Capítulo 19 · ~6 min
El poder de la Luna de Sangre
Reina apoyó las manos en el suelo embarrado. Sus dedos se llenaron de tierra fría y pequeños guijarros. El olor a sangre reseca se mezclaba con sudor y humo. Un zumbido constante llegaba desde el claro, donde los aullidos y gritos seguían rompiendo la noche.
El amuleto de Morvan colgaba del cuello, golpeándole el pecho con cada respiración agitada. Sentía la tela pegajosa de su camiseta rasgada; una herida le ardía en el costado. Levantó la vista y la Luna de Sangre, más grande que nunca, se veía sobre las copas de los árboles. Todo alrededor brillaba de rojo, como si ese color cubriera la piel de cada lobo en el campo.
Reina apretó el amuleto con la palma sudorosa. El metal vibraba, caliente. Apretó los dientes y cerró los ojos un instante. El dolor del brazo herido se mezclaba con el cansancio y la rabia. La voz del Guardián Ancestral apareció en su mente, sin rodeos:
—No dejes que el miedo te frene. Hazlo, Reina, es ahora o nunca.
Abrió los ojos. El Alfa estaba cerca, con la mandíbula tensa y los ojos llenos de furia. Sus seguidores formaban un semicírculo a su alrededor, algunos temblando, otros con las orejas bajas. Un lobo de pelaje gris sostenía una lanza rota; su mirada evitaba la de Reina.
Reina se puso de pie, tambaleándose. El barro pegado a las rodillas pesaba, pero no se detuvo. Dio dos pasos al frente. Sintió la mirada de Kael desde el borde del claro. Él sostenía a Darek, que se quejaba con la cabeza agachada. Más atrás, Soren tenía los labios apretados y la sangre le corría por la mejilla.
El Alfa avanzó dos pasos, marcando el suelo con las garras. Había rabia en su voz:
—¿Sigues aquí? No tienes nada. Solo traes muerte y debilidad. Ríndete o terminarás igual que los demás.
Reina levantó el amuleto. Un destello rojo y plateado iluminó su rostro. El círculo de los seguidores se abrió un poco. El Guardián volvió a hablar, más directo:
—No pienses. Actúa. Ellos esperan tu señal.
El aire era denso, pesado, cargado de miedo y duda. Reina apretó el amuleto hasta que los nudillos le dolieron. Notó la energía subirle desde los pies, como si la tierra temblara bajo ella. La luz de la Luna se hacía más fuerte sobre su cabeza, y el metal ardía en su palma.
Respiró hondo. El olor a hierro y sudor le llenó la nariz. Avanzó otros pasos y levantó la voz, firme y temblorosa a la vez:
—Ya no soy la loba débil que desterraste. Esta vez, no será tu palabra la que decida quién manda.
El Alfa soltó una carcajada seca. Mostró los dientes:
—¿Eso crees? Ya basta de teatro. Eres solo ruido. Nadie te va a seguir.
Kael gritó desde el borde del claro:
—¡Reina, cuidado! Él no pelea limpio.
Ella no bajó la mano. El amuleto lanzó un destello más fuerte. Por un momento, todos los ojos se clavaron en ella. El Guardián murmuró, casi con prisa:
—Tienes lo necesario. Solo hazlo.
El calor en la piel de Reina subió. Notó el cambio: sus uñas se alargaron, el vello de los brazos se oscureció, la vista se afinó. Escuchó el crujir de sus huesos, pero no le dolió. El círculo de energía roja apareció bajo sus pies, chisporroteando sobre el barro y la hierba aplastada.
La Luna bajó aún más, bañando todo con su luz. El suelo se sacudió levemente. Reina sintió la fuerza en los músculos, en el pecho y la espalda. Los latidos la empujaban a seguir. El aire olía a ozono y cenizas.
Un rugido salió de su garganta, potente, antiguo. La vibración hizo retroceder a los seguidores del Alfa. Algunos soltaron sus armas. Otros cayeron de rodillas, cubriéndose la cabeza.
El Alfa dio un paso atrás, sorprendido. Sus garras dejaron marcas profundas en el lodo. Reina lo encaró, el amuleto ardiendo entre los dos. Ahora veía el miedo en sus ojos, mezclado con odio y orgullo.
—No tienes derecho a decidir por todos —dijo Reina, la voz ronca y baja—. La manada merece algo mejor.
El Alfa la interrumpió, furioso:
—La manada es mía. Tú nunca serás suficiente.
Reina sintió el poder recorrerle la espalda, como fuego. El círculo de energía creció, empujando a los lobos enemigos hacia atrás. Soren, desde la derecha, gritó:
—¡Ahora, Reina! ¡Muéstrales quién eres!
La luz roja del círculo se elevó hasta la cintura de Reina. Ella cerró los ojos y, por un instante, pensó en Morvan, en Lira, en el dolor de cada pérdida. Todo lo que había sufrido se juntó en un solo latido. Abrió los ojos y el brillo carmesí brilló en sus pupilas.
El Guardián habló, sin solemnidad:
—Hazlo, Reina. No hay más tiempo.
El Alfa atacó. Su cuerpo chocó contra el de Reina con fuerza. Garras y colmillos se cruzaron. Reina sintió el peso del Alfa y la rabia en cada movimiento. El poder de la Luna subió por su columna y explotó en un destello rojizo. El Alfa gruñó, retrocediendo a trompicones.
Los demás lobos miraban, sin moverse, atrapados entre miedo y asombro. Reina no dudó. Avanzó un paso, el círculo de energía zumbando bajo sus pies. El Alfa intentó levantarse, pero titubeó. Sus patas temblaban. Reina levantó una mano, mostrando el amuleto.
—Esto se termina aquí —dijo, sin gritar. Las palabras cortaron el aire.
Un silencio tenso llenó el claro. El Alfa bajó la cabeza, pero seguía de pie. Su respiración era pesada. Reina no bajó la mirada. Notó la sangre goteando por su brazo, el sudor en la frente, pero nada de eso la frenó.
El Guardián intervino una última vez, esta vez casi con tono de advertencia:
—El poder ya es tuyo. Pero solo tú decides si basta para ganar.
Reina miró a la manada. Algunos la observaban con respeto; otros, con miedo. El círculo de energía seguía latiendo bajo sus pies. El aire estaba cargado, expectante. Nadie se movió.
Reina apretó el amuleto y dio un paso al frente, mirando al Alfa a los ojos. Sabía que la lucha aún no terminaba. La pregunta seguía viva, ardiente, suspendida en el aire: ¿sería suficiente este poder para derrotar al Alfa, o la oscuridad volvería con más fuerza?