Historia Abierta
Portada de La Reina de la Luna de Sangre
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Capítulo 16 · ~6 min

El llamado del regreso

Reina atravesó el bosque con pasos firmes, aunque cada músculo le dolía. El barro se pegaba a sus botas y la tela de su pantalón estaba desgarrada. El olor a madera quemada seguía flotando en el aire. Cuando llegó a las ruinas del campamento, su respiración era irregular, pero no se detuvo. Miró alrededor, contando mentalmente a los sobrevivientes. Había menos de los que esperaba.

Kael estaba de pie junto a una pila de piedras ennegrecidas. Tenía la mandíbula apretada y el cabello pegado a la frente por el sudor y la suciedad. Sus ojos se iluminaron al verla.

—Pensé que te habíamos perdido —dijo, sin moverse del sitio.

—No tan fácil, Kael —respondió Reina, con la voz algo ronca—. ¿Quién sigue con nosotros?

Kael señaló a dos figuras acurrucadas bajo una manta, temblando de frío. Un tercero, con la pierna vendada, intentaba levantarse sin éxito. Reina se agachó junto a él y revisó la herida, mordiéndose el labio al ver la sangre seca pegada a la piel.

—Esto hay que limpiarlo —dijo, quitando la venda sucia—. Dame el polvo que trajo Morvan.

Kael buscó en su bolsa y le pasó el frasco. Reina espolvoreó la herida y presionó una tela limpia. El chico apretó los dientes sin quejarse.

—¿Morvan? —preguntó Reina, sin apartar la vista del herido.

—Está reuniendo a los que quedaron. Algunos quieren huir al sur. Otros... no saben qué pensar —contestó Kael, encogiéndose de hombros.

Reina terminó de vendar y se puso en pie. Se sacudió las manos y miró a Kael directo a los ojos.

—No pienso huir. No después de todo esto. Si alguien tiene miedo, que lo diga ahora. Pero quien se quede, lo hará para pelear.

Kael tragó saliva. El viento agitó las cenizas y un olor agrio llenó el aire.

—Si tú te quedas, yo también. Pero la manada necesita ver algo más que palabras, Reina. Tienes que mostrarles que puedes ganar al Alfa. Si no, esto no vale nada.

Ella no contestó. Caminó hasta una roca grande y subió en silencio. Desde ahí, podía ver a los pocos lobos que quedaban. Algunos la observaban con desconfianza, otros con esperanza. Reina sacó la piedra con el símbolo antiguo y la levantó.

—Escúchenme bien —dijo, alzando la voz—. El Alfa cree que nos destruyó. Cree que puede decidir nuestro destino. Pero esta noche, somos nosotros quienes decidimos. Vamos a movernos hacia el norte. Ahí lo enfrentaremos. No hay tiempo para dudas.

Morvan se acercó, con su andar tranquilo y la mirada calculadora. Se detuvo junto a Kael y asintió en silencio. Reina bajó de la roca y se paró junto al grupo. Nadie hablaba, pero todos la escuchaban.

—Vamos a usar el amuleto —anunció, mostrando la piedra—. Con esto, y con la verdad de nuestro lado, el Alfa no podrá seguir ocultando lo que hizo. Pero necesito que todos estén preparados. Si alguno quiere irse, que lo haga ahora. No habrá juicios.

Una chica con la cara sucia levantó la mano.

—¿Y si nos atacan antes de llegar a la frontera? —su voz tembló, pero no apartó la mirada de Reina.

—No vamos a esperar más —respondió Reina, firme—. Esta vez nosotros tomamos la iniciativa. Al norte, sin parar. Nadie se queda atrás.

El grupo se puso en movimiento. Kael tomó la delantera, ayudando a un chico a caminar. Morvan cerraba la marcha, vigilando cada sombra. Reina sintió el frío del metal del amuleto en la palma y dejó que ese contacto la mantuviera enfocada.

El terreno era irregular. Las ramas crujían bajo los pies y el aire olía a hojas mojadas. Reina se detuvo un segundo y miró alrededor. El bosque parecía más angosto, como si los árboles observaran el avance del grupo.

Kael se acercó y bajó la voz.

—¿Seguro quieres usar el amuleto delante de todos? Si falla…

—No tengo opción —susurró Reina—. Si no lo hago, nadie creerá lo que Morvan descubrió. El Alfa solo entiende pruebas, no palabras.

Kael asintió y siguió caminando. Su paso era decidido, pero Reina notó cómo apretaba los puños. Morvan mantenía la vista al frente, sin perder detalle de los movimientos a su alrededor.

A lo lejos, el límite del bosque se dibujó entre la neblina. Más allá estaba la frontera. Reina sintió una presión en el pecho, pero avanzó igual. Se detuvo y miró a Kael a los ojos.

—Si todo sale mal, quiero que saques a los más jóvenes. No quiero más muertos por mi culpa.

Kael negó con la cabeza.

—No te preocupes por eso. Si caes, caemos juntos. Pero no pienso perderte otra vez.

Reina sonrió de lado, una sonrisa breve y cansada. El grupo se detuvo. Los susurros se apagaron. Morvan carraspeó y se acercó.

—El Alfa no esperará mucho. Si cruzamos ahora, lo enfrentamos con la verdad o con sangre. Tú decides, Reina.

Ella sostuvo la piedra en alto. El símbolo reflejó un destello rojizo bajo la luna. El aire se sentía más denso, cargado de electricidad y miedo.

—Ahora vamos —ordenó—. Nadie se separa.

Avanzaron juntos, dejando atrás el refugio de los árboles. El pasto alto rozaba las piernas y el frío se colaba por cada costura rota. Reina notó cómo el grupo se cerraba a su alrededor, buscando seguridad en la cercanía y el movimiento.

Kael caminaba a su lado, sin decir palabra. Reina apretó el amuleto y no miró atrás. El crujido de las ramas, el olor a tierra y el sonido apagado de las botas formaron el ritmo de la marcha.

Cuando llegaron al borde de la frontera, Reina se detuvo. El grupo también. Nadie hablaba. Reina giró hacia ellos y levantó el amuleto. El símbolo brilló otra vez. Un murmullo recorrió a los sobrevivientes.

—Lo que pase del otro lado, depende de nosotros —dijo Reina, con voz clara—. No del Alfa. No del miedo. Hoy decidimos pelear por lo que nos pertenece.

Kael la miró, serio.

—¿Lista?

Reina asintió. Dio el primer paso y cruzó la línea invisible. Los demás la siguieron. El bosque quedó atrás y, al frente, solo quedaba la incertidumbre. ¿Cómo reaccionaría el Alfa ante su regreso? Reina apretó la piedra y siguió adelante, sin detenerse.

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