Historia Abierta
Portada de La Reina de la Luna de Sangre
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Capítulo 14 · ~6 min

Caída y desesperanza

Reina intentó abrir los ojos, pero el dolor en su costado la obligó a quedarse quieta unos segundos. Sentía la tierra fría bajo la mejilla, el sabor metálico de la sangre en la boca y un zumbido persistente en los oídos. Todo a su alrededor olía a humo y a derrota. Apenas pudo incorporarse, vio a Kael agachado junto a ella, con el rostro cubierto de tierra y sudor.

—¿Estás viva? —preguntó Kael, con una voz ronca que apenas ocultaba el miedo.

Reina asintió, aunque cada músculo le gritaba lo contrario. Miró a su alrededor y vio a varios de los suyos tendidos en el suelo. Algunos gemían, otros simplemente no se movían. El campamento estaba destrozado. Las mantas ardían en pequeños fuegos, y las provisiones estaban esparcidas por todas partes, pisoteadas, arruinadas.

Recordó el ataque como en fragmentos: primero, un silbido agudo en la oscuridad, luego gritos y el caos. El Alfa y sus seguidores los emboscaron justo cuando pensaban que estaban a salvo. Reina intentó defender a los suyos, pero todo ocurrió demasiado rápido. Ahora, solo quedaban ruinas y el eco de la derrota.

Kael buscó en el suelo hasta encontrar una cantimplora. Le ofreció agua a Reina, pero ella apenas pudo beber un sorbo.

—No entiendo cómo nos encontraron —dijo él, rompiendo el silencio—. Teníamos vigilantes. Morvan revisó las rutas tres veces.

Reina apretó los puños. El polvo especial de Morvan seguía atado a su cintura, intacto. Todo lo que habían planeado se venía abajo. Se levantó con dificultad y cojeó hasta donde yacía Arian, una de sus aliadas más fieles. Estaba inconsciente, con una herida fea en la pierna. Reina se arrodilló a su lado y colocó una mano en su frente.

—Aún respira —informó, aunque su voz sonó vacía.

Kael la observó en silencio. Había rabia y culpa en su mirada. Se limpió la sangre de la ceja con la manga y soltó un suspiro largo.

—Reina, si seguimos así, nos van a borrar del mapa. La gente está herida, cansada. Algunos ya quieren rendirse.

Ella apretó la mandíbula. Sabía que Kael tenía razón, pero no podía rendirse, no después de llegar tan lejos. Miró al cielo, buscando la Luna, pero las nubes solo dejaban ver un reflejo pálido.

—No puedo fallarles —susurró Reina, casi para sí misma—. No después de todo lo que sacrificamos.

Kael se acercó y puso una mano firme en su hombro.

—Tienes que descansar. Encontraremos otra forma, pero no aguantarás si sigues así. No eres invencible, Reina.

Reina apartó la mano de Kael y se puso de pie, tambaleándose. Caminó entre los cuerpos, buscando a Morvan. Lo encontró apoyado contra un árbol, con una herida sangrante en el brazo. Morvan la miró con ojos cansados, pero llenos de una determinación fría.

—La emboscada fue precisa. Sabían dónde atacar, cuándo y a quién —dijo él, sin rodeos.

—¿Crees que fue el traidor otra vez? —preguntó Reina, aunque ya conocía la respuesta.

Morvan asintió. Sacó del bolsillo una nota arrugada, manchada de sangre.

—Encontré esto junto a la fogata. Es la misma letra que la vez anterior. El Alfa tiene ojos y oídos en todas partes.

Reina apretó la nota en su puño. Un temblor de rabia la recorrió. Se sentía atrapada, sin saber en quién confiar. Por primera vez desde que despertó su poder bajo la Luna de Sangre, dudó de sí misma.

—¿Y si nunca puedo protegerlos? ¿Y si todo esto fue un error? —murmuró, más para ella que para Morvan.

Kael se acercó de nuevo, con la voz baja pero firme.

—No digas eso. Nadie más podría haber llegado tan lejos. Sin ti, no tendríamos ni una oportunidad.

Reina lo miró, buscando algo de esperanza en sus ojos, pero solo encontró preocupación. Se sentó junto a Morvan y cerró los ojos unos segundos, respirando hondo.

El silencio se rompió cuando uno de los centinelas regresó corriendo, jadeando.

—¡El Alfa está reuniendo a todos! Va a dar un mensaje a la manada. Dice que si alguien se rinde ahora, lo perdonará. Pero si no, no va a tener piedad mañana.

Kael frunció el ceño y miró a Reina, esperando una decisión. Reina sintió el peso de todas las miradas sobre ella. Sus aliados, aunque heridos y llenos de miedo, aún la reconocían como líder. Pero la duda era una sombra que se extendía.

—Tenemos que movernos —dijo Morvan, con voz cortante—. Si nos quedamos aquí, seremos blanco fácil. Hay una ruta al norte, pero es arriesgada. Solo tú puedes decidir, Reina.

Reina miró las cenizas del campamento. Todo lo que habían construido estaba destruido. El frío se colaba por las rendijas de su ropa y el cansancio le pesaba en los huesos. Pero no podía mostrar debilidad, no ahora.

Se levantó y miró a Kael y Morvan, luego al resto de los suyos. Todos esperaban una orden, una señal de que aún había esperanza.

—Nos movemos al norte —ordenó, con la voz más firme de lo que sentía—. No vamos a rendirnos ahora. Si el Alfa quiere guerra, la tendrá, pero no seremos presas fáciles.

Kael asintió, aunque la preocupación no se fue de su rostro. Morvan se puso de pie con esfuerzo y empezó a organizar al grupo. Reina se quedó unos segundos sola, mirando la nota arrugada en su mano. En ese momento, una duda la atravesó como una daga: ¿realmente era capaz de liderar a todos hacia la salvación, o solo los estaba guiando directo a la perdición?

Mientras se alejaban del campamento destruido, Reina sentía que el peso de la manada entera caía sobre sus hombros. El silencio era pesado, solo roto por el crujir de las ramas bajo sus pies. Nadie hablaba, nadie se atrevía a mirar atrás.

Kael se acercó una última vez antes de que la noche los tragara del todo.

—No tienes que cargar sola con todo esto, Reina —susurró—. Si caes, caemos todos.

Ella no respondió. Solo apretó el paso, sabiendo que la próxima decisión podría ser la última. ¿Renunciaría a su destino o se levantaría una vez más, aunque todo pareciera perdido?

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