Capítulo 15 · ~6 min
Renacer bajo la tormenta
Reina avanzaba a duras penas entre los árboles, con la ropa pegada a la piel por la lluvia constante. El polvo de Morvan se le había adherido como una costra en la pierna, y el lodo le cubría las botas hasta los tobillos. Cada paso era un esfuerzo. Resbaló varias veces y tuvo que agarrarse de los troncos húmedos para no caer de bruces. El bosque, cerrado y hostil, parecía querer tragarse a cualquiera que se atreviera a cruzarlo esa noche. El viento arrastraba ramas y voces lejanas. Reina apretó la mandíbula, pensó en los que había perdido. No podía detenerse, aunque el cansancio le pesara en los hombros.
Se detuvo junto a un tronco viejo. Usó el dorso de la mano para limpiarse la cara. La piel le ardía, tenía las uñas rotas y la respiración agitada. Cerró los ojos, buscando un poco de calma. Todo dolía: las rodillas raspadas, las manos heridas, los recuerdos recientes. El viento silbaba y la lluvia golpeaba las hojas, arrancando trozos de corteza y dejando charcos por todos lados. Pensó en Kael, en Morvan, en los compañeros caídos. Todo se sentía más frágil que nunca.
—¿Crees que el silencio te dará respuestas? —La voz era profunda y resonó dentro de su cabeza, imposible de ignorar.
Reina giró, alerta. Escaneó las sombras entre los árboles, pero no vio a nadie. La voz seguía ahí, fuerte y clara, casi física.
—¿Quién eres? ¿Por qué apareces ahora? —preguntó, la voz ronca, seca, más por rabia que por miedo.
—Soy el Guardián Ancestral. Estoy aquí porque tu linaje lo reclama. No vine antes porque no estabas lista para escuchar.
Reina apretó los puños y cruzó los brazos. Recordaba historias sobre el Guardián desde niña, pero nunca pensó que fueran reales. Ahora, después de la traición y el ataque del Alfa, ya no descartaba nada.
—No busco cuentos viejos —dijo, clavando la mirada en el barro—. Sólo quiero salvar a mi manada.
—Lo que quieres y lo que debes hacer no siempre es lo mismo. Has caído, pero eso no significa que hayas terminado. Nadie se levanta más fuerte sin haber caído primero.
Reina bajó la vista, las botas hundidas en el barro. Un trueno iluminó los árboles y, por un segundo, creyó ver la silueta de un lobo enorme. Pelaje mojado, ojos claros, quieto bajo la lluvia. Parpadeó y la sombra se desvaneció.
—La manada duda de ti, Reina. Dudan de ellos mismos. El miedo los divide, y tu dolor se nota en cada paso. ¿Vas a permitir que el Alfa decida el final?
Reina tragó saliva. No podía negar el miedo. Dudaba de sí misma, de tener lo necesario para intentarlo otra vez. Pero la idea de dejar que el Alfa ganara la llenaba de rabia y vergüenza.
—¿Por qué yo? Hay otros, seguro más fuertes, más listos. Yo fallé. Todo lo que intenté salió mal.
—Ser líder no es cargar sola. Es saber pedir ayuda. Es confiar cuando parece imposible. El Alfa te teme porque no puede controlar lo que llevas dentro. Por eso te desterró.
La lluvia corría por la cara de Reina, mezclándose con sudor y tierra. Se frotó los brazos, buscando un poco de calor. La voz del Guardián era firme, pero no cruel. Parecía la voz de su madre: dura pero protectora.
—Levántate. No ignores el poder de tu linaje. La Luna de Sangre te eligió. El Alfa lo sabe y por eso te teme. No dejes que él decida por ti.
Reina sacó la piedra que Morvan le había dado. El símbolo antiguo brilló un poco con los relámpagos. Lo sostuvo fuerte en la mano, sintiendo las marcas bajo los dedos.
—¿Y si vuelvo a perder? —preguntó, bajito, como si no quisiera que nadie más la oyera.
—La fuerza real está en reconocer tus miedos y enfrentarlos. No tienes que ganar siempre. Debes resistir y ser ejemplo. Usa el amuleto. En la cueva encontrarás lo que te falta. La oscuridad no es tu enemiga: ahí se forja el coraje.
El Guardián se desvaneció entre los árboles. Reina sintió que la lluvia borraba su figura, pero las palabras quedaron flotando. Guardó la piedra en el bolsillo y miró el bosque, esperando volver a escuchar la voz. Sólo el trueno y el crujido de ramas le respondieron.
Se obligó a caminar. El barro le dificultaba el paso, la ropa pesaba, pero siguió. Tropezó con una raíz, cayó de rodillas y el dolor le arrancó un gruñido. Se quedó ahí unos segundos, temblando de rabia y cansancio. Pensó en quedarse, dejarlo todo. Pero recordó la orden: levántate.
Se incorporó despacio y se limpió el barro de la cara. Miró al norte, donde el bosque parecía abrirse apenas. Un olor a madera quemada y humo se coló entre la lluvia: el campamento destruido. Sus aliados la esperaban, aunque no supieran si quedaba esperanza.
Siguió adelante, más rápido. La lluvia seguía, pero ya no era tan fría. El dolor persistía, y aun así, le daba fuerzas para avanzar. Cada rama que apartaba, cada paso, era una promesa para ella y los suyos.
En un claro, se detuvo. Sacó la piedra, la levantó y la dejó brillar bajo la tormenta. Miró el cielo, sin bajar la mirada. Pensó en su madre, en Kael, en todos los que esperaban algo de ella. Sabía que la batalla aún no estaba ganada. Nada le aseguraba salir viva o lograr que la manada confiara de nuevo. Pero quedarse quieta no era opción.
—No pienso rendirme. No ahora —dijo, con voz baja pero firme.
Avanzó entre los árboles, dejando atrás el claro. La tormenta rugía, pero Reina ya no temblaba. El viento sacudía las ramas y, a lo lejos, se oyó un aullido. Reina sonrió, aunque fuera solo por un instante. Sabía que lo peor aún no pasaba, pero tenía una oportunidad para luchar por su manada.
¿Podría guiar a los suyos hacia la victoria? El bosque no dio respuesta. La pregunta quedó flotando, entre el olor a lluvia y tierra mojada, mientras Reina seguía caminando sin mirar atrás.