Capítulo 18 · ~5 min
Sacrificios y pérdidas
Kael corría entre los árboles esquivando cuerpos caídos y ramas rotas. Todo olía a sangre y miedo. Escuchaba los gruñidos, los gritos, el choque de garras y dientes. El Alfa rugía, ordenando a los suyos avanzar, mientras Reina se abría paso entre el caos con un grupo cada vez más reducido.
Vio a Reina caer de rodillas cuando un lobo enemigo la embistió por la espalda. Kael no dudó. Saltó sobre el atacante, lo derribó y le mordió el cuello hasta que dejó de moverse. Reina se levantó de inmediato, jadeando, la mirada fija en el Alfa.
—No te separes de mí, Kael —dijo Reina, su voz firme aunque temblaba de cansancio—. No podemos perder más gente.
Kael asintió, limpiándose la sangre de la boca. Sabía que ya eran pocos. Habían perdido a dos en la primera emboscada y a otro cuando intentaron acercarse a la frontera. Ahora, cada aliado contaba.
Soren apareció con la cara ensangrentada y un brazo colgando. Jadeaba, pero sonreía con rabia.
—La línea sur resiste, pero no aguantarán mucho —avisó—. El Alfa mandó refuerzos. Si no rompemos el cerco, nos acorralan aquí mismo.
Reina miró a Kael. Los ojos de ambos se encontraron, llenos de dudas y rabia. Kael sintió un nudo en el estómago, pero le devolvió la mirada con decisión.
—Vamos por la izquierda —propuso Kael, señalando los árboles más densos—. Si logramos abrir un hueco, podemos sacar a los heridos por ahí.
Reina asintió y sin perder tiempo, ambos se lanzaron hacia la zona menos vigilada. Morvan, con la pierna vendada y la mirada fría, los siguió. El aire estaba cargado de electricidad y mugre. Cada paso era una apuesta entre la vida y la muerte.
Un lobo joven les cerró el paso. No tendría más de quince años, pero ya estaba cubierto de cicatrices. Kael dudó un segundo antes de lanzarse. Lo sujetó por el cuello, pero el chico suplicó:
—¡No quiero pelear! ¡Solo quiero irme a casa!
Kael lo soltó de golpe. El joven salió corriendo sin mirar atrás. Reina apenas lo miró. No había tiempo para dudas.
El grupo avanzó, tropezando con cuerpos conocidos. Kael reconoció a Lira, la chica de ojos dorados que siempre lo retaba en las carreras. Estaba tendida, inmóvil, con el pelaje manchado de barro y sangre. Kael se detuvo un segundo, pero Reina lo jaló del brazo.
—No podemos quedarnos —susurró—. Después la lloramos, ahora sobrevivimos.
Siguieron avanzando. El Alfa rugió desde el centro del claro, llamando a todos a formar un círculo. Quería encerrar a Reina y sus aliados. Kael sintió la presión en el pecho, como si el aire se hiciera más pesado con cada grito del Alfa.
Morvan se detuvo, respirando con dificultad.
—Voy a distraerlos —dijo, sacando el amuleto de su cuello—. Si ven esto, irán tras mí. Tú, Reina, sigue adelante con Kael. No dejen que el Alfa los encierre.
—No, Morvan, no lo hagas —intentó Kael, pero Morvan ya corría hacia el norte, gritando y agitando el amuleto en alto para atraer la atención de los enemigos.
Reina apretó el puño. Por un instante, Kael creyó que iba a gritar. Pero solo lo miró, con los ojos llenos de rabia y dolor.
—Ahora, Kael. No lo desperdiciemos.
Corrieron por el flanco izquierdo. Kael sentía el corazón en la garganta. Los gritos de Morvan llenaban el bosque, mezclados con los gruñidos de los lobos del Alfa que lo perseguían. El sacrificio de Morvan les dio unos minutos valiosos.
Llegaron a un claro donde dos de sus aliados intentaban levantar a un herido. Kael reconoció a Darek, el chico callado que siempre defendía a los más débiles. Tenía una herida en el costado y apenas podía moverse.
—Déjenme, no puedo seguir —murmuró Darek, empapado en sudor y temblando—. Váyanse, por favor.
Reina se agachó junto a él, le puso una mano en el hombro.
—No te voy a dejar, Darek. Esta vez nadie se queda atrás.
Kael y Reina lo cargaron entre los dos, arrastrando los pies hacia el borde del bosque. Cada paso costaba más. El rugido del Alfa retumbó otra vez, más cerca. Kael sintió el miedo creciendo, pero no se detuvo.
De pronto, un lobo enemigo saltó sobre ellos. Reina soltó a Darek, se giró y lo enfrentó con un gruñido feroz. Kael aprovechó para empujar a Darek detrás de un tronco caído. El combate fue rápido. Reina mordió al atacante en la pata y lo derribó. Kael lo remató, sin pensarlo dos veces.
—¿Estás bien? —preguntó Reina, respirando agitada.
Kael asintió, aunque sentía el brazo ardiendo por un zarpazo. Levantó a Darek otra vez. Sabía que no todos saldrían de ahí, pero tampoco estaba dispuesto a abandonar a más amigos.
Detrás, escucharon un grito. Era Soren, atrapado entre tres lobos del Alfa. Reina dudó medio segundo, pero Kael vio que no podían ayudarlo sin perder a Darek también.
—Sigue —le urgió Reina a Kael—. Saca a Darek. Yo ayudaré a Soren.
Kael dudó, pero la mirada de Reina no permitía discusión. Arrastró a Darek entre los árboles, alejándose del centro de la batalla. Los rugidos y los gritos quedaron atrás, mezclados con el sonido de ramas rompiéndose y la respiración agitada de Darek.
Cuando por fin se detuvo para mirar atrás, no vio a Reina. Solo escuchaba el eco de la pelea y el olor a sangre era más fuerte que nunca. Kael apretó los dientes, sintiendo que todo lo que habían construido podía perderse en ese momento.
Sabía que cada decisión costaba vidas. Cada paso era un sacrificio. Mientras apoyaba a Darek y buscaba un sitio seguro, se preguntó cuántos más perderían antes de que todo terminara.
¿Podrían superar estas pérdidas y seguir luchando?