Capítulo 13 · ~6 min
Traición en la manada
Kael cruzó el claro a paso rápido, el barro pegándose a sus botas y la humedad calándose en la ropa. El olor a hojas podridas lo seguía, mezclado con sudor y algo rancio, como carne guardada demasiado tiempo. No había dormido bien, ni un solo minuto desde que Reina entró sola en la cueva. Todo el grupo lo notaba: la tensión entre los árboles, el cansancio en los hombros y la mirada de los que esperaban noticias.
Se agachó junto a la fogata apagada, dejando caer la mochila. Miró de reojo a Morvan, que revisaba sus mapas sin levantar la cabeza. Alrededor, los pocos que quedaban del grupo se movían en silencio, algunos limpiando heridas en el brazo, otros mirando la nada. Un par de lobos jóvenes cuchicheaban junto al tronco caído, la voz temblorosa, los ojos siempre atentos al bosque.
Un crujido seco sobre la hojarasca lo hizo mirar hacia la derecha. Tarek, con la cicatriz en la mejilla, apareció entre los árboles. Sostenía una bolsa de tela y la tiró sin cuidado sobre una piedra. A su lado, Lio, siempre callado, apenas levantaba la cabeza. Kael los observó. Algo en la postura de Tarek, los hombros duros, la mandíbula apretada, lo hizo desconfiar.
—¿No deberías estar en la patrulla del este? —preguntó Kael, manteniendo la voz baja.
Tarek lo miró de arriba abajo, los ojos chiquitos y duros.
—¿Y tú? ¿No te toca cuidar la entrada de la cueva? —replicó, cruzándose de brazos.
Kael se encogió de hombros. No quería discutir en ese momento, pero tampoco iba a dar el brazo a torcer.
—Cambio de planes. Vine a ver si todo estaba tranquilo por aquí.
Lio se rascó la nuca, moviéndose incómodo. El olor a miedo era tan real como el humo viejo que salía de la fogata.
—Dicen que el Alfa ronda cerca —susurró Lio, mirando al suelo—. Que alguien le pasó información.
Tarek le lanzó una mirada rápida, como si le advirtiera que callara. Kael sintió el estómago apretarse. No preguntó más. Sabía que la desconfianza crecía por todos lados.
Se apartó del grupo, caminando hacia el borde del campamento. El sonido de ramas rotas lo hizo girar. Morvan se acercó, el rostro serio, las manos manchadas de tierra.
—La vigilancia del norte no responde —dijo Morvan, en voz baja—. Si el Alfa viene, lo sabremos tarde.
Kael asintió, mirando el borde oscuro del bosque. El aire estaba tan cargado de tensión que costaba respirar. Pensó en Reina, sola entre piedras y raíces, confiando en que el resto aguantaría afuera.
Un aullido corto rompió la calma. No era la señal acordada. Kael se puso tenso, buscando con la vista a los suyos. Morvan apretó el mango de su cuchillo, la hoja ya fuera.
—Eso no es bueno —murmuró Morvan—. Quédate aquí, voy a revisar.
Pero Kael no obedeció. Se lanzó hacia el sonido, esquivando ramas, el corazón acelerado. El olor a sangre fresca lo guió. En el claro, tres cuerpos estaban tirados, jadeando, la ropa rasgada y la piel manchada de rojo. El barro mostraba huellas profundas, marcas de pelea y arrastre.
Kael se agachó junto a uno de ellos, una joven con la frente herida. Le habló bajo, pero ella solo gimió. El miedo era espeso, casi podía masticarse. Miró alrededor buscando enemigos, pero solo vio ramas caídas y hojas pisoteadas.
Entre los árboles, una sombra grande se movía lenta. Kael reconoció el paso seguro y la espalda ancha: el Alfa. El olor fuerte a cuero y sudor ya lo había delatado antes de verlo por completo.
Kael apretó los dientes.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin moverse.
El Alfa lo miró de lado, sonrisa torcida, ojos duros.
—Vine por respuestas. Y parece que me las trajiste tú.
Kael frunció el ceño, sin bajar la guardia.
—No tenemos nada para ti. Vete antes de que sea tarde.
El Alfa soltó una carcajada seca. Buscó en su chaqueta y tiró al piso un trozo de tela manchado de sangre. Era el símbolo de la alianza de Reina, cosido a mano, ahora sucio y desgarrado.
—¿Lo reconoces? —dijo el Alfa, empujando la tela con la bota—. Uno de los tuyos me lo entregó. Me contó todo: las rutas, la señal, hasta el sitio exacto donde Reina se esconde.
Kael se agachó y tomó la tela. Estaba húmeda y olía a hierro. El eco de la traición le quemó la garganta. Levantó la vista, buscando una pista en la cara del Alfa.
—Eres un mentiroso. Nadie del grupo haría eso.
El Alfa se acercó, voz baja y áspera.
—Siempre hay uno. Siempre hay alguien que vende a sus amigos por un poco de seguridad. Esta vez fue uno muy, muy cercano a Reina.
Kael apretó la tela entre los dedos. Pensó en cada gesto, cada frase de los suyos. ¿Quién había roto el círculo? ¿Quién había entregado todo lo que eran?
El Alfa se giró, dejando el suelo marcado de hojas aplastadas.
—Esta noche perderán más que una pelea —dijo, casi en un gruñido—. Esto apenas comienza.
Kael se quedó quieto, la cabeza llena de preguntas. Cuando el Alfa se perdió entre los árboles, el olor rancio de la traición seguía flotando.
Regresó al campamento con pasos pesados. Morvan lo esperaba junto a la fogata, la cara más pálida que nunca. Kael le mostró la tela sin decir palabra. Morvan la tomó, la olió y la dejó caer.
—¿Quién fue? —preguntó, apenas un susurro.
Kael negó con la cabeza.
—No lo sé, pero el Alfa lo sabe todo. Hasta dónde está Reina.
El aire se volvió espeso. Lio y Tarek se habían acercado, mirándose entre ellos y a Kael. Nadie se atrevía a hablar.
Un grito agudo rompió la quietud. Más allá del campamento, alguien pedía ayuda. Kael corrió, saltando troncos y esquivando ramas. El olor a sangre era más fuerte, la oscuridad se sentía viva, llena de amenazas.
Al llegar, vio a dos de los suyos forcejeando con una figura tapada en capucha. El desconocido se soltó y desapareció en la maleza, dejando una mancha roja detrás. Kael se agachó junto a su gente, buscando heridas, dando órdenes rápidas.
La confusión crecía. Nadie sabía en quién confiar. El miedo y la rabia mezclados hacían que todos se miraran con sospecha, esperando el próximo golpe.
Mientras atendía a los heridos, Kael escuchó a Morvan murmurar cerca:
—Esto no termina aquí. Alguien nos vendió. Falta saber quién y qué más nos va a costar esa traición.
Kael levantó la vista, buscando respuestas en los rostros tensos de su grupo. La noche seguía cerrada, llena de preguntas y amenazas. ¿Quién los había traicionado y hasta dónde llegaría el daño?