrero blanco. Tenía setenta y cuatro años y la espalda recta de los que bailaron toda la vida.
Arley llegaba por la esquina, con el morral al hombro.
—Me mentiste en mi propia casa —dijo Eliécer. No gritó. Lo dijo bajo, para que se oyera mejor—. Te fuiste con ellos.
—Abuelo, es un concurso. Nada más.
—Es mi apellido en la camiseta de los Riascos. Coge tus cosas y vete.
—Abuelo…
—De esta casa y de esta academia. Hoy.
Los vecinos miraban desde las ventanas. Una señora grababa con el celular. Arley no discutió. Se quedó quieto un momento, se tronó los dedos y entró a sacar sus cosas.
Detrás de Yuliana sonaron las chancletas de Carmenza. La abuela tenía el celular en la mano, con la lista en la pantalla.
—Me hiciste firmar eso —dijo Carmenza—. Me hiciste firmar a un Lucumí.
—Abue, es la única forma de pagar la casa.
—La casa la pago yo. Y a ese muchacho no lo quiero en mi puerta.
La abuela entró y cerró la puerta amarilla. Yuliana se quedó afuera, sola con el delantal.
***
Arley salió veinte minutos después con dos maletas, el parlante y una bolsa de zapatos. Puso todo en la acera, al lado de un poste. No tenía a dónde ir. Su mamá vivía en Bogotá con otra familia, y su papá estaba en España desde 2008.
Yuliana cruzó los tres metros que separaban las dos puertas. Nunca los había cruzado de noche.
—¿Dónde va a dormir? —preguntó.
—Donde el amigo de la bodega. Con el olor a pescado.
—Eso queda a diez minutos. Y no tiene baño.
—Tiene río.
Ella se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sacó un llavero viejo con una llave de bronce. Era la llave del salón de atrás, al fondo del patio, el que nadie usaba desde que levantaron la pared.
—Hay un colchón y un baño. Entra por el callejón, no por la puerta.
—¿Y su abuela?
—Mi abuela no va al patio de noche. —Yuliana le puso la llave en la mano—. Es solo hasta el Mundial.
No le dijo cuándo pensaba contárselo a la abuela. Tampoco lo sabía.