Historia Abierta
Portada de La Reina de la Luna de Sangre
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Capítulo 17 · ~4 min

Confrontación en la frontera

Avanzó con paso firme, sintiendo la tierra húmeda bajo las botas. Nadie se atrevía a romper la fila detrás de él. El barro se pegaba a sus pantalones, pero no le importaba. Había esperado este momento demasiado tiempo. Frente a él, Reina apareció entre los árboles, flanqueada por Soren y unos pocos más. La tensión flotaba en el aire, casi se podía masticar.

Se detuvo justo en la frontera. El límite que había defendido toda su vida. Sus hombres se agruparon, hombro con hombro, listos para lo que viniera. El Alfa echó un vistazo rápido a sus aliados y luego a los de Reina. No eran muchos, pero se notaba que no pensaban retroceder. Cerró los puños, buscando sentir la fuerza que tantas veces lo había salvado.

—Así que al final volviste —dijo, mirando directo a Reina, sin pestañear.

Ella no dudó ni un segundo.

—No vine a negociar. Vine a reclamar lo que me corresponde —respondió Reina, con voz firme y el amuleto de Morvan brillando en el pecho.

Soren se adelantó medio paso, cruzando los brazos.

—Esto ya no es solo entre ustedes dos. La manada merece elegir. —Habló pausado, como quien advierte y no pide permiso.

La mandíbula del Alfa se tensó. Soren siempre había sido un problema. Ahora estaba del otro lado, dándole respaldo a la desterrada. Notó que algunos de sus propios hombres bajaban la mirada, incómodos. Eso no le gustó nada.

—¿Qué piensan hacer? ¿Venir a quitarme el mando con discursos? —gruñó, mirando a cada uno de los que estaban detrás de Reina.

Reina sostuvo su mirada, sin parpadear.

—Solo tienes miedo a perder el control. Pero ya no te temen como antes —dijo, levantando el amuleto.

Un lobo de los suyos murmuró algo al oído de otro. El Alfa lo escuchó y giró el rostro apenas, lo suficiente para que dejaran de hablar. Nadie iba a dudar de él en público. No ahora.

Soren bajó la voz, acercándose lo justo para que solo el círculo principal escuchara.

—Podríamos evitar que esto termine en desastre. Si te rindes, no tienes por qué perderlo todo.

El Alfa soltó una carcajada corta.

—¿Rendirme? ¿A ustedes? Prefiero pelear hasta el final —respondió, con los dientes apretados.

Reina avanzó un paso, quedando a menos de tres metros de él.

—Entonces no queda nada que hablar —dijo ella.

Las manos del Alfa temblaban apenas, pero mantuvo la cabeza en alto. Nadie debía notar su nerviosismo. Se quitó la chaqueta y la arrojó al lodo.

—Si quieres mi lugar, tendrás que quitármelo delante de todos —gritó. Sus seguidores se tensaron, listos para saltar si él lo ordenaba.

Una ráfaga de viento sacudió las ramas. Reina no se movió. El Alfa la estudió de arriba a abajo. Había cambiado. Ya no era la loba insegura que desterró. Soren, a su lado, parecía una muralla. El Alfa sintió la presión de todos esos ojos, esperando el primer movimiento.

Un joven de su grupo, nervioso, se le acercó y murmuró:

—Alfa, algunos dudan… No quieren más sangre.

Lo fulminó con la mirada. El chico retrocedió dos pasos y no volvió a hablar. El Alfa giró para encarar a Reina de nuevo. No podía permitirse otro momento de debilidad.

—Hoy se acaba esto —anunció, levantando la voz para todos—. Nadie sale de este círculo hasta que haya un vencedor.

Los lobos formaron un círculo ancho. Los de Reina se mezclaron, sin perder de vista a los suyos. Soren se colocó al borde, atento. Nadie se atrevía a moverse demasiado. El Alfa notó que la mayoría esperaba algún milagro o una señal clara de quién ganaría. Pero nadie la daría. Tocaba decidirlo con garras y colmillos.

—¿Estás lista para perderlo todo? —preguntó él, bajando la voz.

—Estoy lista para pelear por todos —respondió Reina, sin apartar la mirada.

Por un instante, el Alfa pensó en su padre, en todas las veces que le advirtió sobre traiciones y desafíos. Ahora, ese miedo lo tenía mordiéndole el cuello. No podía confiar ni en los suyos.

Soren alzó la mano.

—Cuando uno dé el primer paso, empieza el combate. Nadie interviene —ordenó.

El Alfa respiró hondo y flexionó las piernas. Reina lo imitó, bajando el centro del cuerpo, preparada para lo que viniera. El barro salpicó cuando ambos tensaron los músculos. Ninguno quitó la vista del otro.

—¡Ya basta de esperar! —gritó un lobo del círculo, harto de la tensión.

El Alfa notó el miedo y la rabia en el ambiente. Ese era el verdadero peligro: que los suyos terminaran eligiendo otro líder si dudaba. No podía permitirlo.

Se lanzó al frente sin pensar más. Reina ya se movía hacia él, con el amuleto brillando en la mano. El choque era inevitable. Todo dependía de ese instante.

¿Quién tomará la delantera en esta batalla?

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