Historia Abierta
Portada de La Pareja que Mi Familia Odia
  • 20 capítulos
  • 38 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 3 · ~5 min

Ensayo a escondidas

La moto de Stiven frenó en el barro, a veinte metros de la bodega, y Yuliana se bajó antes de que apagara el motor. Era jueves 29 de julio, y llovía desde la tarde. Su moto estaba en el taller y Arley no podía recogerla en Juanchito sin que todo el barrio lo viera.

—¿Aquí ensayas? —preguntó Stiven, y se quitó el casco—. Esto huele a pescado muerto.

—Aquí no hay nadie que me distraiga. Vete ya.

—¿Y con quién ensayas? Porque sola no se baila en pareja.

—Con un espejo imaginario. Vete, Stiven.

Él se puso los audífonos y arrancó, riéndose. Yuliana esperó a que la luz de la moto se perdiera en la carretera. Solo entonces golpeó la puerta de lata.

***

Arley tenía la coreografía escrita en una hoja, con flechas y números. La pegó con cinta en una columna. Eran tres minutos de salsa con seis cargadas, una tras otra, como la que había hecho con Jénnifer el año pasado.

—Esta rutina quedó segunda en 2026 —dijo él—. Con usted puede quedar primera.

—Esta rutina es de Jénnifer. Yo no soy Jénnifer.

—Por eso la vamos a ajustar. Poquito.

—Usted no quiere ajustar nada. Usted quiere que yo la copie.

Él no contestó. Puso la música y contó en voz alta. Ella siguió sus marcas durante dos pasadas completas, sin quejarse, y se tragó cada corrección. Él le tocaba la espalda para indicarle el giro, aunque ella sabía de sobra dónde quedaba la izquierda.

En la tercera pasada, Yuliana cambió la entrada de la segunda cargada. No le avisó. Lo hizo como lo hacía en su academia, con un salto corto antes del tiempo, para caer justo en la clave.

Arley no la esperaba. La levantó tarde, perdió el equilibrio y los dos cayeron sobre el cemento. Él quedó de espaldas. Ella le cayó encima con un codo en las costillas.

—¿Qué fue eso? —dijo él, sin aire.

—Así entra mejor. Más limpio.

—¡Me tenía que avisar! Casi me parte la espalda.

—Si le aviso, me dice que no.

Arley se dejó caer sentado en el piso. Tenía la camiseta mojada de aceite y un raspón en el codo. Yuliana se levantó, fue por el agua y se la tiró a las manos.

***

Pelearon veinte minutos, cada uno en una punta del cuadrado amarillo.

—En una pareja manda el que lleva —dijo Arley—. Así es en todas partes.

—Manda el que oye la música. Usted baila como si la orquesta fuera una alarma.

—Y usted baila sola, aunque tenga a alguien al lado. No confía en nadie.

—Eso no es asunto suyo.

—Es asunto mío si me cae encima en la final.

Yuliana abrió la boca y la volvió a cerrar. Se quedó mirando el raspón del codo de él.

Al final, Arley arrancó la hoja de la columna y la rompió en dos.

—Listo. Su academia, su manera. ¿Qué propone?

—Salsa caleña, de pie rápido. Nada de copiar a los de Nueva York. Cuatro cargadas, no seis, pero limpias.

—Los jueces quieren cargadas.

—Los jueces quieren algo que no han visto. Y usted tiene una cosa que nadie tiene.

—¿Mi cara bonita?

—Sus vueltas. Ocho seguidas, sin perder el centro. Las dejamos para el final, cuando el público ya esté de pie.

Arley la miró. Luego se rió por primera vez esa noche. Se levantó y le ofreció la mano, con el raspón todavía sangrando un poco.

***

Armaron la entrada hasta las once y media. Ella contaba y él probaba. Él proponía y ella cortaba. Cada vez que Yuliana iba a cambiar algo, ahora lo decía antes, con una sola palabra. No le gustaba hacerlo, pero el codo de él seguía rojo.

A las once y cuarenta, la canción terminó con los dos de frente, quietos y sin aire. Fue la primera pasada completa sin un error. Arley levantó la mano para chocarla. Ella dudó, y la chocó.

—Esto gana —dijo él.

—Esto pasa la clasificatoria. Ganar es otra cosa.

—Usted nunca está contenta.

—Contenta voy a estar el 24 de septiembre, a las diez de la mañana, cuando no rematen mi casa.

Él apagó el parlante. Afuera había dejado de llover, y por el techo de lata se oía el agua que todavía bajaba. Yuliana se cambió los zapatos y guardó los de baile en la mochila, con los cordones amarrados entre sí.

Iba a pedir un taxi cuando le vibró el celular. Luego otra vez. Luego tantas veces seguidas que pensó que se le iba a apagar.

Era el grupo de WhatsApp de Sabor Riascos, el de alumnos y familia. Alguien había mandado un video desde un número que ella no tenía guardado. Arley sacó su celular. A él le pasaba lo mismo, en el grupo de Fuego Lucumí.

El video duraba quince segundos. Se veía la bodega desde una ventana sucia, de noche. Se veía a Yuliana en brazos de Arley, en la última cargada, con la luz amarilla del bombillo.

Debajo del video había una sola línea, en los dos grupos al mismo tiempo.

«Si se inscriben, se acaban las dos academias.»

—Ese video es de hoy —dijo Arley—. Mire la cinta del piso.

—Alguien estaba en esa ventana. Hace una hora.

Yuliana corrió a la ventana de atrás. Afuera solo había barro, una lancha volteada y huellas de zapato que se perdían hacia la carretera.

El celular siguió vibrando en su mano. Era la abuela, llamando por tercera vez. En la pantalla de Arley apareció otro nombre: Eliécer.

—Si contestamos, se acaba todo antes del sábado —dijo él.

—Si no contestamos, también.

Los dos celulares sonaban al mismo tiempo. Ninguno de los dos contestó.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:10

Siguiente lectura