Capítulo 1 · ~6 min
Aviso de remate
—Firme aquí, señorita. Si en sesenta días no pagan, la casa sale a remate.
El citador del juzgado le puso el papel a Yuliana Riascos contra el pecho, en plena clase de niños. Eran las cuatro de la tarde del lunes 26 de julio, y doce niños de Juanchito la miraban con los zapatos de baile puestos. Ella quería una sola cosa: que la abuela no bajara.
—Yo no firmo nada delante de los niños —dijo Yuliana—. Espéreme afuera.
—Yo no espero. Igual queda notificado.
El hombre sacó un rollo de cinta y pegó una copia en la puerta de Sabor Riascos. La puerta amarilla, la que su papá había pintado dos veces. Yuliana leyó la cifra desde adentro: ochenta y seis millones de pesos. Remate el viernes 24 de septiembre, a las diez de la mañana.
—Profe, ¿nos van a quitar la academia? —preguntó la niña más pequeña.
—Nadie nos quita nada. Cinco, seis, siete, ocho.
Le subió volumen a la música. Los niños volvieron a contar y a pisar fuerte. Yuliana se amarró los cordones de los zapatos dos veces, como antes de cada competencia. Luego marcó el paso básico con más rabia de la necesaria.
En la escalera sonaron las chancletas de Carmenza Riascos.
La abuela bajó con el delantal puesto y la toalla en el hombro. Vio el papel en la puerta. Lo arrancó, se puso las gafas y lo leyó en voz alta, palabra por palabra, como leía las facturas. Los niños dejaron de bailar.
—Ochenta y seis millones —dijo Carmenza—. Eso es lo que vale la casa de tu papá para esa gente.
—Abue, aquí no.
—Aquí sí. Que aprendan desde chiquitos cómo se pierde una casa.
Yuliana apagó la música y mandó a los niños por sus mochilas. Las mamás que esperaban en la acera ya miraban la puerta. A la madrugada, todo Juanchito iba a saberlo.
***
A las seis, la abuela y ella se sentaron frente a la tarima vacía con el papel en la mesa. La deuda era una hipoteca vieja, de 2004. Carmenza la había pagado sola casi veinte años, hasta que en 2023 dejó de alcanzar.
—Usted me dijo que la cooperativa nos esperaba —dijo Yuliana.
—La cooperativa vendió la deuda. Ya no sé a quién le debo.
—¿Cuánto hay en la cuenta?
—Cuatro millones. Y las matrículas de agosto.
Yuliana hizo la cuenta en el celular, aunque ya la sabía. No alcanzaba ni para los intereses. Luego abrió la página del Mundial de Salsa. El premio de la categoría pareja profesional era de cincuenta millones.
—El Mundial —dijo ella.
—Tu pareja está en un barco.
Era verdad. Jhojan Valencia se había ido en un crucero el mes pasado, con un contrato de ocho meses y sin despedirse. Las inscripciones cerraban el sábado 31 de julio a las cinco de la tarde. Faltaban cinco días.
—Consigo otra pareja.
—¿Quién? Los buenos ya tienen pareja. Y los que no tienen, no le ganan a los Lucumí.
Carmenza dijo el apellido como si escupiera una espina. Pared con pared, a menos de un metro, estaba Fuego Lucumí, la academia roja de Eliécer Lucumí. Las dos familias no se hablaban desde una noche de 2004 que en esa casa nadie contaba completa.
Por la pared se oía una clave de salsa. Alguien ensayaba al lado.
***
A las nueve y media, Yuliana barría la tarima sola. Había llamado a cuatro bailarines de Cali. Dos no contestaron y dos se rieron. El último le dijo que bailar con ella era bailar con una deuda.
Alguien golpeó la puerta con los nudillos. Tres golpes, bien marcados.
Yuliana abrió con la escoba en la mano. Afuera estaba Arley Lucumí, con sudadera negra, tenis de baile y una cadena dorada sobre la camiseta blanca. El nieto de Eliécer. El que le había ganado en el Festival de 2023, el día que ella no le dio la mano.
—Buenas noches —dijo él—. Vi el papel de su puerta.
—Todo el barrio lo vio. ¿Vino a reírse en persona?
—Vine a hablar de negocios. ¿Me deja entrar?
—Si mi abuela lo ve aquí, la que sale a remate soy yo.
Arley miró la escalera. Luego miró el papel, que ahora estaba sobre la mesa. Se tronó los dedos de las dos manos, uno por uno.
—El sábado Jénnifer se cayó en el ensayo —dijo—. Se fracturó el tobillo. No baila hasta octubre.
Yuliana conocía a Jénnifer Mina. Era la pareja de Arley desde 2019, una de las mejores de Cali. Había visto la ambulancia el sábado, frente a la puerta roja, y no había preguntado.
—Lo siento por ella. ¿Y yo qué tengo que ver?
Arley señaló desde la puerta la tarima vacía, el espejo grande y la foto de Harold Riascos colgada al lado del equipo de sonido. Yuliana se puso delante de la foto sin darse cuenta.
Detrás de él, en la acera, la puerta roja de Fuego Lucumí seguía con la luz encendida. Alguien adentro apagó la música de golpe.
—Faltan cinco días para cerrar inscripciones. Yo no tengo pareja. Usted tampoco.
—Usted está loco. Su abuelo lo mata. Mi abuela me mata a mí.
—Suave, que esto es salsa, no una guerra —dijo Arley, y se recostó en el marco de la puerta—. Usted tiene el mejor oído de la ciudad. Yo tengo las vueltas.
—Y un abuelo que me odia.
—Mi abuelo odia a todo el mundo. A usted solo un poquito más.
Yuliana casi se rió. Se le notó, y eso le dio más rabia todavía. Apretó el palo de la escoba con las dos manos.
Arriba crujió el piso. Los dos miraron el techo y esperaron. La abuela tosió, prendió el televisor y no bajó.
—Usted me ganó en 2023 y ni me miró —dijo ella—. Ahora quiere que le cuide el título.
—Quiero que lo gane conmigo. Partimos el premio.
—Yo no parto nada. Lo necesito completo.
—Entonces quédese con la plata. Yo me quedo con el título.
Yuliana se quedó callada. Nadie regalaba veinticinco millones en Juanchito.
—¿Y por qué le importa tanto ganar este año?
Él no contestó enseguida. Afuera pasó una moto y les tiró luz en la cara. Arley sostuvo la puerta con la mano para que no se cerrara.
—Usted necesita cincuenta millones —dijo—, y yo necesito pareja.