Historia Abierta
Portada de La Pareja que Mi Familia Odia
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Capítulo 2 · ~5 min

Cincuenta millones

—Si acepto, hay reglas —dijo Yuliana, todavía con la escoba en la mano—. Y las pongo yo.

Arley levantó las dos manos, como un ladrón que se entrega. Seguía en la puerta, sin un pie adentro. Ella no lo invitó a pasar.

—Diga.

—El premio completo es para mí. El título es para usted. Ensayamos donde nadie nos vea, y nadie se entera hasta el sábado.

—Trato. ¿Algo más?

—Nada de coqueteo. Usted es un Lucumí. Eso no se me olvida bailando.

—Tranquila. Yo tampoco me olvido de que usted no da la mano.

Él se fue sin despedirse. Yuliana cerró con llave y se quedó mirando la puerta. Arriba, el televisor de la abuela seguía con el noticiero.

***

El martes 27 de julio amaneció con el aviso en la cocina. A las siete de la mañana, Carmenza ya lo tenía pegado en la nevera con un imán de la Feria. Al lado había una lista de números de teléfono escrita a mano. Eran los alumnos viejos, los que alguna vez le habían debido una mensualidad.

—Voy a cobrar todo lo que me deben desde 2010 —dijo la abuela—. Algo sale.

—Abue, eso no llega ni a dos millones.

—Algo es algo. ¿Y tú qué vas a hacer?

Yuliana sirvió el café para no mirarla. Había pensado la mentira toda la noche, y aun así le salió torcida.

—Voy a ensayar sola para el Mundial. Mientras consigo pareja. Necesito las noches libres.

—¿Y las clases de la noche?

—Se las paso a Stiven. Él sabe contar.

—Stiven sabe poner música. Contar es otra cosa.

Las clases de la noche eran de adultos, tres veces por semana. Eran casi la mitad de lo que entraba a la casa. Y eran de ella, desde que su papá había muerto en 2019. Yuliana tomó el café de pie y salió antes de que la abuela preguntara dónde iba a ensayar.

A media mañana llamó a su primo. Stiven Riascos tenía diecinueve años, unos audífonos blancos siempre en el cuello y cero ganas de dar clases.

—¿Me vas a pagar? —preguntó Stiven.

—Te pago con lo que entre. Y no le dices a nadie dónde estoy.

—¿Y dónde vas a estar?

—Por eso. Para que no le digas a nadie.

***

La bodega quedaba a la orilla del río Cauca, a diez minutos de Juanchito. Era de un amigo de Arley que arreglaba lanchas. Olía a gasolina y a pescado, y el piso de cemento tenía manchas de aceite.

Yuliana llegó a las ocho de la noche. Arley ya estaba ahí, con un parlante pequeño y dos botellas de agua. Había barrido un cuadrado del tamaño de una tarima y lo había marcado con cinta amarilla.

—¿Aquí vamos a ensayar? —preguntó ella.

—Aquí no viene nadie. Ni su abuela ni mi abuelo. Ni los chismosos del barrio.

—Si me resbalo en ese aceite, usted paga la clínica.

—Ya barrí dos veces. —Arley se tronó los dedos—. ¿Empezamos o seguimos poniendo reglas?

Ella dejó la mochila en una caja de madera. Él puso la música, un tema rápido de Richie Ray, y le tendió la mano. Yuliana tardó un segundo en tomarla.

Bailaron cuarenta minutos sin hablar. Él llevaba bien, firme y claro. Ella entraba un pelo antes de la clave cada vez que él frenaba, y él la esperaba sin reclamar. Al final de la última vuelta, los dos quedaron frente a frente, sudando.

—Usted baila mejor de lo que dicen en mi casa —dijo Arley.

—¿Y qué dicen en su casa?

—Que los Riascos bailan bonito y pierden bonito.

Yuliana le soltó la mano. Fue hasta la caja, tomó el agua y bebió media botella de un trago. Afuera, un perro ladró al pasar una lancha.

—Usted no me ha dicho por qué quiere ganar este año —dijo ella—. Ya fue subcampeón dos veces. Ya tiene fama.

—Por eso. Estoy cansado de ser el segundo.

—Eso no es una razón. Eso es orgullo.

—Usted de orgullo sabe bastante.

Ella no le contestó. Revisó el celular. Tenía tres mensajes de la abuela, uno de Stiven y una nota de voz de una alumna adulta. La alumna decía que sin ella no volvía a las clases. Ya eran dos alumnas que se iban esa semana.

Yuliana guardó el celular sin responder. Eso le costaba ciento veinte mil pesos al mes, y lo sabía.

—¿Pasa algo? —preguntó Arley.

—Nada que le importe. Sigamos.

***

A las diez, mientras ella se cambiaba los zapatos, Arley se sentó en la caja de madera con el celular en la mano. Se le había ido la risa de la cara.

—Necesito mostrarle algo —dijo—. Antes de que usted firme conmigo el sábado.

—Si es otra regla, no me interesa.

—Es sobre Jénnifer.

Yuliana se acercó. Él le pasó el celular. Era un video del sábado 24 de julio, en la tarima de Fuego Lucumí, grabado por una alumna para sus redes. Jénnifer giraba en el centro, con un top rosado y el pelo recogido.

—Mire el piso, no a ella —dijo Arley—. Aquí, a la izquierda.

En la madera, al lado del espejo, había una mancha que brillaba con la luz del techo. Jénnifer giró, pisó la mancha y se fue de lado. El tobillo se le dobló hacia adentro. El grito se oyó por encima de la música.

—Pudo ser agua —dijo Yuliana.

—El agua no brilla así. Y mire este otro.

Arley pasó al segundo video. Era de veinte minutos después, cuando los paramédicos entraban con la camilla. El piso al lado del espejo estaba seco, limpio y sin una sola marca.

—Alguien limpió el piso antes de que llegara la ambulancia —dijo él.

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